[Editorial]: Que se levante la voz del pueblo

Las elecciones nos dan señales sobre el desarrollo de la lucha de clases, el rol de cada sector y las perspectivas que se abren con el nuevo gobierno. Como en las anteriores, ya no sorprende la alta abstención; queda claro que en Chile somos mayoría los que ya no confiamos en un Estado al servicio de los grandes capitales. 

Sin embargo, la lucha popular contra el Estado por nuestras reivindicaciones debe continuar.  Así como el Estado se apropia de la fuerza y los recursos de todos, así le cabe la responsabilidad de distribuir los ingresos obtenidos de la explotación de los trabajadores, entregar los derechos que la mayoría no puede pagar, por los salarios miserables y los créditos usureros a que nos condenan. Estudiar, con atención, lo que la votación indica sobre cambios en las correlaciones de fuerzas políticas nos ayuda a comprender los obstáculos y posibilidades que enfrentaremos.  

Lo que más sorprendió a todos fue el crecimiento del Frente Amplio, que en un año se posiciona como «tercera fuerza» en el escenario político. Menos destacada por la prensa, es la aparición de nuevos sectores en la derecha que también logran posicionarse como un elemento de presión sobre el nuevo gobierno. Su poca notoriedad no se debe a ser menos importantes, sino a que la pequeña, pero poderosa, burguesía chilena acostumbra resolver en familia asuntos que otros debaten a través de los medios de comunicación.  

La crisis y división de las alianzas tradicionales, y la aparición de «terceras fuerzas», apuntan al fin de los acuerdos políticos forjados en los 90 para cerrar el período militar. La situación ya no es la de esos años, de derrota del movimiento popular que puso en jaque a la dictadura; de traición de miembros de la izquierda, que se prestaron para reemplazar a los militares a espaldas del pueblo; de instalación de un  nuevo modelo de acumulación que parecía invencible. 

Hoy ese modelo está en aprietos en todas partes. El mundo vive una crisis financiera tan profunda que hasta Estados Unidos, cuna de la globalización y la economía sin fronteras, elije un presidente proteccionista. La crisis se complica por los avances de las economías china y rusa. En América Latina, los capitales chinos siguen aumentando en cada país, acompañados de un discurso firme, de apoyo político, económico e incluso militar. En Chile, el principal destino del comercio exterior es China. 

Así, la burguesía chilena se encuentra con una crisis económica, por el agotamiento del ciclo del cobre; una crisis social, ante las constantes movilizaciones de diferentes sectores populares, que salen a la calle a exigir educación, salud, jubilaciones, derechos reproductivos y sexuales, agua, todo lo necesario para una vida digna. Por último, una crisis política, ya que no tienen una salida única, y se multiplican las propuestas y las disputas entre los diferentes sectores del bloque en el Poder. Sin proyectos políticos propios, sus disputas se expresan como acusaciones mutuas de corrupción. 

La burguesía no tiene una respuesta que no sea neoliberal para sus crisis. No se ve un sector que proponga un plan diferente. Sólo se mueven entre dar más «incentivos» al mercado o más bonos para los más pobres. Unos esperan que la ilusión democrática creada por la inclusión del FA le dé un nuevo aire a la gobernabilidad, otros confían que, llegado el momento, la represión será suficiente. 

No hay un camino de reforma o mejoría del capitalismo chileno.  Quienes ofrecen ese cambio «gradual y moderado» son unos irresponsables, no cuentan con el apoyo de ningún sector burgués, ni se atreven de verdad a impulsar la lucha popular para alcanzar ese objetivo. El nuevo gobierno representa los sectores más codiciosos y criminales de la burguesía, el anterior los más irresponsables y falsos, ambos son corruptos.  

El pueblo sólo puede confiar en sus propias fuerzas. Es necesario construirlas en la lucha, en la calle, en los territorios. No hay más ilusiones que cultivar, no hay otra salida al capitalismo que terminar con él, crear una nueva sociedad, libre y solidaria, sin explotación, sin injusticias.