Notas para el debate político ideológico desde una perspectiva marxista

Por Nicolás Campos

El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil no solo revolvió y transformó el esquema político del país en el cual este resultó electo, sino que también lo hizo en Chile. Aquella transformación tuvo como principales agentes a la derecha chilena en lo que a la elaboración de un “nuevo estilo” se refiere. Pues bien, ya se lee en columnas, así como se escucha en la televisión, que la derecha se está “derechizando”. La “derechización de la derecha”, por más redundante que parezca, resulta ser aquella cuña con la que se bautizó el “nuevo estilo” de esta derecha “más dura”. Evidentemente tal categorización, no resulta gratuita, sino que son una serie de hechos y acontecimientos aquellos que parecieran sustentar tal tesis, donde el triunfo de Bolsonaro antes mencionado aparece como uno de los primeros o más importantes.

Una de las primeras escenas que recordaremos – y que nos permiten vislumbrar lo anterior – fue la visita que realizó su hijo Eduardo Bolsonaro a Chile, quien con una histórica votación a sus espaldas que lo reafirma, reunió a su lado a diferentes personajes de la derecha chilena. Desde José Antonio Kast, pasando por Camila Flores y Jacqueline Van Rysselberghe – la recién electa presidenta de la UDI – posaron con el diputado brasileño felices de tenerlo en Chile y asegurando que se tiene un enorme interés por mantener relaciones con Brasil. Por su parte, Eduardo Bolsonaro, también extendía sus agradecimientos a quienes lo recibieron y llenaba de elogios las transformaciones habidas en el Chile dictatorial, principalmente en lo que se refiere a al sistema de pensiones. El sistema de las AFP aparece como aquella panacea que hoy el gobierno derechista de Brasil pretende impulsar teniendo como ejemplo a Chile. La labia del “país ganador” con la que la dictadura hacia campaña en el plebiscito del “Sí y el No”, era la tónica de aquella reunión y de sus comentarios en la prensa. Tan solo semanas después de esta reunión, Camila Flores en un auditorio lleno de militantes de Renovación Nacional se declaró abiertamente Pinochetista recibiendo una ovación por parte de quienes ahí se encontraban. Tal hecho generó una catarsis colectiva en redes sociales, lo que terminó por tener a la diputada sentada frente a Daniel Matamala en CNN Chile respondiendo una serie de preguntas en torno a las violaciones a los derechos humanos y el entendimiento de Pinochet como un dictador. Hechos a los cuales evidentemente la diputada no se refirió tal como esperaba el periodista y la ciudadanía progre.

En paralelo, la comisión de DDHH del Congreso comenzaba a preparar un proyecto de ley que penalizará la exaltación de los regímenes totalitarios y al negacionismo, es decir, a aquellos y aquellas que negaran los crímenes realizados en la dictadura chilena se les sancionará de una forma u otra. El objetivo pareciera ser no dejar impune este tipo de discursos. En virtud de lo anterior, es que el lugar común desde el cual argumenta la “oposición sistémica” como el Frente Amplio, el Partido Comunista y algunos personeros de la Nueva Mayoría es poniendo como ejemplo a países europeos y “primer mundistas” en el trato que se tiene para los más importantes genocidios que ha conocido la historia. A través de tales argumentos se huele, a leguas, una fetichización de las democracias burguesas europeas y de lo civilizadas que estas resultan ser, dado que tratan “como debe ser” a nazis y a cualquiera que se atreva a negar tales crimines, como el holocausto, por ejemplo. “Cuanto nos falta aprender como chilenos”; “En Alemania eso es cárcel” son algunas cosas que se leen en redes sociales. Sin contar la serie de posteos que acusan a la diputada pinochetista de apellido Flores de no tener “humanidad”, o de ser una persona “mala” y que “no sabe historia”.

En definitiva, el grueso de la argumentación de quienes aparecen como contrarios a la derecha gobernante y de esta “derechización de la derecha” corresponden a: críticas morales éticas, a elementos que cuestionan la humanidad y a asuntos referidos a su educación. ¿Cuál es el problema de aquello?. Claramente no es un problema que, nos deba preocupar demasiado, el hecho de que el Frente Amplio o la intelectualidad de las redes sociales realice este tipo de interpelaciones, dado que son también herederos de aquel sentido común construido desde la “transición a la democracia” por parte de la fracción burguesa concertacionista que gobernó por años, en conjunto con la clase media ilustrada. Donde se revirtió y construyó la oposición  a la dictadura en un asunto, en una tensión de “dictadura versus democracia”. Así, es que lejos quedó el cuestionamiento al capital, a la propiedad privada, al capitalismo, a la democracia burguesa y al entonces modelo desarrollista de la época que resultaba característico de los movimientos populares de la clase trabajadora de segunda mitad del siglo XX, el cual, si bien encontraba diferencias en cuanto a tesis del qué hacer posicionaba al socialismo como un título y horizonte común. Siendo en definitiva el tipo de argumentos antes presentados herederos del proceso de despolitización tan característico realizado tanto por la dictadura y fomentado por la Concertación durante la llamada “transición a la democracia”.

En este sentido, lo grave de la situación reside en que aquella izquierda revolucionaria replique dichas argumentaciones exógenas en contra de la derecha. ¿Podríamos pensar que la defensa a Pinochet y al capitalismo se trata de un asunto de humanidad? Es decir, a través de este cuestionamiento, se desprende que Camila Flores no sería humana, o tan humana, como la izquierda lo es. Algo complejo de sostener, dado que hasta donde se tiene entendido, la burguesía es tan humana como todos y todas, por ejemplo. Y precisamente desde esa base es que el análisis materialista y marxista de la realidad propone la división de la sociedad en clases, dado que son estas las que nos diferencian; más no un asunto de humanidad. Si así fuera, únicamente bastaría que la burguesía fuera más amable, echando por tierra la existencia de la lucha de clases y para que hablar la posibilidad de una revolución. En tal sentido quizás el socialismo utópico sería más pertinente que Marx hoy. ¿Será así? Es imperante preguntarse lo anterior para continuar.

En esta misma dirección es que parece muy débil apostar a que la derecha es “inmoral” y “no posee ética”. Esto, ya que justamente su moral y ética les indica que realizar y se desprende de su posición social la cual corresponde a una expresión de su conciencia de clase. Así como también es posible referirse a aquellas posiciones que se marean en la palabra democracia todo el tiempo y se resguardan en la legalidad y en la constitución para todo lo que se expone. “Allende no violó la constitución” se escucha constantemente, lo cual si bien puede ser cierto en términos históricos también perspectiva una izquierda excesivamente legalista. ¿Qué sucederá cuando no se pueda avanzar más allá del marco legal burgués?. Resulta bastante paradójico que los revolucionarios y revolucionarias sean quienes defiendan o apelen, en tanto a lo que legitimidad se refiere, para sus argumentos a  un marco legal que esta lejos de ser construido por ellos y ellas. Es a partir de esto último que se recuerda el análisis de Marx para con la Revolución Francesa al momento de mencionar la suma de contradicciones que convivían en ese periodo: “constitucionales que conspiran abiertamente contra la Constitución, revolucionarios que se confiesan abiertamente constitucionales…”. Para el recuerdo queda, la enorme derrota que sufrió la clase trabajadora en tal coyuntura que terminó viendo como sus esfuerzos y sangre fueron la carne de cañón para el surgimiento de la sociedad burguesa contemporánea: “La fracción burguesa republicana, que había venido considerándose desde hacía mucho tiempo como la legitima heredera de la monarquía de Julio vio así superadas sus esperanzas más audaces, pero no llegó al poder como soñará bajo Luis Felipe, por una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino por una insurrección, sofocada a cañonazos, del proletariado contra el capital” aseguraba Marx.

A todas luces, el tipo de argumentaciones que se mencionaron son demasiado livianas y poco efectivas si lo que de verdad se quiere es “disputar el sentido común de las masas” como afirman muchos y muchas personas que se abanderan con la izquierda y cuyas intenciones sean precisamente una transformación revolucionaria de la sociedad en el sentido marxista de la misma.

Así, pues hay que mencionar un elemento primordial a tener en consideración: por más bien construido que este una argumentación o apelación en contra de estas posiciones, nada nos puede asegurar que cumpla el objetivo con el que se realizan, esto dado que la filosofía de los sujetos, es decir, sus modos de pensar, en este tipo de ámbitos funcionan más como fe, que como elementos racionales, el cual se basa y se sustenta en el grupo social al que pertenece – o cree pertenecer – como indica Antonio Gramsci. Ejemplo notable para lo anterior es el de los famosos “fachos pobres”. Siguiendo el esquema de Antonio Gramsci, ellos y ellas saben, muy en el fondo, que si bien, no podrían seguir una discusión con un nervio intelectual importante en torno, por ejemplo, a la dictadura de Pinochet, saben que en su clase, o  en su grupo “hay quien lo sabría hacer incluso mejor que ese adversario concreto, y recuerda, además, haber oído exponer de forma extensa y coherente, las razones de su fe, hasta el punto de haberle convencido”. Siguiendo la línea del autor, si las transformaciones de los modos de pensar fueran del todo racionales, siempre estaríamos cambiando de posiciones dado que muchas veces nos enfrentamos en una disputa o discusión con alguien más preparado en términos intelectuales y argumentativos.

Así, es que lo complejo no solo radica en que la izquierda con pretensiones revolucionarias replique argumentos construidos por una intelectualidad ajena a sus convicciones la que no entregue una claridad ideológica y una autonomía necesaria para erigir su obra. Sino que también dichas palabras y argumentos estarían muy lejos de poder ser herramientas para construir un modo de pensar pertinente para la transformación por lo dicho anteriormente desde el análisis y las posiciones “gramscianas” al respecto.

Ahora bien, respecto al quehacer en esta materia las tareas, quizás, más inmediatas también se desprenden de lo antes mencionado. Si bien se criticó a lo largo de las líneas anteriores el hecho de que se “copien y peguen” consciente – o inconscientemente – las declaraciones de posiciones republicanas y socialdemócratas por más sensatas que estas suenen, esto no significa que no se deba argumentar, contra argumentar y posicionar temas en la escena política nacional. Todo lo contrario, la agitación es siempre una tarea primaria para aquellos que pretendan transformar la sociedad de clases imperante. El asunto es: cuales elementos se posicionan y de qué forma se expresan.

Para esto, y nuevamente siguiendo a Gramsci, no se debe cansar nunca de argumentar, y para ser más fieles a la concepción del teórico y revolucionario italiano: no se debe nunca cansar de “repetir argumentos”. Esto ya que “la repetición es el medio didáctico más eficaz para intervenir sobre la mentalidad popular”. Por otra parte, es importante trabajar constantemente “en mejorar intelectualmente a los sectores populares” y a la clase trabajadora en el caso de nuestro país. Aquí se desprende un importante desafío para todos aquellos y aquellas educadoras que se sientan comprometidos con una transformación revolucionaria de la sociedad. Solo esta práctica permitiría vehiculizar la conciencia de la clase trabajadora con el objetivo de entregarle “personalidad al amorfo elemento de masa”, es decir que se “autoconstituyan en sujetos-actores” lo cual hoy es complejo de visualizar, dado lo que se mencionaba anteriormente: el pensamiento socialista, sus conceptos, ideas y visiones de mundo endémicas se presentan de forma distorsionada al momento de plantearse en el terreno de las ideas frente a un enemigo, incluso por las y los más convencidos. Por último, es necesario tener en cuenta que no es suficiente que existan voluntarismos para realizar lo anterior, así como tampoco “una práctica autoritaria en el imponer modos de pensar a diferentes sujetos”, en este caso, a las y los trabajadores de Chile. Esto ya que “la adhesión o no de la masa a una ideología depende del modo en que se produzca la crítica real de la racionalidad e historicidad de los modos de pensar”. Con esto, nos referimos a que aquello que debe guiar la intervención política en el campo ideológico debe ser en base a las “exigencias de un periodo histórico complejo”. Se debe saber, por tanto –  además de las acciones antes mencionadas – guiar las exigencias de la realidad actual en lo que a los intereses de la clase trabajadora se refiere, con una direccionalidad política pertinente para el tránsito de una sociedad capitalista a una de carácter socialista. Nada más pertinente para este periodo y en virtud de los tiempos que se viven y la nubosidad republicana y democrática existente, en conjunto con las posiciones fascistoides que han emergido en el último tiempo que una construcción política programática seria y definida, con propuestas y consignas certeras. Así, se podrá comenzar a, en primer lugar, avanzar en el desarrollo de una autonomía ideológica importante y necesaria para la emancipación de la clase trabajadora para así como desarrollar la importante tarea de aglutinar al conjunto de las clases subalternas del país en pos de la construcción de una sociedad socialista de y para las y los trabajadores de Chile.

 

Referencias:

  1. Gramsci, Antonio. ¿Qué es la cultura popular?
  2. Marx, Karl. El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.