Trump niega la salvación a los salvadoreños

Por Héctor Luis Álamo

Cuando Trump se postuló para la presidencia en 2016, todos los votantes sabían, aunque algunos fingían no saberlo, lo  que quería decir con “Make America Great Again.” El mensaje fue subrayado por su promesa de campaña de construir  “una gran, gran muralla” en la frontera entre los Estados Unidos y México, y hacer que México pague por ella. La palabra “again” (“otra vez”) en el infame eslogan significa devolver los Estados Unidos a la década de 1950, cuando el apartheid todavía reinó de Nueva York a Texas, de facto y de jure respectivamente.

(El lema de Trump puede implicar arrastrar el país aún más atrás que eso, a la década de 1880, cuando la afluencia de católicos, judíos y otros no de la estirpe blanca, anglosajona y protestante comenzó a verter en ondas en la orilla yanqui; o a la década de 1850, antes de la abolición de la esclavitud.)

Yendo a las urnas de votación en el otoño de 2016, la mayoría de la gente entendía—aunque, una vez más, muchos fingieron ser tontos—que Trump era el candidato antiinmigrante. De hecho, su plataforma xenófoba fue un factor principal en su obtención del Despacho Oval.

Así que los inmigrantes y sus aliados estaban preparados cuando, en septiembre del año pasado, Trump eliminó la protección contra la deportación para aquellos que emigraron ilegalmente a EE. UU. como niños, que habían sido concedido por el ex-presidente Obama. Los destinatarios de DACA (el acrónimo inglés del programa) “comenzarán a perder sus permisos de trabajo temporales en marzo al ritmo de casi 1.000 por día”, informa el Washington Post. Asimismo 60.000 haitianos y 2.500 nicaragüenses estaban listos en noviembre pasado cuando Trump les quitó sus designaciones de estatus de protección temporal (TPS en inglés), dado a aquellos grupos de inmigrantes que no pueden regresar a sus patrias debido al caos desencadenado por un desastre natural, una guerra, o lo que sea.

La decisión de extender el TPS para 57.000 inmigrantes hondureños sólo semanas antes enfureció tanto a la Casa Blanca que el ministro de la Secretaría General de la Presidencia, John Kelly, general de cuatro estrellas jubilado y ex-comandante del Comando Sur de Estados Unidos (a cargo de los operaciones militares en Centroamérica, Sudamérica y el Caribe), telefoneó a la secretaria interina de seguridad nacional y la presionó para que la reconsiderara.

Desde que Trump tomó el juramento de oficina en enero pasado, las detenciones hechas por los agentes de inmigración han aumentado 40 por ciento, con el número de refugiados acogidos decreciendo a su nivel más bajo desde la administración Carter en 1980. Y a principios de este mes Trump se vio obligado a pedirle al Congreso $18 millones USD para construir su “gran muralla”, ya que el presidente Peña Nieto había declarado reiteradamente que el gobierno mexicano no le prestará ni un centavo al proyecto.

Ahora Trump está apuntando a los salvadoreños—alrededor de 200.000 individuos, el grupo más grande de inmigrantes al que se le concedió el estatus de protección temporal. El 8 de enero, la administración Trump revocó los permisos de residencia temporal a dichos salvadoreños, que han estado viviendo y prosperando en los Estados Unidos desde que un par de terremotos zarandeó a su país en 2001. El anuncio del gobierno otorga a los salvadoreños hasta septiembre de 2019 para irse o conseguir alguna forma legal de quedarse en los Estados Unidos.

No se puede estar seguro de qué efectos tendrá la afluencia de tantos ciudadanos regresando a El Salvador, un país que, con más de 60 asesinatos por 100.000 salvadoreños el año pasado—y casi el doble los homicidios hoy como en 2001, el año de los terremotos—es discutiblemente el más mortífero no sólo en Centroamérica, sino también en todo el hemisferio. También hay que considerar los aproximadamente 190.000 niños nacidos en los Estados Unidos de los receptores de TPS salvadoreños. Los Estados Unidos es su hogar, y no saben nada de la vida en un país latinoamericano, y mucho menos uno extremadamente desestabilizado.

Y luego están los $4,5 mil millones en remesas que los salvadoreños viviendo en los Estados Unidos envían a su patria cada año, los cuales equivalen a 17 por ciento del PIB de El Salvador y, por lo tanto, su mayor fuente de ingresos. Es difícil decir cuánto de ese dinero se evaporará con el éxodo de casi un cuarto de millón de inmigrantes salvadoreños, pero para predecir una disminución de al menos 2 por ciento del PIB no sería un tramo, la que efectivamente borraría la tasa de crecimiento de 2 por ciento que El Salvador ha experimentado en los últimos años.

Sandra de Barraza, columnista del periódico salvadoreño La Prensa Gráfica, cree que los retornados harán que paguen el presidente Sánchez Cerén y el gobernante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) por no hacer más para ayudar a sus compatriotas viviendo en los Estados Unidos bajo TPS. Además, un especialista de Centroamérica en la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos predice que la afluencia de tantas “personas bastante cualificadas y bilingües” desplazará a los salvadoreños que ya viven en El Salvador, la que puede llevar a “otro aumento de personas saliendo del país y en busca de trabajo” en los Estados Unidos.

“¿Por qué permitimos que toda esta gente de países de mierda vengan aquí?” Trump preguntó en una reunión el jueves pasado con legisladores presionándole para reconsiderar el fin de TPS para los haitianos, salvadoreños y otros. La pregunta inmediatamente desató una tormenta en las redes sociales y la prensa, tanto por su vulgaridad como por el presunto chovinismo racista del presidente. “¿Por qué necesitamos más haitianos?” dijo el presidente. “Sáquenlos.”

Evidentemente Trump sabe algo acerca de los lugares desde los destinatarios del TPS han huido. Él tiene razón, después de todo; sí son países de mierda, o por lo menos se podrían describir así en comparación con Francia, Alemania y Noruega. Pero lo que él no entiende—o, como con sus votantes, lo que finge no entender—es que gran parte de la “mierda” que sepulta a Haití, El Salvador y los otros países en vías de recuperación de América Latina fue arrojada sobre ellos por los Estados Unidos.

Como la mayoría de los inmigrantes latinos se dan cuenta, están en los Estados Unidos sólo porque el gobierno de los Estados Unidos lo ha estropeado todo en sus patrias.