Inmigrantes en Chile: trabajar y sobrevivir al racismo

Por María Emilia Tijoux

Como bien sabemos, desde la década de los noventa personas de países vecinos llegan a Chile atraídos por la seguridad económica y política que nuestro país exhibe internacionalmente. Aunque no se trata de una situación nueva, quienes protagonizan la migración de hoy no son bienvenidos, debido a su condición económica, su origen, su cuerpo (color y rasgos) y género. Han llegado de Perú, Bolivia, Ecuador, República Dominicana, Colombia, Haití y Venezuela y son percibidos por la sociedad negativamente, como “inmigrantes”, una denominación que los separa de los “extranjeros”. “Inmigrante” es una palabra que resulta de una construcción discursiva proveniente de estructuraciones histórico-políticas que cruzan y condensan juegos de poder y de verdad que parecen comprometer la existencia, la identidad y la subjetividad de los nacionales.

Es preciso reflexionar sobre el trato que se les da en Chile en base a los derechos humanos que toda persona precisa cuando distintas crisis le empujan a partir para  buscar nuevas posibilidades de vivir, tal como ha sucedido en Chile en distintos momentos de su historia. Porque el inmigrante es esencialmente un trabajador que no está de paso y que ha llegado para quedarse, representando a una fuerza de trabajo provisoria, temporal y en tránsito, abriendo a mercados de explotación que llegan hasta la trata de personas y el tráfico ilegal que los afecta.

En este contexto, una característica de las políticas migratorias actuales es su carácter restrictivo pues se considera a la inmigración en términos de seguridad, como un “problema” y una “amenaza”. Los estados las implementan para regularla hostilizando al inmigrante, señalado como responsable de problemas sociales ya existentes, tales como la cesantía, la pobreza, la exclusión o la delincuencia. Por eso se traduce como un “problema”, pero que claramente emana de intereses ideológicos y políticos que terminan por construir una opinión y un sentido común negativo que deriva en mitos como quitar el trabajo, colapsar los servicios o invadir el territorio.

 

Imaginado y señalado como amenazante, parasitario o ingobernable el inmigrante presenta al mundo una existencia que parece condenada a la exclusión, debido a la ausencia de un territorio que le entregaba una historia y un amarre y que ahora lo desarraiga para llenarlo de inseguridad e incertidumbre, en un país ajeno que lo objeta, empujándolo a buscar la invisibilidad que le evite el maltrato. Una vez llegado a Chile, su cuerpo surge como la frontera que indica la diferencia entre lo nacional/no nacional, es decir entre “lo bueno y lo malo” que lo muestra como objeto contaminante, una construcción negativa que termina ejerciendo diversas violencias expresadas en prácticas racistas físicas, verbales y simbólicas. Así, los inmigrantes terminan siendo objeto de un proceso de racialización fraguado en la vieja idea de “raza”, que en Chile se construye en dos momentos histórico-políticos: la constitución de los Estados-naciones y la expansión colonial europea. Sin status científico y basada en lo biológico, la “raza” permite destacar los extremos que la hacen posible. Por un lado la alta posición de poderosos en la escala social y por el otro, la baja posición de personas calificadas por sus diferencias con el modelo presentado. El cuerpo blanco de ojos claros y pelo rubio es el ideal que comprueba a comienzos de este año el estudio de la U. de Talca, cuando el 57,9% de los chilenos declara que “el pelo rubio es más distinguido que el pelo negro”.

 

El racismo es una ideología potente. Remite a rasgos de superioridad o a jerarquías culturales y raciales que se incorporan al sentido común. Y es difícil luchar contra él, pues ha estado muy arraigado en la historia nacional y nuestras propias historias personales. No es un fenómeno individual, ni propio de los sujetos racistas o de sus víctimas, ni un hecho aislado o coyuntural o un acto repentino. Es una formación histórica-estructural arraigada en el habitus individual y nacional. Su dimensión teórica se inscribe en prácticas sociales que lo convierten en un hecho social “total”, articulado con estigmas de la  “alteridad” que estas mismas prácticas construyen desde el color, los rasgos, la forma del cuerpo, el origen, los apellidos, las prácticas culturales y los modos de ser, que terminan organizando y produciendo sentimientos y emociones sobre los “inmigrantes” ya alterizados y diferenciados negativamente. Esta es una  producción muy útil para el racista y para quienes precisan afincarse en seudociencias que justifican decisiones políticas, leyes, políticas públicas y decretos “sobre la inmigración”, al mismo tiempo que producen violencia colectiva. Estamos frente a una combinación de prácticas cotidianas e institucionalizadas que se reflejan en políticas migratorias o de asimilación como en discursos, prácticas y representaciones sociales que terminan racializando a las personas inmigrantes.

 

La racialización se funda en la naturaleza, depende de la herencia biológica y se inscribe en relaciones de dominación/subordinación que constriñen la vida cotidiana. En este contexto la sexualización se ata a la racialización, es decir que  a la condición de inmigrante, la falta de capitales sociales y económicos, al cuerpo (color y rasgos) y origen de las mujeres, se agrega un “modo de ser” que los chilenos no aceptan. Así, son objeto de vejámenes y acosos en la calle, en el trabajo y las escuelas y al mismo tiempo objetos de deseo buscados como compañía, en los cafés con piernas que Chile exhibe, los nigths club o las despedidas de solteros. A estas situaciones se agregan al tuteo, el despojo de su nombre, el señalamiento por nacionalidad, la indicación con el dedo, la pregunta por el precio, etc. Hoy día son innumerables los insultos y humillaciones que se producen contra hombres mujeres y niños llegados de nuestro continente y frente a ello es preciso que nuestra sociedad reaccione. Ha habido muertes y abandonos y cotidianamente la incomprensión parece expandirse. Es necesario detenerse y buscar comprender pero también es indispensable denunciar La riqueza proveniente de otros países es un gran oportunidad para crecer y aprender, para intercambiar y debatir.