Señeros y señeras: estampas populares (12)

Continuamos con las estampas populares:

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

XII

Dice que no tiene rivales en el negocio, tampoco enemigos, por qué tendría que tenerlos, salvo ocasionales malandras que vienen a mosquear e intentan robarle. Ahí él no transa; aprovecha que por sus venas corre algo de sangre mexicana, cosa que tampoco lo desvela, y los para en seco. En todo caso es cariñoso y por más la rudeza que deja entrever bajo su capucha, un par de coscorrones y un dulce de regalo son suficientes para que aquellos intrusos amablemente depongan esa fea actitud y desalojen su metro cuadrado de paz. Así es Héctor Sánchez, un duro y al mismo tiempo un noble. Nació del finado Héctor Arnoldo, quien a su vez nació de Manuel Clodomiro, hijo de mexicanos asentados a principios del siglo pasado al norte del país, que trabajó en una de las tantas salitreras y cuando el negocio de la explotación se saló, no dudó en venirse con todo y sacos de esperanza a Santiago, transformándose en uno de los primeros comerciantes de Ñuñoa, acreditación otorgada por el mismísimo Salvador Allende. Manuel Clodomiro, el abuelo, fue quien inició el boliche que después heredó Héctor Arnoldo, el padre, y ahora él. Héctor se abrió paso en la vida desde muy pequeño y, tal como el chavo del ocho -se atreve a comparar-, a los ocho años ya andaba entremedio de cajones con manzanas, manojos de verduras, dulces y, obvio, super8. Por cierto, su negocio es puntual y a las ocho de la mañana, llueva o truene, se abre. La rutina comienza preparando café y ordenando la variedad de productos para la colación escolar al contingente de invitados que a esa hora se asoma al liceo. Comentan que más adelante pondrá ceniceros alrededor y cobrará una cuota, como en los aeropuertos, por el uso indiscriminado del suelo, es que fuman como condenados los papitos y mamitas y ahí se van quedando las colillas. Héctor vive y se traslada todos los días desde su natal La Faena, allá en Peñalolén, una de las primeras y más grandes tomas de terreno en la ciudad, hasta Ñuñoa. Ahí creció este más sano que el yogurt y que no toma ni chicha ni baila apretado en fiestas patrias. Tampoco toma partido en las tomas del colegio que exigen mejoras y gratuidad en la educación. Total para qué, si los chiquillos y chiquillas se defienden solos y saben que cuentan con mi apoyo de pariente lejano de la revolución mexicana. El encapuchado Héctor, se hace nomás pero es un guerrillero oculto que cuando puede sacar la voz, no duda en hacerlo, recuerda que justamente apareció encapuchado en ese video de la cantante Anita Tijoux, una de sus favoritas. Uno aprende con la vida, dice el futuro padre que ya se prepara para recibir a su primera descendencia y que obviamente se transformará en administradora y alegría de los tristones ojos que se gasta.