El peso de la abstención

Por Tania Guevara 

Aunque es difícil predecir el comportamiento de los votantes en esta segunda vuelta, si se repiten los resultados que se vienen dando en las últimas elecciones, la abstención debiera superar con creces el 53% de la primera vuelta y llegar, casi, al 60%.

Todos los análisis que se han hecho, hasta el momento, dan cuenta de que, en materia de participación electoral y porcentajes, las cifras prácticamente no se han movido un ápice desde el retorno a la «democracia». La votación histórica que han tenido el bloque de «izquierda» y de «derecha», sigue haciendo honor a esas cifras. Pero, más allá de esto, hay una verdad que al bloque en el poder, al régimen en su conjunto, al capitalismo neoliberal imperante, no le conviene reconocer. Con inscripción universal, voto de chilenos en el extranjero, voto de extranjeros residentes y aumento del padrón electoral, la abstención tiene mucho peso, superando con creces el 50%, y la tendencia es que va, cada vez más, en aumento.

El «derecho a voto» y la opción de votar o no —pues se transforma en un «derecho» y no en un «deber»—, hacen que muchos de quienes participan y comentan se dediquen a denostar a quienes se abstienen, culpándolos de hacerle el juego a quien gana en la elección de turno y atribuyéndoles una serie de características «anti-ciudadanas» y descalificadoras.  En realidad, la pregunta que hay que hacerse es ¿por qué el pueblo querría participar en una institucionalidad que, a todas luces, no será afín a sus intereses y no trabajará por dar solución a sus problemas? Para decirlo en simple, no es que la mayoría no esté interesada en la política ni en participar. Esa mayoría no está interesada en «cómo» y «para quién» se hace esta política. Si hubieran otras formas de participación en las cuales se respondiera a sus intereses y se trabajara por el futuro de esa mayoría, no cabría duda de que el compromiso sería altísimo. Para muestra, la participación popular en las movilizaciones que envuelven sus intereses, como NO+AFP o las demandas estudiantiles por mejorar la educación.

Las dificultades

Motivos que juegan a favor de la abstención son varios y tienen más peso que los que llaman a participar. Más allá del tiempo que hay que invertir en ir a votar y del riesgo de ser vocal involuntario, hay otros factores gravitantes. El no sentirse reflejado por ninguna de las apuestas en juego es uno de ellos. Es tan gravitante que, cuando había voto obligatorio, aún así la abstención llegó a alcanzar el 41% en las presidenciales del 2009, incluyendo en este porcentaje a los no inscritos. Con cada elección, después de la inscripción universal y el voto voluntario, este porcentaje ha ido subiendo, alcanzando un 58% en la segunda vuelta de la última elección, el 2013.

El trabajador sobreexplotado, que gana lo que no le alcanza, que le quita minutos al trabajo para el desayuno que no pudo tener en su casa, que pasa horas en el transporte público para llegar a la pega, que le mendiga a esas horas un poco más del sueño que no le dio la cama, que no tiene tiempo libre para sí y su familia, que no tiene más posibilidad de distracción que la tonta pantalla de TV, preferirá usar el día de votación como un día más de descanso, de los pocos que tiene, en vez de ir a perder el tiempo en apuestas que no le son afines.

Y ¿entonces?

Para avanzar hacia una sociedad que esté en beneficio de todos y sea controlada por todos, no basta con entusiasmar a quienes participan y tienen algún interés en cómo se desarrolla la política. La tarea, para la izquierda revolucionaria, es poder entusiasmar, a todos quienes no participan, en proyectos inclusivos, que representen esos intereses olvidados y que, a la vez, sean órganos de poder del pueblo. Porque sólo creando y organizando poder desde las bases, poder popular, podremos avanzar hacia una sociedad que responda a los intereses de las grandes mayorías postergadas.

Este es un camino de construcción de organizaciones al servicio del pueblo. Porque sólo cuando el pueblo vea que la organización está a su favor, dejará de abstenerse y participará.

El pueblo quiere apostar por si mismo y no por candidatos ni opciones que no lo favorecen. Entonces, el pueblo va a votar cuando las elecciones sean realmente democráticas y estén representados sus intereses. Si no es así, sigue siendo una farsa.