Señeros y señeras: estampas populares (9)

Continuamos con las estampas populares:

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

IX

Don Heriberto creció en el campo rodeado de flores y animales. Cuenta que un día se aburrió de tomar leche al pie de la vaca y así, bien de potrillo, se vino a Santiago desde su natal Curicó. Por más los años, se ve vigoroso, con un humor que ya se quisiera la humanidad. Nadie lo conoce como Heriberto, a él todo mundo le dice Pelé. Deje y le cuento: lo que pasa es que hubo un momento en que el crack era noticia en todo mundo, yo era malazo para la pelota, me expulsaban a cada rato porque mi único recurso eran pegar chuletas. Bueno, el punto es que me bautizaron así porque, para reivindicar tan mal desempeño, un día quise imitarlo; salté, hice una especie de chilenita, una pirueta en realidad, no le di a la pelota que pasó de largo, caí mal, como las reverendas, terminé con las costillas maltrechas, con la cara hecha pebre. En ese tiempo no había Posta, me datearon y compré un par de bistec con los que, luego de una semana en cama, pude quitarme la hinchazón y el dolor. En ese momento don Heriberto supo que su destino estaba marcado en la piel y se hizo carnicero. Carnicero fino y visionario –aclara-, por años ocupó el Silabario Hispano-Americano para además de aprender a leer, clasificar los cortes de vacuno, esa parte del Va-Ve-Vi-Vo-Vu me hizo maestro, fíjese que a nadie se le ocurrió antes. A cada rato don Pelé, siempre acompañado de un filoso cuchillo, su regalón, se las ingenia para cortar el ambiente con un chiste. No importa si es bueno o malo, da lo mismo. Con ochenta años en el cuerpo, cuenta que hubo tiempos de vacas flacas, detalla que fue en la época de Alessandri, de Frei, de Allende, de Pinochet, de la transición. ¿Las gordas? Bueno, sigo esperando un cargamento donde no vengan tan raquíticas las pobres. Ya no todo es igual dice don Heriberto, Colocolino de tomo y lomo, está seguro que en los tiempos previos a la conquista daba gusto comer; digamos usted cazaba y guatita llena, corazón contento, en cambio hoy el pedazo de carne viene sellado al vacío y, claro, la bandeja viene casi vacía, salvo unas grasitas por aquí, un par de huesitos por allá. Por cierto, don Pelé no vende pollos porque algo sabe de estética y no quiere que a los vecinos y vecinas les crezcan demasiado las tetas. Tampoco habla de política, lo que pasa es que me caliento rapidito, nomás mire los cuchillos que tengo, los afilo todos los días, observe la sierra eléctrica, si da gusto escucharla, o fíjese en esa moledora de carne que es de corriente trifásica, vea usted el tremendo frigorífico. Entonces ¿cree usted que me voy a volver asesino en serie, por culpa de algunos animales que vengan a mosquearme el boliche con sus mentiras? Así que dígame nomás: o hablamos de política en serio o se lleva rapidito el pedazo de carne fresca que tengo ahí colgando. Aproveche y llévese un par de huevitos frescos del campo también.