¡Resiste, Honduras, resiste!

Por Héctor Luis Álamo

Hay un golpe de estado en Honduras, sólo los golpistas ya ocupan el poder. El suyo es un golpe preventivo contra el líder electo del pueblo, Salvador Nasralla, quien ganó una ventaja estadísticamente insuperable en los primeros resultados electorales y quien ahora, en una Honduras funcionalmente democrática, se prepararía para asumir la Presidencia en enero.

Pero la democracia ha sido quebrada durante mucho tiempo en Honduras. Aún antes del golpe de estado en 2009 que presenció el Partido Nacional del presidente Juan Orlando Hernández apoderarse del poder, las elecciones y la gestión del gobierno han sido una farsa para disfrazar la clepto-plutocracia que en realidad gobierna por sobre el pueblo de Honduras, una forma de oligarquía tan infame que aún tiene su propio nombre—la “república bananera.” La etiqueta tiene más de un siglo de edad, acuñada por un malversador que huyó al país centroamericano y se convirtió en un maestro del relato corto, pero el retrato sigue siendo mortalmente preciso.

Aquí es donde un columnista regular revisaría a través de los detalles del último golpe. Ella o él escribiría sobre el toque de queda—desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana—impuesto por diez días por el presidente Hernández el viernes pasado, la suspensión de los derechos constitucionales durante este período, y el uso de Hernández de la policía militar, entrenada por los Estados Unidos y financiada por los Estados Unidos, para reprimir a manifestantes pacíficos. Ella o él mencionaría las muertes civiles hasta el momento, incluyendo la de Kimberly Fonseca, 19 años de edad, que fue asesinada de un tiro en la cabeza al comienzo del cacerolazo del sábado pasado en Tegucigalpa, durante lo cual la gente por toda la ciudad recurrió a golpear ollas y sartenes para expresar su indignación contra el régimen, el toque de queda, y los ataques contra la democracia. Sin lugar a dudas, un informe periodístico normal mencionaría las decenas de miles de hondureños que tomaron las calles de costa a costa el domingo pasado en una marcha general contra la dictadura, o la huelga general que están pidiendo para coincidir con los días venideros de represión intensificada.

Sin embargo, los detalles pueden cegar, especialmente en un asunto simple como el que confronta a los hondureños en este momento—y sí es un asunto simple. Lo que se ve en Honduras no es un partido tratando de privar a otro partido de una voz en el gobierno, lo cual es algo que casi todas las democracias sufren, sean nuevas o antiguas, débiles o fuertes. Y tampoco no se trata de la élite empresarial intentando bloquear la adopción de reformas antiempresariales, lo cual, por otras partes, ocurre en todo el mundo.

Lo que se ve en Honduras–lo que el pueblo de Honduras está resistiendo, más bien–es, en primer lugar, la plutocracia, un régimen de personas muy ricas que dirigen todo el país como una empresa familiar. Los medios de comunicación, la industria de servicios bancarios y financieros, las cadenas de comida rápida, la industria de servicios bancarios y financieros, los agronegocios, las empresas de construcción y todas las demás formas de negocios que afectan a los hondureños diariamente son controladas por un pequeño grupo de personas. Este cártel también incursiona naturalmente en el comercio internacional de drogas, siendo reacio a privarse de la oportunidad de grandes beneficios por cuestiones tan insignificantes como la decencia y la ley. La élite empresarial les paga a funcionarios del gobierno para dejarlos en paz, o les dicen a sus amigos y familiares que se infiltren en el gobierno para ayudarlos desde dentro.

El pueblo de Honduras también está rechazando la cleptocracia, la gestión de su país por una camarilla de ladrones. Tal no es una cuestión de opinión, sino de registro público. El presidente Hernández admitió tanto en 2015, cuando confesó que el Partido Nacional robó casi $100 millones del Instituto Hondureño de Seguro Social y usó parte del botín para financiar sus campañas durante las elecciones de 2013. JOH (como el presidente es conocido) y su partido han admitido en realidad a robar del pueblo para mantener su poder por sobre el mismo pueblo. Y todavía, hasta este día, en el poder permanecen.

Por último, y por fin, el pueblo hondureño marcha contra el narcoestado, los narcotraficantes y sus secuaces en el gobierno que han transformado todo Honduras en un callejón oscuro, donde las niñas son violadas, los niños se encuentran degollados, y el pavimento está lleno de pétalos marchitos de la juventud anteriormente floreciente. En Honduras, los traficantes de drogas también dirigen corporaciones multinacionales y agencias gubernamentales, pero sus trabajos de día de ninguna manera los sacan de sus emprendimientos nefarios. El dinero limpio no lava el dinero ensangrentado, mucho menos las manos ensangrentadas que lo agarran. Honduras es un narcoestado porque en Honduras un narcotraficante puede ser lo que el Chapo sólo sueña con ser–un miembro respetable de la sociedad que no tiene que esconderse en las montañas sino puede vivir en su mansión con vista a toda la capital.

Esta es la naturaleza completa de la bestia tratando de mantenerse en el poder en Honduras. Esto es lo que el pueblo de Honduras quiere decir cuando inunda las calles, gritando, “¡Fuera JOH! ¡Fuera la corrupción! ¡Fuera la dictadura!”

 

¡Resiste, Honduras! ¡Resiste esta opresión maligna por siempre y para siempre!