Mirar desde la izquierda las elecciones en Argentina

Por Eduardo Gómez

En Argentina, como en otros territorios, diferentes bloques políticos burgueses se confrontan para conducir el proceso de acumulación capitalista y mantener sus cuotas particulares de ganancia, convocando para ello a distintas fracciones obreras y populares. Es un signo particular del capitalismo argentino su crisis estructural para mantenerse y reproducirse, lo que desde hace décadas ha provocado crisis regulares y profundas que han significado un constante deterioro de las condiciones materiales de vida de grandes masas, mientras se mantienen las ganancias de una burguesía altamente parasitaria.  

Situaciones de enormes crisis económicas se han desatado recientemente en 1989 y 2001, y una nueva está en ciernes en este momento. Desde la izquierda, en este escenario y ante la convocatoria a elecciones, una fracción se ha plegado explícitamente a uno de los bandos para derrotar al otro, “el más malo”, mientras que otra –el FIT-U- se presenta de manera independiente a la batalla electoral.  

La reciente convocatoria a votaciones primarias muestra que la fuerza liderada por los Fernández logra alinear a gran parte de la clase obrera y popular y sumar casi el 50% de los votos instalándose como cierta ganadora. Derrotada queda la fuerza gobernante que ve agotada su posibilidad de seguir administrando el Estado. Las fuerzas autónomas de izquierda agrupan por su parte a un 4%.  

La derrota del bloque de la derecha tradicional argentina, explícitamente reaccionario y antiobrero, ciertamente da gusto, pero es muy grave que la izquierda revolucionaria confunda el triunfo de las alianzas políticas “nacionales-populares” con avances en la lucha obrera, y menos aún con la construcción de una perspectiva socialista. Ello porque, por el contrario, estas fuerzas políticas buscan capitalizar la resistencia y esperanzas populares en procesos de restauración de la gobernabilidad capitalista y el mantenimiento e incremento de la explotación. 

En Argentina la burguesía tiene una vasta experiencia en construir amplias alianzas de clases con gran presencia obrera en torno a programas de tipo “nacional y popular” de carácter claramente capitalista y antisocialista. El peronismo es una experiencia de este tipo. Durante décadas, en el marco de duras confrontaciones interburguesas por la dirección económica y la conducción del gobierno del país, esta herramienta política funcionó como última contención de la institucionalidad burguesa, desactivando las luchas obreras de su carácter clasista mediante la cooptación, la represión, la burocracia sindical y la promoción de una conciencia de conciliación clasista. También es cierto que sectores de la clase obrera se sirvieron de él para manifestarse en muchas oportunidades y avanzar en sus reclamos, pero fueron fatalmente desarmados por el propio aparato partidario, inhibiendo cualquier intento de radicalizar y politizar ese descontento.  

Durante décadas, la izquierda revolucionaria regional logró forjar una línea estratégica diferenciada de los nacionalismos populares liderados por la pequeña burguesía y la conciliación de clases propugnada por el estalinismo, y luchó por abrir un camino de construcción política propia de carácter socialista. El alineamiento de buena parte de la izquierda actual con alianzas de clase burguesas en nombre de la lucha contra enemigos mayores –llámense neoliberalismo, neofascismo, FMI, imperialismo- muestra un profundo desarme del sector, un vacío político estratégico que se llena con un llamado al voluntarismo de la lucha permanente contra el enemigo de turno que lo coloca como furgón de cola y fuerza de choque de iniciativas de restauración capitalista.  

Por otro lado, para la izquierda revolucionaria también es imperioso cuestionarse su capacidad y claridad para convocar a las masas obreras a una estrategia de lucha diferenciada de las conducciones burguesas en pugna. La izquierda argentina que se presentó a las elecciones de manera independiente entiende al menos que es necesario construir un instrumento político autónomo de la clase obrera. Sin embargo, no logra definir un enemigo claro –se demoniza al FMI y no así a la burguesía local- y no plantea una estrategia clara de poder a la clase más allá de conseguir asientos en el parlamento para “dar testimonio” y contar con un púlpito donde “reclamar” y proponer consignas y slogans genéricos –no pagar al FMI- mientras le otorgan más tiempo a la burguesía para que ordene su cancha. 

Ciertamente hay tareas pendientes para la izquierda revolucionaria regional, analizar y debatir la confrontación política argentina es una oportunidad para sacar aprendizajes en esa dirección.