“Mensajero de la vida”

La madrugada del miércoles 1 de abril de 1987 un numeroso grupo de allegados de la comuna de Recoleta ocuparon el sitio Eriazo donde hoy se encuentra ubicado el Parque Santa Mónica. Horas más tarde un gran contingente de Fuerzas Especiales de Carabineros de Chile procedían a desalojarlos produciéndose el enfrentamiento entre las tropas represivas y los ocupantes del predio fiscal que ya contaban con la solidaridad de varios centenares de pobladores que, codo a codo, protegían el lugar. Después de un par de horas de fracasar en sus intenciones las fuerzas represivas se vieron obligadas a retirarse. No duró mucho la victoria popular, momentos más tarde fueron efectivos del ejército de Chile los que llegaban, acompañados por los derrotados pacos; el violento desalojo en desigual lucha arrojó como resultado un poblador asesinado, numerosos heridos y detenidos, y fue rematada cuando un helicóptero de los valientes vencedores se posó en medio del terreno en disputa.

La llegada del Papa Juan Pablo, ese mismo día y casi a la misma hora, había señalado el momento propicio para proceder a la toma del terreno que pasaría a llamarse Campamento Juan Pablo Segundo. En un contexto de extraordinarias dificultades para aquellos osados pobladores que pensaron que solo la presencia del sumo pontífice en el país era garantía para evitar la brutalidad de la represión dictatorial.

En los días posteriores, la estadía papal estuvo siempre acompañada de las manifestaciones de un pueblo creyente que exigía el fin de la dictadura, el cese de la violenta represión, del asesinato, de la desaparición de compatriotas luchadores y por una democracia verdadera.

Ese mismo pueblo fue testigo del encuentro entre el dictador y el representante de la alta curia de la Iglesia Católica en el mismo sitio donde y, después de un bombardeo de las Fuerzas Armadas de Chile, fue asesinado Allende. Por un balcón de La Moneda aparecieron ambos en claro signo de acuerdos tras la reunión sostenida minutos antes.

La última jornada de la visita del polaco anticomunista Karol Wojtyla se desarrolló la tarde del viernes en el Parque O’Higgins, terminada en medio de graves incidentes frente a la vista del mismísimo seudo representante de dios. Aquella noche, dos jóvenes (Jorge e Iván) fueron secuestrados desde sus casas por la policía del régimen. Acusados por el subsecretario del Interior, el fascista Francisco Javier Cuadra, fueron sometidos a intensas torturas y vejámenes; Al día siguiente sus fotografías aparecían en la portada de El Mercurio como los instigadores de “los graves hechos ocurridos”, a la misma hora en que ya eran dejados en libertad al demostrarse su inocencia.

Al abandonar país el “mensajero de la vida” (ese fue el lema principal de la visita a Chile), dejaba una estela de muerte represión, odio, violencia y la misión cumplida para el imperio, al haber dejado claro al dictador que debía allanarse a un diálogo con las fuerzas burguesas de oposición para producir una salida pactada ante el peligro de un levantamiento general del pueblo chileno.

Por Ernesto Castro