Un genocidio llamando de nuevo a las puertas de la historia colombiana

Por Miguel Samacá

Una vez caído el telón de la guerra que, como táctica política, abrió los ojos de las y los colombianos al complejo escenario montado por la oligarquía enquistada en el poder desde hace 200 años, el monstruo de la guerrilla, que por años fue dibujado por la oligarquía desde la ciudad, hoy se deshace como tigres de papel bajo la lluvia, dejando ver a la gente del común que día a día construye la nueva Colombia. Mientras tanto, las máscaras de aquellos que a punta de motosierra, hambre y bala se hicieron con el aparato del Estado, se van desmoronando dando paso a la verdad incómoda de que hoy, como hace un cuarto de siglo, nos siguen robando las vidas de mujeres y hombres de nuestro pueblo. 

Hoy, un cuarto de siglo después, la historia nos da una nueva oportunidad de hacer las cosas bien. Si bien los derechos humanos han sido una bandera de los movimientos progresistas para luchar contra los gobiernos retardatarios disfrazados de democracias, hoy nos enfrentamos con una quimera. En la región Nuestro Americana, nos enfrentamos ante dos casos, realidades, muy particulares. Uno, el golpe de baja intensidad montado contra el bravo pueblo de la República Bolivariana de Venezuela, en la que el imperialismo y la derecha rancia intentan usar las banderas de los derechos humanos para desarticular y arrebatar las conquistas del pueblo; y dos, la sangrienta historia que se intenta ocultar donde cientos de líderes y líderesas sociales, defensores de derechos humanos, campesinas y campesinos son asesinados en la falsa democracia más estable de Nuestra América: Colombia. 

A principios de los años 90, toda una coalición de fuerzas democráticas, progresistas y fuerzas de izquierda revolucionaria, agrupadas en la Unión Patriótica (UP), decían «No nos maten, por favor, no nos maten». Pero, los siguieron matando. No a uno, ni a diez, ni a cien ni a mil. Sino a 4.000. Todo un partido político desaparecido de la faz de la tierra en una de las páginas más vergonzosas de nuestra historia. Los mataron bajo el sol ardiente de Barrancabermeja, como a Leonardo Posada; o en una tibia carretera de Cundinamarca, como a Jaime Pardo Leal; o en el atestado aeropuerto El Dorado, como a José Antequera; o en un Puente Aéreo, rodeado de una decena de escoltas, como a Bernardo Jaramillo. 

Y los siguen matando 

Hoy, transcurrido poco más de un año de firmados los acuerdos del teatro Colón, se evidencia la sistematicidad con la que las y los defensores de derechos humanos, ambientalistas y líderes sociales siguen siendo asesinados por hacer uso del legítimo derecho del pueblo a defender la vida, el territorio y la naturaleza. 

En los últimos 2 años, en el país han sido asesinados 316 líderes. 117 en el 2016; 170 en el 2017; y en lo que va de este año, ya hay 29 líderes asesinados a manos de grupos Paramilitares que buscan hacerse con los territorios que abandonó la guerrilla de las FARC-EP tras la firma de la paz con el gobierno en noviembre de 2016. El gobierno pretende continuar negando lo sistemático de los asesinatos con la tesis de que los homicidios son producto de problemas personales y no como consecuencia del incumplimiento de su parte del proceso de paz. 

Hoy, la historia nos da, una vez más, la oportunidad de hacer las cosas bien. En Chile a 45 años del golpe militar se siente aún fresca la herida. Sabemos lo difícil y doloroso que es. También lo importante que ha sido la batalla por los derechos humanos para dignificar el largo camino de lucha y recuperar la memoria de un pueblo, así como, con el estandarte de lucha de los derechos humanos ir ampliando y conquistando los derechos del pueblo. Por eso, el llamado como hijas e hijos del mismo pueblo Nuestro Americano es, levantar nuestra voz y llevar a cabo acciones de solidaridad hacia el pueblo colombiano, para que la paz no nos cueste la vida.