Ser oposición cuando no se debe o carne pa’ la picadora

Por Nicolás Campos

Si por algo se caracterizó durante los primeros meses, e incluso el primer año, el gobierno de Sebastián Piñera fue por el hecho de no tener al frente una oposición política relativamente consistente.

Así, es que incluso siendo minoría en el congreso, la conducción política que tuvo la derecha fue notable durante los primeros meses, llegando incluso a vehiculizar a las oposiciones por el trayecto que el gobierno trazó para ellas. Una muestra de aquello se vio a tan solo semanas de asumido Piñera, donde el gobierno logró que parlamentarios del Frente Amplio se sumaran a las llamadas “mesas de trabajo” convocadas por el ejecutivo con el objetivo de tratar asuntos “impostergables” de la agenda nacional a las que diversos congresistas frente amplistas acudieron. Dicha situación, fue uno de los grandes y primeros triunfos políticos que tuvo el gobierno. De ahí en más la situación no varió mucho ya que ninguna de las dos oposiciones “formales”, como lo son el Frente Amplio y la Nueva Mayoría, fueron capaces de comportarse como tal.

Aun así y pese a lo exasperante que puede llegar a ser el hecho de que no exista una oposición consistente a Piñera, resulta importante mencionar que este rol no debe ser planteado ni siquiera como una tarea inmediata por las organizaciones de izquierda que se planteen como revolucionarias.

La necesidad de referirse a esta problemática radica en que a partir de como se ha desarrollado el panorama nacional las últimas semanas (manifestaciones callejeras todas las semanas, colegio de profesores en paro hace semanas, constantes cuestionamientos a “fusibles de Estado” como la Ministra Cubillos, baja en las encuestas de aprobación del gobierno, etc) esta situación bien podría estar a la vuelta de la esquina.

En definitiva, se cree que los efectos que dicha política pueda tener para quienes no tienen como objetivo transformarse o perspectivarse como una opción de recambio en la administración del Estado son negativos e incluso contrarios a las expectativas antes mencionadas. Por lo que para no terminar “atornillando al revés” es importante comprender principalmente que: En la medida que se entienda que la tarea es la confrontación con el gobierno de turno se corre el riesgo de caer en la política de la colaboración de clases para con otra facción o conglomerado burgués.

De ser así, el conflicto de clases, que es donde debiese fundarse la política revolucionaria, pasaría a un segundo plano y su lugar fundante sería reemplazado, netamente por una disputa a partidos, conglomerados y/o gobiernos. Se caería así, en la misma lógica que construyó el Partido Comunista y demases en la coyuntura electoral cuando pretendía aglutinar a los críticos de la derecha en torno a la consigna del “Todos Contra Piñera”. Cuando en efecto, un eventual triunfo de Guillier no habría resultado una ganada para la clase trabajadora en el desarrollo de la lucha de clases.

Como consecuencia de aquello, si son las y los militantes revolucionarias/os quienes pretendan ser la oposición “callejera” del gobierno de Sebastián Piñera, bien se podría estar aportando, cual carne de cañón, a las expectativas políticas – e incluso a abrirle paso al advenimiento – de nuevas alternativas burguesas que se planteen programáticamente un proyecto “distinto” a quien hoy gobierna. No debería sorprender en este marco, el hecho de que recién iniciado el gobierno de Piñera una de las primeras proyecciones del CONFECH fuese nada más ni nada menos, que ser la oposición «social y callejera» del gobierno de Chile Vamos tal como expuso una de sus voceras el año 2018: «Estamos trabajando por construir una unidad política social amplia en oposición al gobierno de Sebastián Piñera». [1]

Esto último, bien podría verse fortalecido en la medida que se le agreguen adjetivos al gobierno de turno tales como dictatorial o cosas por el estilo, los cuales han resultado ser tópicos recurrentes en la izquierda para cuestionar la política del gobierno.

Apropósito de lo anterior y en virtud de los acontecimientos de las últimas semanas habría que pensar el hecho de si acaso la naturaleza del Estado cambiaría si Piñera o Cubillos en un eventual caso, llegasen a caer: ¿Sería un avance significativo en la correlación de fuerzas de la clase trabajadora en el marco de lucha de clases el hecho de que el presidente fuese reemplazado por otro personero del gobierno e incluso de alguna de sus oposiciones? Acordemos que se descarta de plano la posibilidad concreta de que ese lugar pudiese ser ocupado por alguna organización que represente los intereses de la clase trabajadora. No existe nada concreto que pueda perspectivar la leve posibilidad de que eso ocurra, sino más bien todo lo contrario.

En esa línea, es complejo que la labor de las y los militantes revolucionarias/os se base únicamente en la confrontación para con el gobierno de turno, sin considerar la dialéctica misma de estos. En el mejor de los casos, las consecuencias de esta acción bien podrían ser efímeras. ¿No fue acaso el 2011 un año de seria confrontación con quien hoy aparece como uno de los pocos capaces de articular a la burguesía tras un proyecto político especifico?.

No debe extrañar que recurrentemente los primeros, o aquellos que de forma más constante acusan a este gobierno de tener una política dictatorial sean quienes buscan transformarse en gobierno en las próximas elecciones. O que quienes, cual avestruces, hoy saquen la cabeza para enarbolar posiciones del todo novedosas en torno a sus propios antecedentes como es el caso del ex presidente del Colegio de profesores y probado militante del Partido Comunista Jaime Gajardo, quien llamó a los profesores y profesoras a mantener el paro [2] cuando él mismo el año 2015, mientras se encontraba Bachelet en la presidencia, pujó constantemente para deponer cualquier tipo de movilización que entorpeciera la labor del gobierno. ¿Tan distinta es la situación 4 años después para las y los profesores que hoy la cosa debiese ser de mantener la movilización a como dé lugar?.

En definitiva, resulta imperante comprender los nocivos efectos que podría tener el hecho de comportarse como oposición al gobierno de turno, en la medida que no exista una correlación de fuerzas pertinente que asegure o perspective una salida “socialista” al respecto. Como ya se mencionó; en las condiciones actuales, lo único en lo que aporta este accionar es en abrirle paso a nuevas corrientes o conglomerados burgueses que buscan transformarse en alternativa.

Por último, resulta preocupante y contraproducente para la educación de la clase trabajadora desarrollar la “política de oposición” sobre todo en un periodo de dispersión ideológica como el que se vive actualmente. En este marco cabe preguntarse: ¿Qué se dice con este tipo de política respecto a la realidad social vivida? ¿Dónde se resuelven las problemáticas políticas y materiales a partir de este esquema?. Todo un sinsentido también en este aspecto persistir con la política de ser oposición.

En efecto, aquello que debería guiar la política revolucionaria en periodos como el que vivimos debiese ser el de elaborar e impulsar una política que permita avanzar en la conciencia de la clase trabajadora. Y la política “de oposición” antes referenciada poco y nada aporta a lo anterior a partir de lo antes mencionado.

Por lo que todo lo demás que suceda y que no se encuentre fundado precisamente en una línea en pos del desarrollo de conciencia de clase, por más interesante o atractivo resulte en una determinada coyuntura no asegura que derive en una acción independiente de la clase trabajadora. E incluso, se podría asegurar que lo más probable es que dichas acciones se muevan por un carril distinto de las expectativas, de las que estoy seguro, muchos/as de quienes se manifiestan poseen.

En síntesis, una izquierda revolucionaria que se comporte o pretenda ser una oposición al gobierno de turno, obviando el cuadro político social completo al que se enfrenta, a la larga, no es más que un pedazo de carne que transita directo a la picadora de turno.

Notas: