Opinión: “Eso de que el chileno es flojo, que quiere todo regalado y otras tensiones”

Por Matías Rodríguez Galaz

Hace un par de semanas me sentí obligado a detenerme y prestar mayor atención en lo que planteaba Raquel Argandoña en el matinal del trece mientras se discutía en torno a la construcción de viviendas sociales. En resumidas cuentas, planteaba lo que ya es recurrente en sus intervenciones en televisión: “Lo que molesta a cierta gente es que el chileno, no te digo la gran mayoría, es cómodo, le gusta que le den cosas y eso es lo que a mí me molesta».

Ahora bien, lo que plantea Argandoña incomoda, genera rabia e impotencia pues intenta traducir o develar a un sujeto/a social que no tiene voz y que cuando los medios de comunicación intentan volcar su atención a él o ella es para criminalizar más que mostrar sus condiciones reales de existencia.

El interés no yace precisamente en indagar en las palabras ya expuestas, sino que lo que trae consigo aquello, pues el titular “el chileno es flojo” que ocuparon los medios escritos que luego se viralizaron en las redes sociales estuvo acompañado de los comentarios del y la chilena de pie que lejos de refutar lo dicho por Argandoña lo avaló y argumentó en diferentes escalas. Las cuales de una forma u otra legitiman el estado de subordinación que sufren las y los más empobrecidos del país, pues se mantiene un silencio cómplice, como es la muerte del trabajador del Transantiago que muere aplastado mientras orina en medio de dos micros debido que no contaba con las condiciones mínimas de descanso antes de retomar su recorrido, como lo es un baño o casino. Más aún todavía no se reconoce la negligencia en el estado de las máquinas, que podrían haber generado que el freno de mano cediera. Junto con esto cuando se intentan establecer atisbos de organización y reivindicación de garantías sociales cae la noche como lo es la reciente muerte de un dirigente en Quintero, ante las legítimas demandas que emanan desde las y los afectados por la contaminación en la zona de sacrificio. En este contexto se celebra un año más de la transición democrática, donde las culpas y tensiones siguen enfocándose en las y los más pobres.

Desde ya aclaro que comparto la lectura de una sociedad desigual, segregada y condicionada por el lugar y familia de nacimiento. A diferencia de aquell@s que catalogan que el y la chilena es pobre por qué es flojo. Vale decir que, profundizar en los enclaves legitimadores de esta sociedad es una necesidad para aquell@s que se plantean la emancipación, pues desde Diego Portales a Raquel Argandoña se critica la inercia del populacho bajo excusas de su flojera y alcoholismo, lo cual valida el peso de la noche, pues desde aquellos sectores más privilegiados se genera un manto ideológico que esconde lo que sucede en el país, en desmedro de un Chile que no ha sido beneficiado con la imposición de un sistema capitalista que nos posiciona como uno de los países más desiguales del mundo.

La flojera es discutible cuando nuestro país es mencionado en un ranking global en las cuales las personas trabajan la mayor cantidad de horas diarias, en mi caso personal de santiaguino de la periferia, se da por sentado las horas invertidas en el transporte y el estrés que este conlleva y ni hablar del costo económico. Aún así, el 50% de las y los trabajadores tiene un sueldo de $350.000 (o menos) según el INE, aunque a través de los medios de comunicación se ponga la atención en el promedio de $517.540 condicionado por las y los más ricos.  Finalmente al enfrentar la vejez, la fundación SOL plantea: “el 86,2% de los hombres jubilados en la modalidad vejez edad retiro programado (la modalidad más común en el sistema de AFP) reciben una pensión inferior a $163.725. La situación es aún peor en el caso de las mujeres donde el 94,4% reciben menos de este monto el cual equivale a sólo un 56,8% del salario mínimo de $288.000”. En este sentido, ¿el chileno es flojo o el mundo del trabajo sólo beneficia a unas y unos pocos?, tal como plantean las y los pobladores de la población la Pincoya a través de El Pincoyazo ¿Cuando Chile crece, quién crece?.

Más aún, en el Chile neoliberal hablar de garantías sociales es sinónimo de querer todo regalado. Esto se expresa en lo que sostiene el Ministro Varela pues es claro en evidenciar el giro hermenéutico neoliberal: “todos los días recibo reclamos de gente que quiere que le arreglemos las goteras del techo o una sala que tiene el piso malo. Entonces, yo me pregunto, ¿por qué no hacen un bingo? por qué yo, desde Santiago, tendría que ir a arreglar un techo de un gimnasio”. El responsable máximo en educación por parte del Gobierno de Sebastián Piñera generó revuelo pues hizo evidente una realidad silenciada, pues cada fin de semana en las poblaciones del país, calles y pasajes se cortan para realizar actividades para financiar enfermedades de alto costo, catástrofes, deudas de educación, costos funerarios, etc. tal solidaridad intenta resolver y remediar dolores pero no ataca el problema, no resuelve la enfermedad de la cual, incluso, concejales y alcaldes, políticos en campaña al Congreso y pequeños empresarios festinan colocando su imagen en el cartón y la tómbola, tal raíz es que las y los pobres están condenados a la muerte si se enfrentan a un cáncer pues el Estado hace vista gorda. Ante esto, ¿qué nos regala el Estado? bonos, para condenarnos a la precariedad, no así garantias sociales.

Lo complejo de mirarnos con los ojos del discurso de dominación, es que de cierta forma nubla la posibilidad de comunidad en base a una identidad, pues todo lo que se nos adjudica e identificamos es precisamente lo que no queremos ser: flojos y que nos regalen las cosas.