Señeros y señeras: estampas populares (13)

Continuamos con las estampas populares:

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

XIII

Don Leopoldo Osorio Cornejo, el mayor de ocho hermanos, es un trotamundos, como los circos. Nació en la periferia de Santiago, en Pirque, ya después  dio el estirón por allá en Malloco, comuna de Peñaflor. Desde muy pequeño tuvo muchos intereses, sobre todo aprender diversos oficios y estudiar hasta altas horas de la noche, entre medio de velas y sueños por cumplir. Compartir todo ese conocimiento con sus carnalitos que lo seguían con admiración, también se transformó en tarea importante. Fue una época difícil –detalla- como tantas en su vida, porque entre que sus padres y la prole, incluido él, se venían a instalar a la capital en busca de mejores oportunidades, esas que ya no entregaba el campo, todo resultaba extraño en una ciudad  que  en esos años apenas repuntaba ,con tal convertirse en algo así como una urbe. Claro, atrás quedaban los caballos que le gustaba montar,  que más parecían caballos de feria, porque resulta que Don “Polo”, hasta hoy, es un hombre corpulento y de bastante estatura. Ya ni modo -se dijo- era hora de enfrentar autos, otros códigos, nuevas maneras de relacionarse. Cuenta que un día le dio por ser cura y,  ya de seminarista, se la pasaba todo el santo día con los ojos en blanco mirando al cielo en busca de Dios. Con el tiempo y ya también cansado de tanto hincarse frente a los altares con esa pesada indumentaria eclesiástica aterciopelada, de comprender finalmente que con los rezos no llegaría a ninguna parte, salvo dar misas de gallo, se paró en la hilacha y se dijo: levántate y anda y de una se fue de andariego con Allende en pos de alcanzar alguna vez la presidencia de la república. Al mismo tiempo contraía nupcias y comenzaba la repartija de hijos para poblar la faz de la tierra. Ya después y con el triunfo de la Unidad Popular, don “Polo” se transformó en Regidor por Maipú, también secretario personal de la hermana del presidente electo y que luego fue vilmente asesinado. Roles que cumplió cabalmente  hasta el aciago Once de Septiembre de 1973, día que, y a puros golpes, lo metieron en un calabozo durante tres años, hasta echarlo con el famoso pasaporte rojo, con una L tan grandota como su humanidad. Ya expulsado del país, terminó recalando en Inglaterra, su flemático acento hasta para cuando habla su lengua natal lo delata. Con los años de exilio en Europa su salud no fue la mejor y buscó en México que el clima cálido hiciera su trabajo y calmara esa tortura de dolores del cuerpo. Allí este profe enseñó su perfecto inglés por casi una década, además de reencontrarse con uno de sus tantos hermanos, que también fue víctima de la manu militari chilena.  Ya de vuelta a este adefesio de democracia -como bien señala- decidió volver con todo y gatos e instalarse definitivamente. Siempre la añoranza es tentadora –asegura-. A sus años, Don “Polo” suele viajar a Europa en busca de disfrutar por un tiempito a sus tantos nietos, incluso bisnietos y que por allá nacieron y asentaron definitivamente. Viaja solo últimamente, su esposa Nelly falleció no hace mucho. Don Leopoldo o “Polo Viejo” como suelen llamarlo, fue noticia hace un tiempo; resulta que un pariente tuvo la brillante idea de meterlo  en un lío que nunca imaginó. Cuenta que una noche dormía a sus anchas y saltó de la cama y a la fama en un segundo; un telefonazo le informaba que su nieto andaba metido hasta las patas en un asunto extraño de animales. Al otro día estaba toda la prensa nacional en el antejardín de su casa, inquiriendo detalles de este abuelo. Sin duda, la chismosa ciudadanía quería escuchar su historia. Ni hablar, ya de ahí este Don Leopoldo, más conocido como “Polo” o “Polo Viejo” quedó marcado, porque del mismo modo que fue portada de la prensa canalla por más de dos semanas, también fue bautizado como el “Oso”, por esa animación que ganó un Oscar y que le dedicó su nieto. Si bien se pone contento al recordar ese instante de afectos a su persona e insufribles invitaciones a la tele, hoy el “Oso” anda triste; su hermano menor, Pedro, el “Pillita” -como todo mundo cariñosamente le decía- acaba de fallecer.