Migraciones en Chile

Por Liliana Salazar

La migración es desde un tiempo a esta parte un tema en nuestro país, hoy podemos ver personas de distintos colores, distintos acentos y distintos idiomas. Sin embargo, las migraciones nos han acompañado durante la historia del mundo y por supuesto, la de nuestro país. En las distintas épocas, la gente abandona sus países de nacimiento en busca de otras fronteras. Los motivos para dejar el país de origen son de distinta índole: la pobreza, las guerras, las persecuciones políticas, entre muchas otras razones que amenazan sus vidas.

 

Como siempre, los migrantes que padecen de la segregación y el racismo, provienen de los sectores empobrecidos y marginados en sus propios países; no son los ricos y acomodados los que “migran”, ellas/os pasean por el mundo. Hay que agregar que la migración en la actualidad, en el contexto de la globalización, se da en medio de una mayor explotación y el sometimiento a todo tipo de violencias.

 

En nuestro país, con la supuesta búsqueda de “protección” de la población chilena y hasta de los propios migrantes, se diseñan políticas segregadoras y racistas, dónde a algunos/as se los/as invitan a venir (venezolanos/as) mientras a otros/as se les ponen mil obstáculos (haitianos/as). Las propuestas de “control” de la migración del gobierno de turno, terminará aumentando el tráfico, la trata y la entrada encubierta que tiene consecuencias trágicas y nefastas para los/as migrantes en general y para las mujeres en particular, porque son ellas las que migran en mayor cantidad.

Los/as migrantes que llegan son trabajadores/as que buscan el sustento diario para sus familias. No obstante, son las últimas y los últimos en todo ámbito de cosas. Sus lugares de vivienda son deplorables, habitan casas que no están preparadas para un número tan alto de personas. Sufren la especulación de inescrupulosos/as que les arriendan piezas hechizas que no cumplen con las condiciones mínimas para una vida digna. Soportan el hacinamiento y las drásticas consecuencias para la vida familiar. Este triste panorama lo encontramos a lo largo del país, sin embargo, pasamos sin verlos/as.

 

En cuanto al trabajo la situación no es mejor, solemos ver a los/as migrantes en todos aquellos oficios precarios, rudos y mal pagados. Los más satisfechos con esta situación, son los empresarios que de esta forma rebajan el costo de la mano de obra. Frente a ello, solemos escuchar: “nos vienen a quitar el trabajo” y se olvida que el único que sale ganando es el empresariado.  

 

A esta situación hay que agregarle el racismo y la segregación de nuestro propio pueblo. Los noticieros y la propaganda oficial contribuyen también a fomentar el racismo, mostrando catástrofes y calamidades relacionadas con los migrantes. Sin embargo, dentro de este marco de violencia y expulsión, el migrante es cada vez más necesario para el desarrollo de la economía globalizada que lo demanda como mano de obra barata.

 

Nuestro país atrae a trabajadores de todo el continente, vendiendo una imagen de país exitoso y más cercano que otras latitudes, así llegan con la esperanza de insertarse y cuando lo logran es en precarias condiciones. Frente a ello, la sociedad chilena reacciona de forma negativa, las instituciones los ignoran y tramitan, cometiendo errores garrafales – como el terrible caso de Joane Florvil – al no disponer de intérpretes y personal adecuado. La televisión y los diarios los estigmatizan, difundiendo estereotipos basados en mitos y verdades construidas de forma antojadiza, fomentando de esta manera los miedos y prejuicios. Así los/as migrantes quedan expuestos/as a la discriminación, al racismo y a la xenofobia.

Frente a esta situación, el gobierno toma medidas discriminadoras y se proclama todos los aprendizajes que se pueden obtener de otras culturas, así, ver la forma de que a nuestro país le resulte “ventajoso” el flujo migratorio. Sin embargo, esta no debiese ser la razón para aceptar migrantes, quizás debiésemos cuestionarnos el por qué tanto miedo con el otro(a), por qué el afán de resguardar el mal entendido “nuestro” y sentir a personas iguales a nosotros/as, con las mismas necesidades y penurias, como un competidor/a por el derecho al trabajo, la educación, la vivienda y la salud.

 

Debería ser de forma muy distinta y comprender que somos todos/as hermanos/as con las mismas las necesidades, las mismas penurias y los mismos derechos. Dejar el individualismo, la propiedad y el nacionalismo, para abrirnos a entender que nos unen muchas más cosas con los y las migrantes, que nos enfrentamos a un enemigo mayor que nada tiene de extranjero; que nos explotan por igual, nos marginan por igual para poder llenar sus bolsillos. Los y las migrantes son nuestros hermanos de clase y con ellos debiésemos unirnos para luchar contra el enemigo común.