Opinión: Carta abierta a venezolan@s residentes en Chile:
“Que el interés en la crisis en Venezuela, no nuble la realidad de esta franja de tierra”.

Por Matías Rodríguez Galaz.

Venezolan@s:

Como una especie de casualidad, el día 23 de enero recién pasado salí raudo del trabajo al centro de Santiago, específicamente al Hospital del Trabajador ACHS. Mi hermano, mientras prestaba servicios de subcontratación, sufrió un accidente. En el trayecto, me enteré de lo que ocurre en Venezuela. Asunción de un presidente encargado y el reconocimiento de países afines a detener el proceso bolivariano. Los tentáculos de EE.UU nuevamente se hacen presentes en Latinoamérica. Algunos hablan de la crisis, desabastecimiento, el socialismo y la dictadura de Maduro. Mientras otros acusan el bloqueo económico, la injerencia yanqui y el interés en el petróleo.

 

Al llegar no recibimos un diagnóstico frente a la situación de mi hermano. Se escuchan las bocinas, cánticos y la pronta libertad del chavismo. Para nosotros, mi familia, el accidente de mi hermano nos comienza a posicionar en la incertidumbre, esto debido a que en el lugar que se accidentó prestaba servicios, no tenía contrato y ante tal contexto, creemos, deba afrontar los costos de forma individual. Esto significa que las grandes cifras económicas que conlleva enfrentarse a sufrir un accidente, o bien sufrir cualquier tipo de enfermedad es una catástrofe en este país. Si bien, en las cifras mi hermano es un emprendedor, quizás el sujeto de este siglo, aquel que ante los vaivenes del mundo del trabajo decide formar su pyme y emprender. Muchas veces sin tener seguridad social. Tal desprotección que enfrenta se ocasiona -más allá de las críticas a las AFP y el lucro en el sistema de salud- por la falta de capital para poder sobrellevar su empresa, las facturas que duran meses enteros en llegar y los pagos que lo mantienen bajo presión en torno a cómo resolver cuestiones como el pago del IVA cada año.

 

El resultado del accidente fue un tec cerrado, costillas quebradas, esguince en una mano y quedarse internado en la UCI, sin aun tener claro qué pasará con su estado legal y la incertidumbre que nos embarga ante la realidad que debe enfrentar y lo que se nos viene. Ante este panorama me encuentro con Plaza Italia en vivo y en directo, junto a ello con un paisaje muy distinto al de una concentración, carabineros no reprime sino que controla el tránsito para luego afirmar que el manifestante no es el de un perfil de riesgo, por esto el contingente es menor, muy distinto al trato que estamos acostumbrados con estudiantes, mapuche, feministas y trabajadores.

 

Ante esto, venezolanos y venezolanas enumeran las cualidades de estar en Chile, como el país ejemplo de la región y de las posibilidades. Mientras en el tránsito a mi hogar cuestionó el mundo del trabajo y que aunque existan energicas voluntades por salir adelante, muchos estamos condicionados a nuestro lugar de origen. Desde los medios de comunicación se intenta legitimar las demandas de las y los venezolanos residentes en Chile ante el escenario de crisis que enfrenta el país, mientras que cuando chilenas y chilenos se movilizan no se presta atención a los problemas de fondo sino a que si hubo o no corte de calles, enfrentamientos o performances feministas. Ante esto, no puedo no evidenciar un posicionamiento y al cual los medios de comunicación asisten para fijar el orden de las cosas, el sentido común, donde la ideología nos permea.

 

Ante aquel conmocionado día, no dude en comunicarme con un ex compañero de trabajo venezolano, ya estas alturas amigo pues compartimos gran parte del día en el trabajo: felicidades, frustraciones y su imitación a Chávez con la frase “vayanse al carajo yanquis de mierda”. Me comentó que no fue a la concentración, no le alcanzó el tiempo y entre el trayecto de su departamento al trabajo estaba agotado. Esto me hizo pensar en qué tipo de venezolano pone el foco la televisión, en aquel que viaja de Quilicura a San Bernardo en el troncal 307e y que en horario punta debe disputar con otras personas para subir al transporte público en condiciones de miseria que incluso a veces no alcanza a pagar con un sueldo de $400.000, que entre muchos deben hacer la plata del arriendo, compartiendo camas y negando la posibilidad de la intimidad. Que debe tener dos empleos, para poder mandar plata a su país y duda en lo que le contaron de Chile, mientras junta peso a peso para comprar una cajetilla de cigarrillos.

 

Espero que a través de la crisis las y los venezolanos no sean útiles para legitimar la precariedad que cubre nuestras vidas, sustentado en aquel sueño del emprendimiento a través del cual se nos responsabiliza de los males de esta sociedad, la falta de acceso y nuestra posición social en la incapacidad de revertir lo que nos aqueja, silenciado los problemas estructurales del Chile neoliberal. Porque si algunos pocos la hicieron muchos otros son condenados a la frustración, Chile no es ejemplo para nadie.