Mujer y capitalismo, desigualdad por donde se mire

Por Eduardo Gómez 

Nuevamente, este 8 de marzo se celebrará el Día Internacional de la MujerNuevamente, escucharemos discursos oficiales cargados de buenos deseos e intenciones mientras que, para un gran porcentaje de las mujeres, en el mundo y en el país, la realidad se caracteriza por la ampliación de su sobreexplotación económica, doméstica, social y cultural.

¿Cómo es posible que se firmen tratados y convenciones; se decreten leyes y se diseñen medidas; se implementen políticas a favor de las mujeres; y la situación de estas, en particular de las más empobrecidas, siga empeorando? 

Una de las causas de esto es la política impulsada desde «el arriba», desde la expansión capitalista. Como ha sucedido en otros campos de las luchas sociales y políticas, la lucha por los derechos de las mujeres ha sido cooptada, durante las últimas décadas, por sectores «progresistas» y «liberales», que han promocionado los derechos generales de las mujeres y la instalación institucional para lograr avances vía leyes y políticas públicas. De esa manera, en Chile y otros países, se han logrado «mejoras» en diversos aspectos. Mayor inserción de las mujeres en el mercado de trabajo; ampliación de derechos sexuales y reproductivos; protección ante violencia en la vida doméstica; promoción a la participación en espacios de poder y decisión, entre otros. Pero, a la vez, esto ha contribuido al desarrollo del capitalismo en su fase neoliberal, incorporando a las mujeres a la explotación intensiva de toda la sociedad. Producto de la lógica capitalista de nuestro tiempo —en base a políticas impulsadas por organismos internacionales como el FMI, Banco Mundial, BID, y otros—, mujeres de clase alta y media han logrado posiciones de «poder», de «libertad» y de «igualdad», mientras que la gran masa de las mujeres de sectores populares se ha visto en la necesidad de trabajar más, de trabajar cuidando a otras personas y descuidando a sus familias, de realizar los trabajos más precarios y recibir menores sueldos, de seguir siendo las encargadas de los cuidados familiares además de trabajar en el mercado, de migrar, de continuar sufriendo la violencia patriarcal.  

Estas políticas «feministas liberales» han administrado algunos de los objetivos del movimiento moderno del feminismo para que calcen con las necesidades de la expansión capitalista, y han diluido la lucha radical que le dio origen y sentido. La figura y la política de Bachelet en nuestro país y en la ONU es un perfecto símbolo de esta alianza. 

Otra de las causas que dificultan la lucha antipatriarcal proviene de nuestro propio campo, del mundo popular, las organizaciones feministas radicales, las izquierdas anticapitalistas. Es necesario reconocer que, durante muchas décadas, las organizaciones populares y de la izquierda no asumieron la centralidad de esta lucha, y muchas feministas anticapitalistas debieron transitar por otros caminos para avanzar en sus objetivos, generando divisiones y confrontaciones dentro del mundo popular y de izquierda. Recién, en las últimas décadas, ha habido importantes aprendizajes en las organizaciones populares y las izquierdas anticapitalistas respecto de la centralidad de la lucha feminista y antipatriarcal. Se ha comprendido que no es algo secundario, externo y agregado a la lucha principal sino que es parte esencial para la construcción de una sociedad sin explotación.  

El avance del capitalismo, en este frente, requiere que demos pasos más grandes y audaces. Es necesario que plasmemos el feminismo y el antipatriarcalismo en las relaciones y el funcionamiento de las organizaciones. Es necesario que aportemos a generar objetivos y prácticas feministas anticapitalistas ligadas a la vida y necesidades de las masas populares. Es necesario que confrontemos con mayor radicalidad y claridad la mirada burguesa y liberal que hegemoniza el feminismo actual. Solo así retomaremos la iniciativa que alguna vez tuvo el campo revolucionario en la construcción de un feminismo radical, antipatriarcal y anticapitalista.