Listas de espera: una deuda con el pueblo chileno

Por Catalina Fuentes

Hace muy pocos días se publicó una noticia de la cual no teníamos consciencia: han muerto durante el año 2016, 25 mil personas en lista de espera. Para ser más específica, 22.459 que esperaban una primera consulta con un especialista y 2.358 a la espera de una cirugía.

Estas cifras son por lo menos indignantes y alarmantes, sin embargo, no son azarosas, responden efectivamente a una enfermedad de larga data que aqueja a nuestro sistema de salud y que se caracteriza por tres síntomas:

  1. Desregulación del mercado y falta de especialistas en Salud Pública.
  2. Escasa asignación de recursos y errónea distribución de estos.
  3. Bioética cuestionable: pacientes como recursos y no como un fin.

Decir que en Chile faltan especialistas no es nada nuevo, según el Registro Nacional de Prestadores Individuales de la Superintendencia de Salud (SIS), en Chile existen 35.497 médicos inscritos, 19.034 de ellos con una especialidad. Esto significa que hay 936 personas por cada médico especialista. Frente a esta situación el MINSAL decidió abrir 4.000 cupos de formación para nuevos especialistas, y entre el 2014 y 2015 aumentaron en 75% el número de especialistas en el sector público. Sin embargo, luego de cumplido el periodo de devolución del gasto por estudios los médicos migran hacia el sector privado, o peor aún, el sector privado ofrece sueldos 6 o 7 veces mayores y los recién egresados especialistas pueden saldar sus deudas y multas por no cumplir con la devolución en el sector público. Entonces decir que en Chile faltan especialistas no es tan preocupante como darnos cuenta de que esta cifra no se explica por falta de formación, si no que por una fuga importante hacia el sector privado.

Es en este mismo sentido en el que podemos afirmar que hay una desregulación importante en cuanto al sector privado en denostación del público. El estado hoy día no es capaz de evitar la fuga de especialistas, de generar políticas acordes a las necesidades de la población ni menos de cuestionar al sector privado, el cual existe y se mantiene a costa de las vidas de quienes no pueden pagar y mueren esperando la atención de especialistas que sobran en las clínicas. Es esta falta de regulación la que permite que una persona con recursos pueda acudir a un neurólogo ante un dolor de cabeza menor, o a un broncopulmonar frente a un resfrío común.

Así es como pasamos al tema de los recursos. Actualmente en Chile se destina únicamente un 7,3% del PIB a la salud, dirigiendo parte importante de nuestra economía a asuntos con los que el común de los chilenos no nos beneficiamos (las FFAA, por ejemplo). Esto explica la falta de pabellones quirúrgicos, la escasez de incentivos económicos a los profesionales de la salud, la falta de insumos, problemas de infraestructura, condiciones deficientes para la atención, etc.

Sin embargo, lo más preocupante de todo esto es que únicamente un 12% de ese 7,3% está destinado a la atención primaria en salud. Esto cobra una vital importancia porque es en atención primaria en donde buscamos educar, prevenir y auto gestionar la salud de las comunidades. Es en atención primaria en donde deberíamos realizar los diagnósticos a tiempo, es aquí donde se deberían atajar y resolver la mayor cantidad de problemas, pero hay pacientes que se nos escapan y llegan al sistema de salud cuando ya es demasiado tarde. ¿La razón? no hay recursos suficientes para la prevención, ya que hay un 88% del dinero rondando en el sector secundario y terciario, en donde – contrario a lo esperado – muchas veces tenemos escasa capacidad resolutiva y solo alimentamos las listas de espera.

Para finalizar me gustaría referirme al tercer síntoma y a mi parecer, el más preocupante de todos. La bioética, esa que nos enseñan y evalúan en nuestras universidades, a la que todo profesional de la salud debiese responder, es justamente a la que está faltando el estado chileno en estos momentos. Nos encontramos de cara a un estado que permite violaciones a la dignidad de las personas de muchas maneras, y sumado a eso, hoy nos venimos a enterar de que además está permitiendo que el pueblo muera por destinar recursos a asuntos más “relevantes”, por resolver problemas más “prioritarios”, por no ser capaz de atender problemas de salud que muchas veces son de fácil resolución, pero para los cuales no existe – en el sector público – ni el personal capacitado ni las condiciones materiales óptimas.

Nos encontramos ante un estado y un sistema de salud que ve al paciente como un recurso parte del engranaje, pero no como un fin por el cual tenemos que trabajar día a día. Nos encontramos ante un sistema que nos informa como si nada que han muerto 25 mil personas esperando y confiando en el sistema de salud, pero que no nos da garantías de que no vuelva a suceder, ni menos de que esa vida de espera haya sido digna. Tristemente, la experiencia nos hace suponer todo lo contrario.

Es urgente que todos y todas nos hagamos cargo de esta problemática, que luchemos no solo atacando los síntomas si no que erradicando esta enfermedad desde su raíz. Es urgente dignificar la vida de nuestro pueblo, exigir que la salud se vuelque hacia nuestras necesidades y no las del mercado. Solo así la muerte no nos alcanzará si podemos evitarlo, solo así el capitalismo y nuestra salud mercantilista dejará de matarnos.