La crisis invisible de Haití

Por Lídice Valenzuela*

Desde hace meses en Haití —por citar un tiempo, pues en ese pequeño país del Caribe hay una crisis socioeconómica y política permanente— una población pobre e indignada pide cambios gubernamentales, incluida la salida del presidente Jovenel Moise, pero hasta ahora los organismos internacionales ignoran, salvo para intervenir en el país, el dolor y la rebeldía permanentes.

Los medios hegemónicos no se interesan tampoco por reflejar la tragedia haitiana, pues quienes los pagan, léase los capitales, prefieren ignorar los sucesos populares que han dejado un saldo de más de diez fallecidos.

Haití podría parecer un caos, pero no lo es. Lo que su gente pide es un gobierno transparente, sin corrupción y vivir como seres humanos, con empleos y viviendas dignas. Algo así como un sueño, pero no irrealizable.

La insurrección protagonizada por una masa —en la cual puede haber matones o provocadores— comenzó a moverse en su última etapa hace más de un mes, cuando se hizo público el presunto robo del dinero de Petrobrás —convenio suscrito con Venezuela, que de manera solidaria acordó precios preferenciales en tiempos de altos costos, dedicado a resolver problemas sociales.

“¿Kot kòb petwo karibe a?” (¿Dónde está el dinero de Petrocaribe?) es el grito que recorre las localidades y que pide también la renuncia inmediata del presidente.

Se estima que Moise está involucrado en el robo de más de 2,2 mil millones de dólares de Petrocaribe, una cifra que hubiese resuelto o al menos aliviado la depauperación de la economía nacional y la miseria de la mayoría de los haitianos.

Es vergonzoso el silencio que rodea lo que ocurre en Haití, una nación que comparte la isla La Española con República Dominicana. A los haitianos les tocó la parte más inhóspita y el suelo pobre de la ínsula, agravado por la carencia de una política de reforestación y agricultura.

Lo que está sucediendo en Haití es resultado de la estructura de la sociedad implantada por los esclavistas, naciones imperialistas y dictaduras. Las riquezas del país están en manos de apenas siete familias. La pésima distribución de la riqueza, que no es de ahora sino desde hace siglos, ha llevado a la pobreza y miseria al 80 % de los 10 981 229 de sus habitantes, un 95 % de ellos negros.

Los negros constituyen los estratos sociales más pobres. Descendientes de los antiguos esclavos llevados allí desde Guinea por Francia, están aún excluidos de la vida política y económica, en general. Los mulatos se autodefinen como la élite de la sociedad y constituyen la llamada aristocracia, que imita a sus antiguos amos europeos.

Un ejemplo del bajo nivel de vida de la población haitiana lo brindó el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas para medir el progreso de un país. Los haitianos aparecen entre los que peor calidad de vida tienen en el mundo.

La nación clasifica también —según la firma Doing Business— en el lugar 182 de los indicados, según la facilidad para hacer negocios.

En cuando al Índice de Percepción de la Corrupción del sector público, en Haití es de 20 puntos. Ello significa que está entre los países con mayor corrupción de los 180 analizados.

La actual protesta masiva comenzó hace varios meses cuando el pueblo conoció del esquema de corrupción de la parte haitiana en Petrocaribe.

Aunque hay un equipo de auditores para revelar hasta dónde y en qué cuantía es el robo del dinero petrolero —que con tanto amor y solidaridad entregó a ese pueblo el fallecido presidente Hugo Chávez—, la crisis haitiana es mucho más profunda, ya que su economía está quebrada, el salario mínimo de los pocos con empleo es de cinco dólares y el desempleo alcanza al 70 % de los activos.

A ello se une la carencia de viviendas que se viene arrastrando desde el terremoto de 2010 que dejó más de 200 000 fallecidos y una cifra aún mayor de heridos, con su zaga de discapacitados. La mayoría de quienes perdieron sus hogares viven en carpas o casuchas improvisadas con plásticos, cocinando en las calles, bañándose en ríos, en los cuales también realizan sus necesidades físicas y de donde procede el agua que ingieren.

El cuadro no podría ser más desolador. El dinero que las naciones entregaron a las autoridades haitianas como ayuda humanitaria —muy inferior a lo que prometieron— nunca se usó en tratar de levantar un nuevo Haití. La miseria que siempre rondó al país se incrementó.

Este es uno de las naciones que más intervenciones ha sufrido por Estados Unidos, que mantiene allí soldados de manera permanente.

Aunque nada hace para aliviar el dolor de los haitianos, Naciones Unidas, tan preocupada por la situación de los derechos humanos en Venezuela, envió allí tropas (Cascos Azules) llamadas Minustah (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití), y ahora el Minjusth (Misión ONU para el Apoyo a la Justicia) (que debe irse en octubre próximo) deja tras sí la implantación de cárceles, violadores de niñas y niños, introducción de la epidemia de cólera, entre otros males.

La organización internacional, sin embargo, no saldrá definitivamente. En lugar de sus rechazados soldados dejará instalada una misión política especial que, según sus voceros, apoyará la búsqueda de estabilidad interna durante doce meses.

Tampoco la Organización de Estados Americanos (OEA), títere de Estados Unidos, insistente en sus planes por derrotar al gobierno del venezolano Nicolás Maduro, se digna mirar hacia Haití, la primera colonia en liberarse del yugo europeo en 1804.

En ese escenario, los haitianos también tienen que tratar de sobrevivir a los grupos parapoliciales que, manejados por los grupos de poder, asesinan a los manifestantes en medio de los tumultos formados en los barrios, donde se queman neumáticos e instituciones estatales y privadas.

Esas bandas, permitidas por las autoridades, generan masacres en distintas regiones del país. Más de 2000 campesinos en la zona de Arbonite debieron desplazarse para huir de sus crímenes y abusos.

Moise, miembro de la élite insular, llegó al gobierno casi a dedo, luego de Michel Martelly, quien el día que acabó su mandato hizo sus maletas sin que hubiese un sustituto para la presidencia, una actitud insólita en la política mundial. Pero Moise, por el contrario, afirmó que no se irá del gobierno ya que aunque administró una de las empresas de Petrocaribe nunca robó un centavo. Una posición casi ingenua pues más allá de esa situación específica hay un rechazo generalizado por su mal gobierno.

Es muy posible que esté consciente de que si cambia una piedra detrás llegará la invasión de Estados Unidos, una más en la historia de ese país, o lo sacarán por la fuerza como hicieron con el sacerdote-presidente Jean-Bertrand Aristide.

La batalla en Haití es de vida o muerte. Piedras contra balas. Desobediencia pacífica que debe tener un viraje para lograr sus objetivos.

Para el dirigente popular Camille Chalmers, “la situación es de absoluta ingobernabilidad”, pero Moise no tiene interés en enterarse. De ahí que la oposición haga oídos sordos hasta ahora a sus llamados a un diálogo nacional. ¿Para qué?, ¿qué cambiará el presidente? son preguntas que se hacen los partidos contrarios al ex-empresario, quien cometió fraude en las presidenciales, de acuerdo con Chalmers.

*Publicado originalmente en Cubahora.cu