Opinión: Contra el fascismo ¿democracia o revolución?

Por Reinaldo Vives

Todas las miradas del mundo político se concentran en el avance del candidato de la derecha brasileña, impresionados por la violencia de su discurso de odio con el que, sin embargo, ha llegado al borde del triunfo. En casi todos los artículos se repite la calificación de fascista, junto a las de racista y sexista. Una parte de la izquierda que aún vive de nostalgias y consignas del pasado, reacciona automáticamente llamando a la unidad de los “demócratas” para enfrentar el “fascismo”, como si nada hubiera ocurrido entre la derrota de Hitler y el presente.

Levantar análisis y propuestas que no apuntan a las reales características del fenómeno, al insistir en la confusión del fascismo como una situación excepcional, que requiere prácticamente suspender la lucha de clases para aliarse “con todos los demócratas” para defender la normalidad democrática(burguesa), lo que se intenta es arrastrar otra vez al movimiento popular a políticas gradualistas y socialdemócratas. Por el contrario, de lo que se trata es de comprender los fenómenos reales que la elección en Brasil pone en evidencia, y elaborar una respuesta que refuerce la independencia política e ideológica del movimiento popular.

En Chile también se vive un momento de restauración conservadora, las movilizaciones en curso están siendo reprimidas con una brutalidad acrecentada. Pero aquí no hubo que esperar al ridículo Hitler de Paine para que los medios de prensa empresariales y la casta política avalaran la violencia represiva; tanto el presidente como miembros de la UDI se apresuraron a saludar al ex capitán de ejército que predica el asesinato de negros y lesbianas como solución a la crisis que vive Brasil.

Sin duda hay elementos propios de la coyuntura interna de Brasil: El desgaste de una propuesta política populista, que redistribuyó ingresos con un ánimo clientelista, sin promover la organización propia ni movilizar sectores populares; la aparición de señales de corrupción en esos gobiernos que alejó a esos sectores. Una estrategia de crecimiento basada en la explotación y exportación de recursos naturales y una alianza con sectores de la burguesía que duró hasta que la economía global entró en crisis, reduciendo los márgenes a redistribuir y amenazando las ganancias del sector.

En el campo de la política, la ofensiva de un bloque reaccionario de larga presencia en el país, conformado por los sectores más retardatarios de la gran propiedad agraria, una iglesia pentecostal reaccionaria y fundamentalista y grupos nostálgicos de la dictadura, sintonizado con sentimientos racistas, regionalistas y clasistas profundamente enquistados en la sociedad brasileña. Este grupo supo aprovechar la corrupción y elitización de las fuerzas socialdemócratas, para presentarse como antisistema y anticorrupción al rescate de valores “nacionales”.

Es comprensible que este sector parezca fascista, y lleve a llamarlo así a muchos observadores. Tiene muchos rasgos que nos hemos acostumbrado a asociar al fascismo de la época de entreguerras,  originado en Italia y Alemania: La identificación de la crisis política con la “decadencia” de valores morales; la culpabilización de un grupo social al que hay que eliminar para “sanear” la “nación”, llámense judíos, comunistas, negros, inmigrantes, etc.; la identificación de la “nación” con un conjunto de valores “ancestrales” considerados superiores, como la raza, “la sangre”, la religión, etc., el discurso simplista que exalta la violencia, la muerte y la obediencia al líder, etc.

Pero el fascismo no se limita a las milicias violentas, que son sólo una de sus máscaras. El fascismo es un proyecto político, militar, social y cultural característico de un periodo histórico y de una región en particular. Tuvo influencias en grupos fuera de Europa, pero no se podrían catalogar rigurosamente como fascistas a gobiernos populistas como el de Perón en Argentina o Ibáñez en Chile. El fascismo es la reacción de la pequeña burguesía que se siente amenazada en países derrotados en la Primera Guerra Mundial, que ven avanzar de un lado el comunismo reforzado por el triunfo de la Revolución Rusa, y por el otro se sienten expoliados por las pesadas compensaciones de guerra que les imponían los vencedores. De ahí la importancia de levantar la identidad “nacional” frente al imperialismo y el “cosmopolitismo”, y la propuesta de un “Estado corporativo”, que lograra superar la lucha de clases, incorporando a los gremios y otras organizaciones sociales en un cuerpo (“corpus”) colectivo.

Ese Estado se debería caracterizar por una fuerte y activa participación en la dirección política y económica de la sociedad, dentro de la lógica del capitalismo, es decir la propiedad privada de los medios de producción y la explotación de la fuerza de trabajo. Ese es el proyecto político que los grupos fascistas levantan, y que termina siendo adoptado por las clases dominantes en los países en que se impuso. Es el proyecto de un patrón de acumulación capitalista con asiento en la intervención del Estado, asumido por las clases dominantes de ciertos países, en confrontación con otros, por el control de territorios y mercados.

En ese sentido, el proyecto de Bolsonaro, no es un proyecto fascista (tampoco el de Kast, con el que se relaciona en Chile) es una corriente social y política que toma la estética y las consignas movilizadoras del fascismo, que siguen siendo efectivas porque juegan con los temores de las capas medias a ser anuladas ante el recrudecimiento de la lucha de clases. Esta propuesta encuentra terreno fértil en el contexto de Estados fallidos, que han pasado por diversos regímenes políticos y experiencias económicas, sin resolver, sino agravando, los problemas de la exclusión política y social de las grandes mayorías. A esto se agrega el temor por la disgregación identitaria que provoca la globalización cultural portada por las nuevas tecnologías y el comercio global.

Así, el proyecto de Bolsonaro se sitúa en la convergencia de los factores internos y las tensiones globales del capital, que no actúan como una imposición mecánica desde fuera, sino como la articulación entre ellos de acuerdo a la correlación de fuerzas actual del capitalismo brasileño. Esas tensiones no corresponden a la pugna entre formas diferentes de capitalismo, ya que en la coyuntura mundial no se observan formas disímiles de la fase neoliberal instalada, aún con todas sus crisis; más bien podríamos hablar de lucha por la hegemonía entre centros distintos, con estrategias diferentes, el intento proteccionista (en lo interno) del gobierno Trump, portador de una retórica fascista, y el globalismo impulsado por China y Europa, con sus distintos acentos.

En ese contexto, Brasil, por el peso geoestratégico que tiene, deviene un espacio en disputa; primero fue protagonista de la fundación del bloque BRICS (bajo hegemonía chino-rusa) y, desde ahí convertido en punta de lanza de la influencia globalista china (en forma de inversiones e influencia política por medio de la corrupción) en América Latina; hoy se encuentra, por la variación en la correlación de fuerzas internas, a punto de ser retomado bajo la influencia norteamericana, que intenta recuperar la hegemonía perdida sobre su “patio trasero”, base necesaria de su recuperación económica y seguridad geopolítica.

En la situación política y económica de Brasil,  como del Chile actual, no hay una burguesía nacionalista que quiera enfrentarse al “imperialismo”, sino un conjunto de sectores que se integran de diversas maneras a las corrientes de capital globales, buscando sólo la maximización de sus ganancias (el futuro ministro de Hacienda de Brasil es un “Chicago boy”). Tampoco hay una pequeña burguesía progresista que quiera luchar realmente por la democratización del capitalismo, ya que su existencia y sus formas de vida actuales dependen del movimiento de los grandes capitales; quienes no logran mantenerse en él, se precarizan junto con las masas obreras y populares. En Brasil, siendo la clase obrera numerosa y bien organizada, ha sido arrastrada en buena parte al voto por la derecha  violenta y conservadora, en los Estados más ricos del sur del país. Es una pregunta que hay que hacerse, acerca de la incapacidad de la clase obrera y sus partidos de levantar una estrategia propia e independiente para enfrentar el capitalismo. Cómo, al sumarse a una estrategia populista y de colaboración de clases permitió el avance de una corriente abiertamente conservadora y antipopular.

No es correcta la consigna de “unión de todos los demócratas contra el fascismo”, heredada del estalinismo, que han levantado algunos sectores. Como queda muy claro en la situación chilena, donde gobierna una derecha liberal aceptada como democrática incluso por las fuerzas progresistas, la violencia represiva y la decisión de eliminar físicamente a oponentes no ha esperado la aparición de grupos fascistas organizados. Es el propio Estado, en una situación que se podría llamar de “normalidad” democrática (burguesa) el que reprime y asesina (o se arriesga a dejar morir, como en el caso de los presos políticos mapuche que hicieron huelgas de hambre) cuando es necesario para garantizar la estabilidad de la dominación y la explotación. El que asesina es el Capitalismo, ya sea que emplee las instituciones armadas de su Estado, sicarios o bandas paramilitares. No hay razón para rebajar las propuestas revolucionarias en la confrontación de una situación que se intenta mostrar como “excepcional”, retrocediendo a la alianza con supuestos sectores “democráticos” para enfrentar la amenaza fascista.

La contradicción no es entre fascismo y democracia. Es entre el capitalismo y la clase trabajadora y demás sectores populares afectados por la explotación, la alienación, las múltiples formas de discriminación y opresión, y la depredación criminal del medio ambiente que el capitalismo va ejecutando a su paso. La lucha contra los discursos de odio y contra la violencia represiva, no sigue un camino aparte de la lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y demás sectores populares, por construir una sociedad basada en la justicia y la solidaridad. Las organizaciones y comunidades populares deben continuar con sus movilizaciones, deben mejorar su organización para fortalecer los avances y prepararse para ejercer la legítima defensa ante la represión de las instituciones armadas, los sicarios o las bandas paramilitares.

Sólo la movilización de los sectores populares crea las condiciones para la unidad de todos los anticapitalistas y el avance decidido hacia un movimiento popular con vocación revolucionaria. Es el momento de elaborar y discutir, entre todos, un proyecto estratégico para la revolución chilena, y un programa de transformaciones realmente revolucionarias para derrotar el capitalismo, se ponga la máscara que se ponga.