Señeros y señeras: estampas populares (8)

Continuamos con las estampas populares:

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

VIII

Quien no conozca a doña María, la “Mami”, del puesto de diarios, poco sabe del barrio. Ni crea mijito; este es un barrio de mierda, hay hartos güeones que me deben plata y me pegan la desconocida. Aclara que no vende periódicos, ella es suple-mentera y, claro, todos los días debe suplir con mentiras piadosas, la sarta de mentiras impresas. Todo un esfuerzo, tal como su vida. Sus padres y hermanos mayores salieron de Palestina en pleno conflicto árabe-israelí, por allá a finales de la década de los cuarenta, una verdadera catástrofe –indica- porque resulta que ella nació en alta mar, sobre el barco que huía velozmente rumbo a América. Acá se casó muy jovencita e hizo su vida laboral junto a su esposo, un chileno que su familia nunca quiso. Apenas se ríe pero pareciera con síndrome de Tourette con coprolalia, porque putea de lo lindo el clasismo de los suyos. El quiosco lo construyeron ambos con mucho esfuerzo, así que no venga el municipio a decir que ellos me ayudaron, frescos de mierda, que la única ayuda que prestan es cagarme el fin de mes, cuando me cobran la güevá de patente. Está cansada la Mami, se nota, de algún modo la esquina le ha ido arrebatando edad, sueños incluso. ¡Pero ni cagando me voy a la casa; si ya llevo cincuenta años aquí! Bien temprano, pese al lumbago del oficio y a sus frágiles canillitas, doña María llega con su mercadería, baldea y barre el quiosco para dejarlo bien presentadito. Ya luego acomoda sus gastadas sillas y bancos para tomar la choca y comenzar a recibir a los invitados de piedra, puros güeones que se creen ministros y se leen todos los diarios gratis. En todo caso son ellos los que durante el día la van sacando de sus penas. Fueron años de trabajar a la par con el finado Estanislao, quien un domingo y mientras trasladaba su bulto de diarios en bicicleta, fue arrollado por un cafre. No fue necesario que doña María se enterara por la prensa de la mala noticia, lo vio saltar y caer en el alquitrán frente a sus bellos aunque entristecidos ojos. Hoy el puestecito está rodeado de animitas, del afecto en breves notas escritas por manos anónimas, de velas que se mantienen encendidas durante las frías noches de invierno en honor al difunto y por qué no, también de respeto a la frágil doña María, una de las fundadoras del barrio.