Las distintas formas del racismo en Chile

Por María Emilia Tijoux, socióloga de la Universidad de Chile.

A partir del Informe anual del Instituto Nacional de Derechos Humanos 2017 (INDH) en el cual participamos, que buscó la percepción del racismo a nivel nacional podemos señalar que entre las más importantes manifestaciones están el racismo laboral, el racismo de estado, el racismo institucional, y el racismo policial.

La condición laboral caracteriza la inmigración en Chile y podríamos decir, a la inmigración en general. Un inmigrante es un trabajador cuya presencia provoca o molesta la nación donde llega y presenta variadas formas: rechazo a contratar; explotación en razón del color de piel, del origen o el género; contratación en empleos precarios; reproches repetidos; exigencia de perfección; aceptación pública acompañada de rechazo simbólico, no pago de labores realizadas bajo amenaza de deportación. Esta manifestación racista  naturaliza actividades y nichos laborales que parecen estar “destinados” a los inmigrantes debido a la condición “inferior” que tienen en una estructura social que ideológicamente se refuerza con discursos, institucionalmente con mecanismos judiciales y estructuralmente mediante el mercado del trabajo. Así, se construye la idea de la existencia de trabajos “para inmigrantes” y los chilenos tienden a trabajar menos en ciertos nichos y cuando pueden, buscan otros trabajos. También ocurre que los empleadores los busquen para pagar menos y despedir a los chilenos, cuestión que explica la falsa idea que los inmigrantes “quitan el trabajo”.

El “racismo de estado” es una manifestación que corresponde a un conjunto de capitales culturales incorporados en nacionalismos o ideologías; objetivados en leyes, decretos, monumentos e institucionalizados en la burocracia gubernamental o las instituciones estatales. Son capitales producidos por el Estado que emergen de ideas hegemónicas de grupos dominantes, materializadas en discursos que determinan a los actores de una nación sobre la posición que tienen en la jerarquía racial en el contexto chileno. Por la consideración estatal existente sobre la jerarquía racial, algunos cuentan con privilegios en las relaciones sociales y tienen una condición de ciudadanía, puesto que existe el Estado de derecho. Por el contrario, otros viven opresiones raciales que deshumanizan al agente, lo excluyen del Estado de Derecho y les niegan su calidad de sujeto de derechos, provocándole violencia y desposesión de forma cotidiana.

El “racismo institucional” se manifiesta en las prácticas de instituciones gubernamentales y sociales del Estado. En primer lugar, la normativa migratoria actual en Chile fue creada dentro del régimen militar de Pinochet (1975) y está basada en criterios de seguridad nacional que establecen trabas para el ingreso de extranjeros dentro del territorio. La ley contempla procedimientos que dificultan a los inmigrantes la obtención de residencia temporal, que tiene como efecto que no puedan ejercer plenamente sus derechos ni puedan acceder a muchos servicios sociales, lo que a la larga, promueve la migración irregular, y con ella la exclusión y vulnerabilidad de inmigrantes no cualificados.

El “racismo policial” es una práctica de racismo institucional que se justifica por el carácter del trabajo informal y se legitima por el poder que ejerce la policía para deportar, detener, destrozar bienes, arrestar con fuerza innecesaria, acusar injustamente, amenazar de manera racista, golpear y castigar a personas inmigrantes. Podemos señalar que a la violencia de clase ejercida en razón de su condición económica, se agregan prejuicios raciales y de género que refuerzan los actos violentos. La opresión racial y la opresión económica se manifiestan conjuntamente siendo la opresión racial la que sirve para justificar y legitimar la opresión económica.

La muestra más clara del racismo institucional en Chile es la falta de Ley, un “acto” racista y de abandono del estado si seguimos a Foucault que ha estado acompañado de diversos discursos que buscan “regular” la inmigración desde los sótanos de las instituciones. Pero la sociedad chilena lentamente reacciona ante la violencia de otros tantos “actos” racistas que han dejado ya varios muertos en el camino. Esta reacción puede verse en la solidaridad de las Juntas de Vecinos, las Iglesias, los Clubes deportivos, en asociaciones de estudiantes, profesionales, trabajadores y sindicatos. La lista hoy es más larga que hace algunos años. Solo que la solidaridad no se da del mismo modo con todos los inmigrantes, ella surge también diferenciada y afectada más por unos que por otros.

Lo que hemos señalado implica volver a la pregunta por el “nosotros”, por quienes somos y porque somos como somos, es decir por nuestra historia. Vale revisar nuestros procesos migratorios y preguntar a los inmigrantes chilenos como han vivido sus exilios y tal vez detenernos a conversar sobre actos racistas que brotan espontáneamente. Y reconocer que hoy somos un país de inmigración, que como todo país moderno y democrático integrará nuevas historias, culturas, conocimiento y formas de vida, con quienes son nuestros(as) iguales.