Los derechos humanos están en las calles, no en los museos

Por Reinaldo Vives

En Chile los poderosos han tratado siempre de negar y distorsionar el significado del concepto “derechos humanos”. Unos lo convirtieron en pieza de museo, huellas de dolor de una época pasada. El gobierno actual se propone crear otro museo para justificar los crímenes, mientras pone en libertad a torturadores y asesinos condenados por ellos. Ante las mentiras y las distorsiones, es necesario volver a explicar: 

Los derechos humanos son atributos de toda persona, por el sólo hecho de existir. Fueron establecidos para evitar atropellos cometidos por los gobiernos. Por eso, sólo los agentes del Estados pueden violarlos, y su persecución y castigo no tiene fecha de prescripción. Los derechos a la vida, a la educación, a la vivienda, al trabajo, a la participación política, son parte de los 30 derechos proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos,  que el Estado chileno se comprometió a respetar. 

En Chile, familiares y víctimas de violaciones de sus derechos más elementales en la época de la dictadura cívico-militar, han llevado una larga y heroica lucha por el reconocimiento de estos hechos por el Estado, y por la aplicación de la justicia y reparación que los tratados internacionales establecen. Los avances han sido pocos y costosos, por el aislamiento en que se han dado sus movilizaciones. 

Por años, esos crímenes fueron borrados de la memoria social por la prensa y los representantes políticos de los capitalistas chilenos, tanto de la Concertación-Nueva Mayoría, como de la derecha más conservadora. Los familiares eran mostrados como un pequeño grupo guiado por el odio y la venganza. No se lograba unir esa demanda a las de otros sectores sociales, desmovilizados por las ilusiones que sembraban los administradores “progresistas” del modelo dictatorial. 

Esto fue posible porque el reconocimiento y la plena vigencia de iguales derechos para todos los seres humanos no dependen de textos aprobados por representantes diplomáticos o grupos humanitarios. Son acuerdos que reflejan una determinada correlación de fuerzas políticas, en un país y un momento determinados.  En Chile, la lucha popular por un orden social y político de solidaridad, justicia y libertad, no sólo fue reprimida por los uniformados, sino que también traicionada por quienes se proclamaron representantes del pueblo para negociar con ellos. 

Se acordó la forma de mantener y mejorar el nuevo orden capitalista impuesto a sangre y fuego por el pinochetismo. También se acordó borrar y reconstruir  la historia de las luchas populares, para eliminar de ellas las ideas revolucionarias que las habían guiado, las experiencias de Poder Popular iniciadas por los trabajadores y el pueblo, el proyecto socialista.  

En su lugar se instaló una memoria del “consenso”, que culpa por igual a víctimas y victimarios, a los luchadores del pueblo y a sus asesinos uniformados, a los trabajadores, que producen las  riquezas y a los capitalistas ladrones que se las apropian. Sobre todo, justifica y naturaliza un orden de “lo posible”, que oculta los derechos y beneficios a los que tienen derecho los trabajadores y pueblos en los países con los que les gusta compararse a la burguesía mapochina. 

Pero la situación ha comenzado a cambiar. La violación de derechos humanos no es sólo una lucha por víctimas del pasado, ya que esos mismos crímenes se siguen cometiendo en el presente. Una brutal represión ha enfrentado a los diversos sectores populares que  han salido a las calles a exigir educación, salud, vivienda, vejez digna, el fin de toda discriminación y abuso. Hay muertos, torturados y desaparecidos en “democracia”. 

Tanto las actuales demandas populares como las que levantan por años  víctimas y familiares, son reconocidas como derechos de todos los seres humanos en acuerdos internacionales. La defensa colectiva, la unificación de todas esas luchas contra el capital y su Estado, es una necesidad común y una condición para el avance de cada una de ellas. 

La lucha por la plena vigencia de todos los derechos humano no es cosa de museos, es la lucha de todo un pueblo por una  sociedad nueva y mejor. Quienes producen las riquezas con su trabajo deben poder decidir en común la mejor manera de usarla y distribuirla, sin empresarios ladrones, sin políticos corruptos, sin cuerpos armados de represores, sin impunidad para los asesinos. 

Todos luchando  por todos, sólo el pueblo defiende al pueblo