Otro 5 de octubre

Por Reinaldo Vives

Asistimos al fracaso del proyecto histórico para salvar el capitalismo chileno, urdido entre los responsables civiles de la dictadura y sus comparsas de la Concertación-Nueva Mayoría, que se terminó de aprobar en el plebiscito del 5 de octubre de 1988. La bella historia de amplios acuerdos y triunfos pacíficos, que armaron para justificar su situación de privilegios y abusos sobre el pueblo, se basa sólo en mentiras y traiciones. Durante años la repitieron, aprovechando su propiedad sobre los grandes medios de comunicación y su control sobre un parlamento de corruptos financiados por las grandes empresas. Aseguraron la impunidad de los grandes responsables, castigando algunos perros menores que hicieron el trabajo sucio. “Derrotamos la dictadura con un papel y un lápiz” se atrevió a decir el más cínico de los concertacionistas.

En verdad, socialdemócratas y demócrata-cristianos nunca «lucharon» contra la dictadura. Sólo el pueblo luchó contra la dictadura cívico-militar, con los medios a su alcance, y desde el primer día. Los que el propio dictador llamó, con sorna y desprecio, de «señores políticos», sólo negociaron los detalles de un repliegue militar orquestado desde Washington. Se trataba de corregir los errores de la propia dictadura, sin permitir que la lucha popular avanzara hacia un triunfo.

La historia de la «transición» comienza mucho antes que los «opositores» burgueses se atrevieran a levantar la voz. Comienza con un grave error cometido por un criminal, que confunde sus abusos contra un pueblo mayormente desarmado, con hechos militares de algún valor. El 21 de septiembre de 1976, en Washington DC, asesinos de la DINA detonan un explosivo en el auto de Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores, interior y defensa del gobierno de Salvador Allende.  Letelier muere, junto con su asistente, quedando herido el esposo de ésta, ambos de nacionalidad estadounidense.

Sin Permiso del Imperialismo

El 9 de julio de 1977, en un pretencioso espectáculo en el cerro Chacarillas, Pinochet hace un discurso sorprendente. Luego de recordar el golpe de 1973, afirma: «Hoy volvemos a enfrentar una lucha desigual, contra una acción foránea de diversos orígenes y tonalidades, que a veces adopta la forma de la agresión enemiga, y que en otras ocasiones se presenta bajo el rostro de una presión amiga (…) Chile continuará actuando con la prudencia y mesura que tradicionalmente han caracterizado nuestra política internacional (…) pero por ningún motivo permitiremos que dicha actitud se confunda con debilidad o vacilación ante quienes pretendan dictarnos desde el exterior, el camino que debemos seguir…».

Así el país se enteraba que el imperialismo podía apoyar dictaduras antipopulares, pero no permitiría que ellas cometieran crímenes, sin pedir permiso, en su propia capital. El llamado era a entregar a Manuel Contreras, responsable directo del asesinato, y a tomar medidas para evitar hechos semejantes a futuro.

Para ello se exigía diseñar un camino de salida de la dura fase de instalación del nuevo régimen, integrando a nuevos sectores burgueses y mejorando la imagen internacional del país. El imperio no olvidaba que un objetivo central de la instalación de la dictadura cívico-militar era apropiarse de las riquezas del país, en beneficio de las grandes empresas transnacionales. Tarea difícil, por las constantes violaciones a los derechos humanos, lo que impulsaba campañas de solidaridad en todo el mundo.

La «Normalidad Constitucional»

En el mismo discurso en que Pinochet denunciaba las presiones internacionales, respondía a ellas con una serie de propuestas que eran una rendición. Planteaba tres etapas para avanzar en la construcción de un nuevo «régimen político-institucional», ante el «agotamiento» del que existía antes del golpe:

  • Una etapa de «recuperación» (1977-1981), en la que paulatinamente se derogaría la Constitución de 1925 mediante la creación de Actas Constitucionales.
  • Una segunda etapa de «transición» (1981-1985), en la que se crearía una Cámara Legislativa o de Representantes que actuaría como Poder Legislativo y que sería designada por el gobierno o contaría con su visto bueno.
  • Por último, una etapa de «normalidad constitucional» (desde 1985) en la que el poder sería devuelto a la civilidad.

Para «salvar» a sus bandas de asesinos y torturadores, se dicta en abril de 1978 una ley de amnistía para todos los crímenes y delitos cometidos entre 1973 y 1978. Levantando el Estado de Sitio y cerrando, simbólicamente, el período de instalación, daba una primera señal de normalización a los capitales externos. Los tribunales pasaron los procesos que implicaban a uniformados a la justicia militar, que se dedicó a obstaculizar las investigaciones por violación de derechos humanos.

La «Recuperación Económica»

Coincidía así con los planes de los impulsores del neoliberalismo a la chilena, que tras el «Programa de recuperación económica nacional» de 1975, el año 79 lanzarán, desde los ministerios en que se habían logrado colocar, una segunda ráfaga de medidas. Estas apuntaban a modernizar el aparato de dominación, haciéndolo funcional a una economía abierta al comercio con el exterior, sin servicios sociales para los trabajadores ni espacios democráticos de participación popular.

Una economía, en fin, en que será el «mercado». Es decir, los grandes intereses económicos, quienes van a dominar, poco a poco, todos los planos de la vida social e incluso política. Lejos de un escrutinio democrático, los cargos electivos se venden al mejor postor y los «representantes del pueblo» meten la mano en las riquezas del Estado en alegre complicidad.

Es la época de la «regionalización», que organiza el Estado y el territorio de acuerdo a  las necesidades de la extracción y exportación de los recursos de cada lugar, mineros, forestales, frutas y vinos, etc. Es el comienzo de reformas que traspasarán a empresarios privados servicios sociales que hasta entonces entregaba el Estado, como salud, educación y vivienda; es la época en que José Piñera, desde el Ministerio de Economía impondrá su Plan Laboral y el sistema de AFP, destinado a entregar a la empresa privada la administración de los ahorros para la jubilación de los trabajadores.

El Descontento del Pueblo

Ese período debía culminar con la Constitución de 1980, estableciendo un marco de orden y estabilidad al nuevo modelo de dominación, dando paso a la «transición», que culminaría el 85 con la instalación de un gobierno que cumpliría con las exigencias de «normalidad democrática» de los inversionistas extranjeros y el imperialismo.

Esta cuidadosa planificación no contaba con los porfiados hechos. En 1982, se desata una crisis económica, producto de una baja en las exportaciones, el crecimiento de la deuda externa y la acumulación de problemas internos, como desempleo y devaluación de la moneda. Pero, lo que más les complica es el comienzo de una ofensiva de movilizaciones populares, a partir de mayo de 1983, acompañada de un sostenido accionar armado del MIR y, posteriormente, del FPMR. Esta irrupción en la mesa bien arreglada de la burguesía chilena y el imperialismo, obliga a discusiones y arreglos que antes no se habían hecho, pensando que el pueblo estaba sometido.

La Salida Negociada

En 1985 el arzobispo de Santiago, Francisco Fresno logra reunir partidarios y  críticos de la dictadura, para avanzar en el «Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia» —aunque Pablo Rodríguez, fascista convertido al pinochetismo, insiste en que la iniciativa fue impuesta por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, lo que no es excluyente—.

Algunos sectores insistían en derrotar la dictadura imponiéndole una salida popular. Pero, el fracaso del atentado contra el tirano en 1986 impone un giro en sectores de la izquierda que, derrotados, se suman al acuerdo propuesto por la iglesia.  Se reúnen opositores burgueses y ex izquierdistas renovados o rendidos, aislando a quienes aún insistían en vencer a la dictadura en todos los terrenos.

Es la hora de los oportunismos, de «luchadores» que nunca arriesgaron nada y renuncian a todo, a la lucha,  a las demandas populares, al proyecto de revolución que la dictadura vino a interrumpir, a cambio de un puesto en la mesa de los poderosos. Firmarán acuerdos secretos, impunidad para todos los crímenes del tirano y sus cómplices civiles y militares, aceptando el saqueo del Estado y las leyes que limitarían la lucha y la organización popular.

Se Repite la Historia

Firmados esos acuerdos, se puede cumplir con el itinerario fijado entre Washington, los economistas de Chicago, el gran empresariado y los tránsfugas de la izquierda. Tendrá lugar el plebiscito del 5 de octubre de 1988. Se habrá instalado la primera economía completamente neoliberal, con una democracia vigilada, y una sociedad regida por las frías leyes del mercado.

Pero como tantas otras veces en la historia, el capitalismo y sus gestores socialdemócratas fracasan, y el pueblo vuelve a las calles, a exigir sus derechos, a retomar su proyecto revolucionario.