El feminismo como una herramienta: ¿Cómo acabar con la complicidad del Patriarcado y el Capitalismo?

Por Isis Collao, Profesora de Historia y Geografía

Las mujeres feministas somos hijas, hermanas y compañeras de miles de mujeres que a lo largo de la historia de agruparon en un movimiento que reivindicó aquellos derechos que ningún otro movimiento político quiso y logró abarcar. El feminismo no corresponde a un asunto nuevo, tampoco es algo que se nos ocurrió ahora porque –como muchos creen- está de moda. El feminismo tiene una trascendencia histórica y es producto de las profundas desigualdades que hemos vivido las mujeres en la sociedad, una sociedad en la que se expresa la estrecha relación entre los sistemas económicos imperantes y el patriarcado.

Algunos antecedentes históricos

La historia de la mujer antecede cualquier análisis, pues durante siglos han cumplido un rol fundamental en la constitución y el funcionamiento de las comunidades, espacios y territorios, cumpliendo roles centrales en la agricultura, la producción, las cosmovisiones y la organización política. Hacia el siglo XIX, las mujeres de la clase alta comenzaron a dar discusiones y debates intelectuales sobre el quehacer de la mujer en la sociedad, constatando las grandes desigualdades que vivían al interior de esta, en comparación a los privilegios de otros, que tenían acceso a la propiedad y la administración del poder sólo por su condición de hombres, mientras sus madres, hermanas, esposas e hijas, sólo tenían espacio en el mundo privado de la aristocracia.

Al calor de la discusión y el contexto que se vivía, las ideas de emancipación lograron hacerle sentido a las mujeres pobres, aquellas dedicadas a las labores domésticas de sus hogares y otros, a las que tímidamente se acercaban al trabajo en la industria y en la fábrica, quienes comenzaron a reunirse en discusiones en torno a su rol y su posición en ese espacio, así también a mirar su rol como madres, esposas y compañeras.

El siglo XX fue un año crucial para el movimiento feminista, en el cual se consolida el acceso de las mujeres al mundo laboral y educativo, protagonizando grandes huelgas obreras y llegando por primera vez a universidades y carreras, lo que les posibilitó el acceso al mundo de las ideas y las reflexiones, orientadas principalmente a la participación política, el voto y el acceso a cargos institucionales.

Hacia la década de los 80, se incorporan nuevas categorías de análisis que comenzaron a vincular la lucha de las mujeres con otras discusiones, en donde se comienza a consolidar un movimiento feminista que cuestiona las imposiciones de género en su amplitud, abriendo espacios para una unidad efectiva con los movimientos de disidencia sexual y los movimientos anticoloniales, planteándose desde las minorías que el sistema económico, político y social oprime.

Reconociendo las contradicciones, los avances y las tareas que aún se presentan para las mujeres, debemos levantar aquel feminismo que reivindica aquella historia que incómoda porque cuestiona la estructura, donde las mujeres tomaron protagonismo en las múltiples huelgas y manifestaciones obreras del siglo XIX, exigiendo el acceso igualitario al mundo laboral y reconocimiento en la participación política en la organización popular, cuestionando el modelo económico imperante.  Desde aquellos sucesos, se ha gestado un movimiento que ha reivindicado el rol de la mujer en la producción, en la vida pública y en el espacio privado, develando las contradicciones que existen al interior de estos espacios y constatando la manera en que los pocos privilegios que poseen los sectores populares también son distribuidos en cuanto a condición de género, de las cuales, los y las revolucionarias debemos hacernos cargo para los desafíos de hoy.

El feminismo como una respuesta

Actualmente existen al menos dos hitos en que se conmemora a la mujer en su particularidad y ambas fechas guardan elementos comunes: están relacionadas a diferentes formas de lucha que las mujeres ocuparon para enfrentarse al poder y a las injusticias. Por una parte, la lucha de trabajadoras de una fábrica textil en Nueva York en 1908, quienes protestaban por mejores condiciones laborales y que, durante una huelga, 146 mujeres murieron producto de un incendio, lo que originó la celebración del día internacional de la mujer trabajadora el 8 de marzo. Por otro lado, cada 25 de noviembre se conmemora el día internacional contra la violencia hacia las mujeres, recordando el asesinato de las Hermanas Mirabal en República dominicana el año 1960, quienes eran fundadoras y militantes del Movimiento 14 de Junio y activistas en la oposición a la dictadura de Rafael Trujillo.

Ambas experiencias nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre el rol de las mujeres en la lucha política de diferentes pueblos, su participación activa en la defensa de los derechos sociales y la lucha contra las injusticias. Muchas de ellas, considerando a todas las que aún no tienen lugar en los libros y en la historia, siquiera pensaron en declararse feministas, pero son el ejemplo vivo de aquellas mujeres que hoy, en nuestros propios contextos, seguimos levantando las consignas, las banderas y las demandas propias de las mujeres. Pero el feminismo no se detiene sólo aquí, pues también ha sido capaz de ampliar su lente para incluir aquellas otras identidades que también han sido desplazadas por el análisis centralmente económico: la disidencia sexual y los movimientos anti-coloniales.

En Chile el panorama no es diferente. Y es que en la última década se han agudizado los conflictos sociales relacionados al trabajo, la educación, el medioambiente y los pueblos originarios, pero la cuestión feminista no ha quedado atrás. Ha existido una escalada de violencia sistemática hacia las mujeres y una condena explícita hacia lo femenino, incluso a todo aquello que no huele a masculino. Expresiones de esto son el aumento en el número de femicidios y asesinatos hacia personas por su orientación sexual o identidad de género, el aumento en las denuncias por violencia en las relaciones amorosas, aumento en las denuncias por acoso sexual en instituciones educativas públicas y privadas, la problemática sobre el acoso callejero, el destape de casos sobre abuso sexual y violaciones al interior de iglesias, escuelas y familias, que también ha abierto la discusión sobre el derecho de las mujeres al aborto libre y seguro, entre otras, que son reflejo de la agudización de las problemáticas que viven día a día las mujeres y la disidencia sexual.

Todas estas problemáticas no pueden desligarse de un contexto en donde las desigualdades sociales y la violencia de género van condicionando distintos ámbitos de nuestra vida, poniendo sobre los hombro de lo femenino una enorme carga de factores que contribuyen en su dominación: las tareas domésticas, la condena al ámbito privado, la desigualdad en el acceso y asenso al trabajo, la violencia física, psicológica, sexual, económica, entre muchas otras que son producto de una estructura que promueve las incuestionables diferencias de género entre las personas, lo que las condiciona a cumplir uno u otro rol en la sociedad.

¿Sólo el Patriarcado es el culpable?

El Patriarcado como estructura de dominación y opresión, no sólo ideológica y psicológica, sino también social y económica, tiene mucho que ver en todo esto. El alcance temporal y territorial de esta antigua estructura es casi ilimitado. Ha sido capaz de permear todos los espacios de la vida en sociedad, ha sido capaz de sobrevivir y avanzar a través de siglos y periodos históricos, se ha adaptado a distintas culturas y sistemas sociales, manteniéndose y perpetuándose en el tiempo, a la vez que se convirtió en el sistema de relaciones hegemónico a nivel mundial, sin importar sectores económicos, políticos o religiosos que administren.

Una de las principales victorias del Patriarcado ha sido la distribución de roles y la asociación de elementos a partir de las diferencias sexuales y de género. Mientras a lo masculino se le vincula a la cultura, el saber, lo civilizado, a la fuerza, al coraje, al espacio público donde todo ocurre, a la política, al rol de jefe o proveedor y productor, a lo femenino se le asocia a la naturaleza, a lo salvaje por domesticar, a lo sentimental, a la histeria y lo frágil, al espacio privado donde nada es relevante, al rol de madre y esposa, a la reproductora y benefactora. De estos roles es que se construyen estereotipos de género que nos condicionan desde que tenemos memoria y que ejercen un tipo de violencia hacia las personas, pues nos obligan a cumplirlos y nos castigan socialmente de no hacerlo, encontrando dentro de sus formas de expresión más comunes y cotidianas: el machismo, la misoginia y la homolesbotransfobia.

¿Existe una opresión y dominación transversal hacia las personas? Claramente el Patriarcado no distingue sexos ni géneros cuando naturaliza los roles, pero las consecuencias y las manifestaciones de ese tipo de violencia no se expresan de la misma forma por mujeres, hombres u otras identidades. Si bien, no se desconoce que las relaciones de dominación del patriarcado para con los hombres no están exentas de roles, estereotipos y frustraciones por no cumplir con las expectativas, no se puede caer en la relativización de la violencia explícita que vive lo no-masculino (mujeres, homosexuales, lesbianas, trans, etc) y que hoy le pone un carácter de urgente a la lucha feminista. No es al azar que la mayor manifestación de violencia de género sea hacia las mujeres y que aquella violencia sea mucho más concreta, lo que es propio de un contexto que obliga a construir a hombres violentos y a mujeres violentadas. Por lo que el feminismo no niega que existan otras formas de violencia hacia las personas o hacia los hombres, sino que intenta poner en una dimensión equilibrada aquella violencia específica que sufren las mujeres y la disidencia sexual por conveniencia del Patriarcado. 

Por un lado, se puede identificar que la lucha feminista está engendrada desde las contradicciones propias del patriarcado y sus expresiones en la sociedad, y el capitalismo engendra la inevitable lucha entre dos clases antagónicas. Podemos evidenciar en la historia y en nuestro contexto actual, que ambas luchas han estado caminando por veredas separadas, principalmente porque se ha tomado la decisión de jerarquizar las luchas, en donde la que ha tomado centralidad a sido la de clases, quedando relegada a otros lugares de la sexo/género. La justificación de esto han sido principalmente dos ideas: la primera, es que es más importante la lucha de clases pues la realización del proyecto revolucionario resolverá aquellas contradicciones que engendró el Capitalismo y todo su despliegue ideológico. Por otro lado, porque la lucha feminista divide a la clase, ya que enfrenta a los sujetos que la componen y genera una lucha interna entre hombres y mujeres.

Las feministas que pertenecemos a la clase popular sabemos que –como diría Cecilia Toledo- el género nos une, pero la clase nos divide. Lo que tiene dividida y dispersa a la clase no es la lucha feminista, es que el proceso de toma de conciencia se ha vuelto mucho más complejo en medio del individualismo, el consumo y la privatización de nuestros derechos. Lo que viene a hacer el feminismo y la lucha anti-patriarcal en su amplitud, es demostrarle a quienes hoy consideramos las personas estratégicas para hacer una revolución, que también es necesario derribar lo que el patriarcado naturalizó en el plano de nuestra identidad y nuestras relaciones, no sólo hacernos de los medios de producción y del Estado. Para ello, necesitaremos librar una importante lucha personal y colectiva. Para ello, la izquierda –con más urgencia aún la izquierda revolucionaria- deberá asumir que la sociedad puede ser mejor comprendida si reconocemos que está organizada sobre bases capitalistas y patriarcales, y que la acumulación de capital por parte de los poderosos se ha logrado acomodar a la estructura patriarcal y ha logrado perpetuarla con el paso del tiempo. Es decir, el Capitalismo se aprovecha de nuestra condición de mujeres pobres, oprimidas por el sistema económico y por el sistema de relaciones sociales, incluso dentro de nuestra misma clase social, aprovecha estos vicios para perpetuar distintos tipos de violencia sobre nosotras.

Las formas que tiene el Capitalismo de trabajar junto al Patriarcado son bastantes concretas y hoy se hacen carne en la vida de miles de mujeres. El trabajo doméstico no remunerado ha sido una de las principales formas que tiene el sistema económico de aprovecharse de nuestra fuerza de trabajo, aquella que despliega el funcionamiento de una casa para que quienes la componen estén preparados para una siguiente jornada de producción laboral, educativa, cultura, entre otras. En el ámbito laboral, la desigualdad en el acceso y asenso, la feminización de aquellas labores de segunda y tercera categoría, principalmente aquellas labores que se desprenden de trabajo doméstico. El desigual acceso al sistema de salud y aquellas restricciones por ser mujeres en edad fértil. El control de nuestros cuerpos mediante la precaria educación sexual, el negocio de medicamentos para el control de la natalidad y la anticoncepción, la ilegalidad del aborto libre y seguro, la hipersexualización de nuestros cuerpos mediante los estereotipos de género, los medios de comunicación y la publicidad. La forma que tienen de perpetuar los roles desde la educación pre-escolar y la enseñanza familiar. El fomento a las relaciones amorosas patriarcales, llenas de vicios, celopatías, control, violencia psicológica y física, entre otras manifestaciones del patriarcado en la vida de las mujeres. Quizá muchos de estos problemas usualmente sean problemas de cualquier pobre, pero se vuelve mucho más profundo cuando aquella violencia y discriminación ocurre sólo por una diferencia sexual o de género, sobre todo cuando la voz de las mujeres jamás ha sido considerada de la misma forma que otras voces.

El proyecto de izquierda y patriarcado

La izquierda no está lejos de reproducir aquellas prácticas propias del patriarcado, sobre todo aquella izquierda agrupada y organizada. La violencia al interior de la militancia o los espacios políticos, al interior de relaciones de pareja o amistad, las redes de poder que se crean a partir de una masculinización de la política, del que grita o golpea más fuerte la mesa, de aquellas prácticas que no miden el camino que se recorre para conseguir un objetivo.

Sabemos que si aquello ocurre incluso dentro de proyectos liberadores, es porque todas y todos hemos crecido en el mismo sistema, lleno de estos vicios. Pero aquello es sólo el diagnóstico obvio. Lo que se debe proponer son soluciones, para que en la construcción de un proyecto político de izquierda revolucionaria no exista el patriarcado debe estar compuesto por personas dispuestas a renunciar a aquellas prácticas. Claramente no es un proceso automático ni a corto plazo, pero es urgente que las discusiones y reflexiones sobre la temática se definan como tareas prioritarias, aunque aquello nos obligue a disponer de más esfuerzos humanos. No sólo se necesita una mejor comprensión intelectual y teórica del feminismo y las relaciones de clase, sino también un cambio en las lógicas de trabajo político de nuestro sector. Que en la definición de objetivos y estrategias, esté incorporado este análisis, al igual que muchos otros que aún están en deuda para comprender nuestro contexto. Que se acabe la subordinación de la temática feminista por ser una “cuestión de las mujeres” y se considere como tarea importante en el quehacer político de todas nuestras organizaciones.

Recetas exactas no existen, pero si una acumulación de experiencia de trabajo de compañeras y compañeros que a pulso han logrado instalar la discusión antipatriarcal en sus espacios, con el objetivo claro de que el machismo, la misoginia y la discriminación no tengan espacio en nuestros proyectos. Hace años que existe una necesidad de reforzar nuestro análisis y nuestra práctica como izquierda. El tiempo de las ambivalencias se acabó, pues necesitamos definirnos, no porque esté en boga o porque nos van a cuestionar, sino porque no existe liberación de los pobres si al interior de la clase está la mitad oprimida, si al interior de la clase de reproduce el sexismo, el acoso, el abuso, la violencia patriarcal. El feminismo no es un peligro para la causa de los pobres, no es una amenaza al proyecto, no es una declaración de guerra a los hombres de la clase. Es feminismo es un llamado de atención, el feminismo es una propuesta para transformarnos como personas, el feminismo es una herramienta, el feminismo es otra forma de expresar nuestra solidaridad de clase.

Si renunciamos al feminismo, si sólo nos planteamos a destruir las relaciones capitalistas de opresión, estaremos condenados a que nuestro proyecto fracase. Pasándonos por alto las relaciones y el entramado que ha generado el patriarcado sobre nosotras y nosotros, nuestro análisis está fuera de foco. Incluso si se unifica la lucha de mujeres y hombres contra el capital, pero ellos siguen conservando sus privilegios e intereses de género, no hay cambio revolucionario que nos ofrezca todo aquello que el mundo nuevo requiere. Si el proyecto es capaz de definir una estrategia para destruir el patriarcado, se mostrará como algo útil para las mujeres y seguramente las feministas estaremos en estas filas. Pero no hay que perderse en que las filas deben demostrar aquellos cambios desde ahora, porque el feminismo requiere una transformación de la vida en nuestras diferentes relaciones sociales, no sólo aquellas que se desarrollan en la militancia, en el sindicato, en la asamblea o en la reunión.

Si comprendemos las actuales injusticias y desigualdades del modelo político, las que están expresadas a lo largo de nuestra vida cotidiana actuales injusticias y desigualdades del modelo político, las que están expresadas a lo largo de nuestra vida cotidiana, resulta ser una tarea fundamental poder desarrollar y definir una línea política anti patriarcal, sumada al análisis político y económico que hacemos respecto al Capitalismo, comprendiendo que todas las opresiones y explotaciones que vivimos, y que vive nuestra gente, tienen urgencia en la lucha por un mundo nuevo. Reconozco que no existe una receta feminista ni un camino para ser anti patriarcal, ya que vivimos las contradicciones de un mundo que reproduce la violencia, el individualismo y los estereotipos de personas, en donde lo femenino y aquello que se le parezca queda disminuido, propenso a las burlas y la denigración. Y es cierto, cómo no vamos a validar el funcionamiento de la sociedad, si desde temprana edad nos enseñaron a sentarnos como hombres y a no llorar como las niñitas, a cuidar lo que es de uno en todo aspecto, a sumar para ser ingeniero o para sacar las cuentas del supermercado para ser dueña de casa, a aprender las tareas del hogar o alistarse para el mundo laboral, a vivir el amor de forma irracional, a las relaciones de pareja llenas de celos y control, a aguantar la violencia por cariño o por vergüenza, a demostrar la amistad a golpes porque los abrazos son de maricones, a negar y marginar lo distinto y lo diferente de nuestras vidas.

El llamado es a disponerse en la discusión y definición política de la lucha feminista en nuestros espacios. La oportunidad no es infinita. Nuestro retraso implica que el avance de la discusión feminista está estancada hace años sólo en la academia intelectual, y muchas de esas ideas hoy no tienen formas prácticas de incorporarse en los espacios donde el feminismo es más urgente. Hacerle sentido a nuestra clase sobre las problemáticas del patriarcado es deber de quienes componemos esa clase, extender las discusiones sobre violencia en las relaciones amorosas, o sobre por qué el acoso callejero es otro tipo de violencia contra las mujeres debe ser nuestro horizonte o por qué el aborto es un derecho y una cuestión de clase, como única forma de revertir las relaciones patriarcales entre oprimidos y oprimidas. Si no avanzamos nosotros como proyecto, avanza el feminismo liberal. Ese feminismo que nos quiere igualar a todas las mujeres por nuestra condición de mujer, cuando sobre nosotras cargan muchos otros elementos que nos distinguen y nos separan. No todas las mujeres somos iguales, es algo que también debemos esclarecer como sector y como mujeres del sector. Hay mujeres que explotan y hay mujeres explotadas, mujeres que subcontratan a otras mujeres para que sus empresas familiares funcionen. Mujeres que contratan a otras mujeres para que se hagan cargo de las tareas domésticas de sus hogares. Mujeres que pueden abortar en el extranjero o en una clínica privada, y aquellas que debemos exponernos a comprar misotrol a traficantes en una estación de metro.  Mujeres que tienen redes de protección económica para re-establecer sus vidas luego de sufrir algún tipo de violencia de género y mujeres que en el silencio de sus casas jamás vuelven a ser las mismas. Hay mujeres que cuando alzan la voz contra las mujeres del poder son reprimidas y encarceladas, mujeres que viven su maternidad en la prisión política y que deben sacarle los balines del cuerpo a sus familiares cuando allanan sus comunidades. Están las mujeres Luchsinger y las mujeres Melillan, las que llegan a La Moneda escoltadas y las que entran a la fuerza a protestar por alguna injusticia. Y sobre todo, están aquellas mujeres que decidieron construir el feminismo desde sus grupos de elite, desde la comodidad de sus sillones en la academia o alguna sala de una buena universidad, apuntando con el dedo todo aquello que no huele como ellas, pero también estamos aquellas que decidimos de manera consiente mantenernos en las filas de aquellos espacios que hoy pueden no estar libres de vicios y prácticas patriarcales, pero que con seguridad seguiremos trabajando incansablemente en la lucha contra el patriarcado y todo tipo de dominación, sea en nuestras filas o en cualquier otro territorio habitado por nuestros pueblos, sin distinguir género ni raza, sin distinguir conocimiento intelectual, sin perdonar las injusticias, pero sabiendo desarrollar caminos de construcción y entrega completa a la causa por la liberación de los pobres del mundo. Para conseguir aquellos objetivos, es necesario comenzar a forjar desde nuestras prácticas cotidianas y militantes, la construcción de personas nuevas, que no reproduzcan prácticas que opriman, violenten, denigran o disminuyan a las personas por sus diversas condiciones, y que apuesten al desarrollo y la consolidación de relaciones sociales libres, justas e igualitarias, enmarcadas en la definición de nuestros enemigos y considerando que en la actualidad, no todas las personas contamos con los mismos privilegios.