Puerto Rico Resiste

Por Héctor Luis Álamo. Traducción por Benjamín Alaluf

Es cierto que Puerto Rico está en medio de un éxodo masivo. También es que cierto que la corrupción y la incompetencia criminal del gobierno insular es el culpable del sufrimiento humano en la Isla. Es parcialmente cierto que a la ciudad capitalina, San Juan, le va bien pero el interior montañoso está sufriendo atrocidades, porque toda la Isla está sufriendo.

Respecto a la creencia ampliamente difundida aquí en los Estados Unidos que el pueblo de Puerto Rico está abandonando a su patria como las ratas de un barco hundiéndose; no podría ser más falso.

Sí, la gente está dejando la Isla, pero no se está yendo, lo cual es muy diferente. María les sacó las hojas a los árboles y los techos a las casas, iglesias y hospitales. Ahora en su velorio moribundo, su gente está siendo arrebatada de la patria que siempre amarán más que cualquier otra.

A los yanquis del norte no les gusta escuchar esa parte. Los Estados Unidos de América, ellos insisten, es la tierra de oportunidades, de los libres y los valientes, donde las calles son pavimentadas de oro y la vida es…..mejor. “¿Mejor que dónde?” preguntarás y te responderán con sonrisas de cocodrilo, “Bueno, mejor que cualquier parte, por supuesto.”


A la mayoría de los estadounidenses no les importa saber lo que yo sé ahora, de haberlo oído de labios puertorriqueños desde Trujillo Alto hasta Playa Manglillo – que aquellos puertorriqueños que han ido a Orlando, Nueva York o Chicago (han sido decenas de miles hasta ahora) se van de su isla sin ninguna opción aparte de irse, no les queda nada después de María salvo muebles rotos y corazones rotos.

Y sin embargo hay una resistencia. No en las sierras por Lares, Utuado o Yayuya, como quizás debiera. No, la resistencia arde en cada uno de esos corazones puertorriqueños arrebatados por la tormenta junto a tantos troncos y postes. Como dicen por ahí: un hueso quebrado, una vez sanado, jamás volverá a quebrarse de la misma manera; lo mismo se puede decir del alma. Los puertorriqueños han sido quebrados, pero están recogiendo los pedazos y reponiéndose. Cada parte se sana mejor que antes.

Esto no quiere decir que las heridas no estén sensibles, porque lo están y lo estarán. Y ya el pueblo de Puerto Rico ha sido cambiado para siempre, pero cambiado para lo mejor.

El pueblo de Puerto Rico nunca se olvidará de María – y cómo ellos y el mundo, principalmente el gobierno estadounidense, respondió (o decidió no responder). No olvidarán cómo se sacaron a ellos mismos y a sus vecinos de sus casas. No olvidarán que fueron los maestros y los médicos y no los equipos profesionales de rescate, quienes levantaron las escuelas y los hospitales. Nunca olvidarán cómo sobrevivieron Huracán María y cómo lo sobrevivirán- dependiendo el uno del otro. Nunca deben de olvidar cómo el gobierno federal y su administración colonial mintieron sobre el número de muertos (lo cual tiene que ser diez veces más de lo que nos dijeron), la velocidad de recuperación (años, no meses), cómo su supuesto protector, Tío Sam, mantuvo a barcos cargados de provisiones flotando a la orilla, cómo las autoridades tomaron cualquier auxilio que llegara a la costa y lo cerraron en alguna parte, lejos de la gente que desesperadamente lo necesitaba y cuando el gobierno federal finalmente empezó a visitar casas semanas después de que la tormenta hubiera pasado, llegó con dulces y papel higiénico.


Por dondequiera que iba conocí a puertorriqueños, muchos de ellos retornados desde la Diáspora, quienes me miraron directo a la cara y me dijeron, asegurándose que lo escuchase bien, que ellos jamás se irían de su isla sin dar una dura y larga lucha. Cada puertorriqueño con que hablé que se había mudado desde los Estados Unidos, cada uno, muchos de ellos habían vivido en las grandes ciudades por décadas, pensaron que no había comparación entre vivir en Nueva York, Filadelfia o Chicago versus vivir en San Juan, Ponce o Guánica. Y cuando regularmente digo “la Isla” los puertorriqueños con los que conversé, tanto los residentes de toda la vida como los retornados, constantemente hablaban de “mi Isla.” “Jamás dejaré a mi Isla,” es el dicho, aunque muchos después dicen “si lo puedo evitar” como garantía.

Aquellos que no lo pudieron evitar se han ido, como lo han hecho desde siempre. Aquellos que se quedan lo hacen a través de una combinación de coraje y suerte. Se aferran a sus casas sin techos, mientras parientes en Orlando o Chicago les ruegan que vengan a quedarse con ellos por un tiempo. Pero no hay caso, se quedan. Hasta que caiga la última palmera, los puertorriqueños estarán parados dignamente en este pequeño pedazo de cielo en el Caribe.

Porque Puerto Rico resiste. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará.