Más allá de Lula y de Brasil

Por Reinaldo Vives

Pocas coyunturas políticas han sido tan bien cubiertas como la condena del ex presidente Lula en Brasil; los grandes medios tanto como por las redes sociales nos han entregado toda la información, y debates que nos han permitido conocer propuestas y opiniones de mucha gente.

Como toda coyuntura, ha puesto a los representantes de organizaciones  y partidos, en nuestro país, ante la exigencia de fijar posición ante los hechos. Eso nos ha permitido ver, desde un nuevo ángulo, sus ideas sobre el país, sobre el capitalismo regional, la democracia y la represión.   

Más que volver a informar de los hechos, ya bastante difundidos, lo esencial para la izquierda es comprender el proceso vivido por el pueblo y la sociedad brasileña. Como en otras coyunturas críticas, la personalidad propia de los protagonistas tiene sobre todo el valor de representar las fuerzas sociales y políticas en juego.

Así, Lula representa un modelo político que se propagó en América Latina a comienzos del presente siglo; una forma particular de inserción de países de la región en el capitalismo neoliberal y globalizador que se imponía desde las grandes potencias. Resultado del agotamiento de las dictaduras que habían reinado por treinta años y del ascenso de las luchas populares, se caracterizan por una alianza policlasista que integraba partidos populares, y un modelo económico extractivista con participación activa del Estado.

La fuerte demanda de productos primarios, impulsada por los planes de  desarrollo en China, permitió que se pudieran redistribuir ingresos a sectores populares y bajar la tensión social, al tiempo que garantizar crecimiento económico a sectores rentistas y extractivistas, como la minería, la producción de soya, maderas, pescados, etc.

Este súper ciclo económico da señales de agotamiento hacia 2007 y 2008, por una crisis económica originada en bancos de Estados Unidos y Europa. Sin tardar mucho, la baja en las ganancias del derechista empresariado latinoamericano lo lleva a comenzar a manifestar descontento y nuevas exigencias a los gobiernos “progresistas” de la región. Estos, con una política asistencialista hacia los sectores populares, no sólo no habían construido una fuerza política propia, sino que habían incluso desarmado la que les había permitido llegar al gobierno.

Los años que siguen son de crisis políticas: Presiones sobre Dilma Rousseff (2011-2016) en Brasil, que culminan con su destitución. Golpe a Fernando Lugo en Paraguay en 2012, acusaciones contra Cristina Fernández en Argentina (2008-2015), la profunda crisis en Ecuador que permitió el triunfo de Rafael Correa, la crisis en Honduras que culmina con la expulsión de Manuel Zelaya, presidente desde 2005. No es ajena a esta racha la elección en Estados Unidos de Barak Obama, quien se propone recuperar el terreno perdido por su país en términos económicos y de influencia política y diplomática en la región, ante la expansión china.

La ofensiva derechista apoyada por el imperialismo norteamericano ha dado sus resultados. Hoy la mayoría de los gobiernos del subcontinente están en manos de representantes de la derecha y el empresariado, con Temer en Brasil, Macri en Argentina, Piñera en Chile. Los gobiernos como Bolivia y Venezuela, se encuentran sometidos a constantes amenazas y acoso, tanto de la oposición interna como del Estado norteamericano.

En ese contexto, la gran posibilidad de un triunfo de Lula en las elecciones de noviembre de este año amenaza una estrategia de las derechas regionales y el imperialismo, de retomar del control total de sus economías y cierre del período de participación del Estado y redistribución de ingresos a sectores populares.

Para esas derechas, la gobernabilidad se asegura mediante la fuerza bruta, ya sea por medio de militares o grupos de tipo fascista, ya sea por una mezcla de policía militarizada y manejo de los grandes medios de prensa, que ya ha mostrado sus capacidades en los diversos “golpes institucionales” que hemos visto en los últimos años.

¿Y la corrupción? En un contexto en que el único capitalismo existente es el tipo neoliberal, que funciona debilitando y corrompiendo los Estados, los sectores burgueses se quedan sin proyectos políticos que confrontar. Las acusaciones mutuas, a través de sus medios de prensa, son la forma que toma la habitual lucha por el control de los mercados y las instituciones.