Frente Amplio y su irrupción en la escena política de Chile: ¿Una alternativa emancipadora para nosotr@s?

Por Matías Rodríguez Galaz, Poblador población La Pincoya

Para un gran sector de la población, sino toda, el “momento cero” que plantea Alberto Mayol es compartido. Pues atribuye en aquel 19 de noviembre la irrupción del Frente Amplio en la escena política del país, debido al 20,27% que lo enmarca como la tercera fuerza, generando un quiebre en términos institucionales con lo que era el denominado duopolio -Concertación y Alianza-.

La emergencia de la tercera fuerza política significó para cientistas políticos el fin de “la cocina”, se acabaría con la vieja costumbre de resolver los conflictos dentro cuatro paredes generando una invitación a la ciudadanía a “cambiar Chile”. Es innegable que el FA logró posicionarse, en términos electorales, pues de 3 pasaron a 21 diputados y sumaron 1 senador. Gran parte de ellos de Revolución Democrática, ahora bien no es mi interés profundizar en aquello.

La mayoría de los movimientos y partidos que articulan el conglomerado provienen del movimiento estudiantil, sin embargo las demandas que aglutina van más allá: Trabajamos para recuperar nuestras vidas, nuestra educación, salud, vejez, vivienda y los recursos naturales de quienes hoy lucran con nuestros derechos”. Subrayan en su página web.

Ahora bien, el FA ¿Representa una alternativa emancipadora para nosotr@s?, en primera instancia es necesario precisar nosotr@s, me refiero a las instancias organizativas generadas y propiciadas desde las y los pobladores: Talleres de niñez y juventudes, centros culturales, escuelas de educación popular, comités de vivienda, entre otros espacios que se levantan en distintas poblaciones de Chile. En las cuales la lectura de la kamanchaka en nuestra América está presente. En tales espacios donde poblador y pobladora establecen vínculos desde la necesidad, encuentran un panorama de falta de lecturas claras junto a un tejido social que paso a paso se comienza a rearticular aunque muchas veces la apatía nos nubla el andar.

Tales experiencias organizativas nos han hecho comprender que la duda es un requisito para abordar la institucionalidady, en tiempos donde éste se legitima por medio de mecanismos que esta misma ha creado para promover una participación más formal que real, la situación por lo menos nos invita a un ejercicio de leer y re-leer la historia para sacar lecciones sobre qué ha sucedido cuando la clase dominante ha requerido incorporar ciertos sectores políticos emergentes y críticos para perpetuar la dominación, dándole  a estos un cauce dentro de sus parámetros a los que terminan muchas veces cooptando en la defensa de sus intereses.

En estos meses, la presencia del FA en el Congreso se ha centrado en pugnas y disputas internas más que intentar generar inserción en “la ciudadanía”, pues, tal como lo planteó Jorge Sharp, el interés está puesto en lo electoral y la representación en espacios de poder (crítica del Alcalde de Valparaíso). Lo que refleja que la disputa para ell@s está centrada en la institucionalidad y marca una diferencia sustancial con la apuesta que generan sectores del campo popular, las y los pobladores, de sumar y multiplicarse, quizás no negando la participación electoral sino que comprendiendo que la necesidad yace en establecer cambios profundos en las y los sujetos, en su subjetividad y cómo plantarse ante el poder más que la disputa del mismo.

El FA no es una alternativa emancipadora para nosotr@s, pues pobladores y pobladoras requerimos comprender nuestro rol como sujetos políticos en la escena nacional. Nosotr@s que corrimos los cercos de la ciudad pasada la mitad del siglo XX y que, desde la vuelta a la democracia, se nos ha intentado borrar del panorama, invisibilizándonos como agentes de transformación. En este sentido, más que necesitar interlocutores “válidos” que cuenten con la legitimidad del poder, debemos asignar a las organizaciones sociales donde nos desenvolvemos la capacidad política de convocar y articular para mostrar el potencial que estas organizaciones tienen, más que dotarlas de buenas intenciones, pues ya no basta con aquello.

La tarea es cuidar nuestros espacios organizativos, no dar la tarea de politizar al FA y primar que la conducción se fije desde la discusión, solidaridad y respeto más que recetas de expertos -burócratas-, que nos subordinan a sus gallitos y disputas internas.