Señeros y señeras: estampas populares (3)

Continuamos con las estampas populares:

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

III

Joshué llegó al país hace seis meses, no se acostumbra todavía al clima, anda más abrigado que hijo único, tampoco a esa mala costumbre individualista, al tan popular sálvese quien pueda, mucho menos a esa frialdad de los habitantes por este lado del mundo. Cuenta que se cansa de andar todo el día con su natural sonrisa de oreja a oreja y ni con eso encuentra la reciprocidad necesaria. No se achaca, menos ahora que encontró laburo de conserje y juntar dinero como sea se ha transformado en su norte; su esposa e hija no tardan en llegar de su natal Haití. El Jo nació una vez por allá en Môle-Saint-Nicolás, un pequeño departamento al noroeste de la isla, estudió hasta que se hizo básico trabajar en lo que fuera y secundario leer un libro. Nació esa vez y otras tantas más; le ha tocado duro cuenta, siempre la precariedad laboral en esa isla todavía infectada de tomtom macutes, de dinastías de mierda, de los Duvaliers y sus herederos políticos, que siguen azotando, al igual que los huracanes, esa modesta nación. Se fijó una meta esa vez que cumplió la mayoría de edad; su futuro sería en otra parte y, como pudo, se mandó a cambiar sin importar dejar atrás sus costumbres, la riqueza de un pueblo que convive día a día con la extrema pobreza, a sus amigos, a la escasa parentela. Por cierto, anda con un celular más grande que su sonrisa, que le permite maximizar el contacto, vía WhatsApp, con los suyos, algo es algo -comenta en un difuso español- cuando se trata de mantener con buena resolución y a color, los lazos con su sangre. Acá no se achica con el laburo de conserje, se ríe disimuladamente de sus colegas que lo acusan de trabajar mucho y que eso no es bueno para el gremio. Su vigor y alegría son su especie de escudo ante tantas fobias juntas que le toca derribar día a día y, claro, él vino con un solo objetivo: buscarse la vida y no a meterse en la de los demás, si no lo invitan, claro. Tanto gastarse el lomo en su precariedad de trabajo, apenas con un contrato y demasiada inseguridad social, de algún modo comienza a dar sus frutos; ya juntó unas monedas y, sin más, postuló a un arriendo donde proyecta arbolitos, arreglar el jardín para que la pequeña Teresa, su hija, disfrute en el verano. A propósito, ya tiene diseñado el letrero que pondrá en la reja del antejardín: “Esta es una familia migrante, aquí no se acepta la arrogancia, ni la discriminación, ni la intolerancia ni el egoísmo. Mercí”.