Señeros y señeras: estampas populares (1)

Estas crónicas, a modo de breves estampitas, hablan de habitantes de un determinado espacio urbano, cada uno con características muy particulares, con historias detrás que aluden a la migración, a posturas políticas, a sus quehaceres diarios en tanto obreros de algo. En resumen, breves reseñas de hombres (señeros) y mujeres (señeras), populares en el barrio, que dejan huellas en la cotidianidad, transformándose en memoria viva.

Por Carlos Osorio

Estampa 1:

Juvenal Villablanca es panadero y un revolucionario de esos que ya no hay; se la pasa agitando masas todo el día. Apenas canta el gallo y antes de la choca, sintoniza Radio Cooperativa; hay que enterarse de lo que sucede –dice muy serio-. Analiza las noticias con el mismo cuidado que pone al prender el horno industrial. Si no le parece la información se cambia a la Bio-Bio, por último así, simbólicamente, como que el dial lo acerca unos cuantos kilómetros que sea, a la tierra que lo vio nacer. A medio día y ya con una avanzada producción de hallullas, pan de completos, sopaipillas y berlines, el “Juve” mira el canal del fútbol con tal hablen de su equipo, la Uc, bajoneado tanto por los magros resultados, como por las infamias del locutor en contra del club de sus amores, vuelve a su gran mesón de trabajo y continúa su labor de agitador mientras escucha a Los Jaivas, Congreso, Ínti Illinani, sus favoritos quién sabe por qué, al parecer con los años agarró las mismas mañas del jefe. Ya por las tardes y en sus descansos, conversa de la situación en el sur, su conclusión es simple; “gobiernos de mierda, Estado racista”. Votó en las parlamentarias por Camila Vallejo, en eso Chavalón, como también le dicen cariñosamente, no se pierde; es de una sola línea “… ahora no voy a votar por ningún culiao”. Juvenal, el chaval, llegó de su natal Folilco, Los Lagos, Valdivia, hace veintiocho años, ya se instaló definitivamente en la ciudad. Además de ejemplar en su vida, se hace respetar por todos, cuida de sus hermanos más jóvenes que emigraron del sur porque resulta que los quieren para peones explotados y él no está dispuesto a que los suyos sean maltratados por la especie patronal que, según sus palabras y mientras sopla un puñado de harina en sus rechonchetas manos, “algún día se extinguirá, como el vapor del horno de las marraquetas.