¿Por qué violencia sí y por qué violencia no?

Por Diego Brizuela, Araucanía Informa

Últimamente se ha hecho constante que la opinión pública y ejecutiva sean participes de discusiones, la mayoría de veces influenciados por los medios tradicionales, sobre el uso de la violencia ante acciones o acontecimientos de justa reivindicación.

Debemos entender que existen distintos tipos de violencias, presentes cotidianamente como contradicciones de un sistema que no ampara intereses de las/os explotadas/os. Que desde el impacto sociopolítico que generó la aparición de las obras críticas de Marx y Engels le dieron un nuevo enfoque a la dignificación humana ante la condición del explotado y del explotador. Dado a ser una constante amenaza de impugnación de la hegemonía burguesa, se dio paso a una deformación del significado y condena de violencia.

La sociedad está marcada por los problemas que se perciben como resultado de una historia de racismo, colonialismo e imperialismo, todo estos materializados por años de intensa lucha de clases en la cual la violencia para el orden sistemático ha sido fundamental. Es cosa de recorrer la historia de los alzamientos populares y de cómo el Estado y sus alas militares han sido los causantes de las masacres más grandes de la historia, de cómo pueblos han sido reducidos a represión y torturas para salvaguardar los intereses externos.

La democracia liberal trajo consigo una red partidista que por años se ha mantenido en el poder acumulando riqueza a costas de las/os trabajadoras/os, condicionando a éstos a una normalización de hechos por la razón de estar hoy en un sistema igualitario, pero que está lejos de llegar a serlo, siendo la real respuesta el uso dominador del arsenal represivo y comunicacional. Dejando ver que ya no solo las fuerzas militares son actores opresores, sino, los medios de comunicación cumplen un rol fundamental en la percepción de la gente frente a acontecimientos, donde los derechos humanos y la libertad de opinión son banderas, estas situaciones son para un acallado y pasivo pueblo difícil de comprender o analizar de manera correcta. El contraste de violencia sistemática frente a la de corte reivindicativa, queda en jaque cuando a partir de la tolerancia y libertad de expresión aceptamos que se violente nuestros derechos, cuando hacemos parte de nuestro día a día discursos, comentarios y opiniones -hábilmente disfrazadas de posiciones demócratas- racistas, xenófobos, misóginos, discriminatorios y conservadores de la línea liberal, contra pobladoras, pobladores, inmigrantes, homosexuales, transexuales y niñas/os, en contra de toda la clase explotada.

Entonces, ¿Cómo se fundamenta el aceptar de una violencia que atenta más allá de lo físico, es decir, una violencia que saquea la dignidad humana y que infiere para someter al pueblo ante sus ideas?

Se es imposible entender que se haya armado un espectáculo mediático por la “censura” en la Universidad de Concepción y magistral “funa” en la Universidad Arturo Prat de Iquique al más grande incitador al odio en estos días de la política chilena, José Antonio Kast. Se es imposible que un personaje con discurso fascista, amparado por la libre expresión y libertad de ideas, ande libre en cada espacio que se le organice expresando odio frente a nuestras/os hermanas/os extranjeros, descalificando a las personas por su condición sexual y de género, creyendo tener el derecho de decidir en el cuerpo de miles de mujeres y, por si fuera poco, expresando su adhesión al golpe de Estado organizado por la derecha chilena y ferro defensor de los torturadores y asesinos de Punta Peuco.

En esta misma línea, las movilizaciones sociales -trabajadores, estudiantes, jubilados y pueblo Mapuche- constantemente son atacados, bajo las líneas de violencia que ejercen en sus manifestaciones, por los grupos burgueses, derecha y, otrora, bloques izquierdistas, como el Frente Amplio y Nueva Mayoría, mismos que hacen caso omiso a la gravísima situación que enfrentan los activistas sociales en América Latina. No puede lograr entenderse, cómo en el país vecino Colombia, en los últimos 2 años, han sido asesinados 316 líderes sociales. 117 en el 2016; 170 en el 2017; y en el presente año 29 líderes asesinados, todo esto frente al acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC y ELN, e incremento de células paramilitares. De cómo en Brasil a la compañera concejala Marielle Franco, militante del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) de Brasil y activista social, mataran brutalmente junto a su chofer en el auto que se trasladaban por el centro de Río de Janeiro, justo en el momento que se encontraba siendo principal opositora a la ocupación militar que sufrían las favelas de Río de Janeiro. O, cómo en Argentina el cuerpo de Santiago Maldonado, después de una dudosa desaparición en un enfrentamiento entre la policía argentina y comunidades Mapuche, fue encontrado 2 meses después muerto en la provincia de Chubut, cómo el mapuche Rafael Nahuel, quien, en la Patagonia argentina, recibe un balazo de Prefectura en un operativo de desalojo que le causa la muerte. Y cómo acá en Chile hace casi 2 años es encontrada muerta en su hogar Macarena Valdés por su hijo de 11 años, montando un suicidio, a pesar que días anteriores habría sufrido constantes amenazas de muerte por parte de la hidroeléctrica austriaca RP-Global que quería intervenir el territorio perteneciente y defendido por la familia Collio-Valdés y una negligencia en el SML, sin resultados.

Como estos casos, que finalizan en fatídicos desenlaces de lucha, se encuentran muchos más pero que no tomados en cuenta por los medios ni la sociedad, quedan olvidados en el tiempo. Nos queda como tarea replantearnos que visión de lucha tomaremos, como justa reivindicación de derechos históricamente arrebatados, como alzamiento frente a la violencia ejercida por personas como José Antonio Kast predica en desmedro del pueblo o solo nos sentaremos a opinar y descalificar cada vez que un acto de violencia se transforma en un acto de justicia.