Cuando la vida no vale y se asesina un trabajador haitiano

Por María Emilia Tijoux

A Djon Benjamín

Nunca es fácil partir para buscar una vida mejor. Se deja todo. Solo se transportan  pedazos de la vida que antes se tuvo en una valija que no puede ser ni muy grande ni muy pequeña, para que su portador parezca un turista. Es decir, alguien que está de paso. Quien parte dejando todo también arriesga todo. Y el primero de los riesgos es convertirse en inmigrante, porque este nombre generalizado que homogeniza a las personas, se le incrusta y le borra el nombre, el apellido y la historia que tenía. Este nombre lo presenta a la sociedad nueva que desconoce y que hoy lo observa de reojo, con cautela y desconfianza.

Pero él piensa que el viaje vale la pena y también lo vale el riesgo de llegar al país que parece exitoso desde lejos, donde parece que hay de todo para todos, donde la calma política y la seguridad económica se entienden como sus principales características. Pero la calma chilena es engañosa. El peligro que tanto se vocifera no está en quienes llegan, sino en quienes residen, porque han ido forjando el odio que no proviene solamente de los recién llegados, sino de la lección brutal de la impunidad que la historia ha permitido.

Como otros, Djon Bejamin emprendió el viaje desde Haití. El sueño de mejorar la existencia estaba en este rincón del mundo llamado Chile. Y más precisamente en Santiago, su capital. Aquí llegaría a encontrarse con quienes habían partido antes. Todos jóvenes con fuerzas suficientes para trabajar y enfrentar la vida, apoyar a sus familias y conseguir la casa donde traer a la amada, que era lo que Djon buscaba. Es una historia sencilla y dura. La de muchos quizás, que han salido con la esperanza de un cambio, de una oportunidad, de un encuentro con el mundo.

Pero la madrugada de este domingo 25 de diciembre 2017 cuando la celebración cristiana se hace entre pesebres y misas del gallo, entre sonrisas infantiles y abrazos familiares, ha quedado una vez más, manchada con sangre haitiana. Una vida joven ha sido exterminada por el odio y la incomprensión. Golpeado en un cité de Conchalí, es una vida menos que se explica absurdamente por una cuenta atrasada. Cinco mil pesos surgen como la razón de un conflicto que podría haberse resuelto de otro modo evitando la muerte de un ser humano.

En agosto fue Genise Joseph en Talca, una joven que atendida tardíamente moría a causa de no atención en el hospital. En septiembre, era Joane Florvil quien después de ser acusada de abandono de su hija, era detenida, maltratada y expuesta como mala madre en la prensa. En junio moría de frío Benito Lalane en Pudahuel. Y así se han ido repitiendo hechos brutales que parecen resbalar por la conciencia chilena. El valor de las vidas se mide por la deshumanización armada en ese racismo que coloca a un ser humano en el peor de los lugares. Y por eso es que invitamos a explicarlo, a comprenderlo y ojala a desalojarlo de los cuerpos y los corazones.

Los inmigrantes haitianos parecen ser el objeto preferido del racista que busca liberar en ellos, en ellas, los múltiples fantasmas que la vida les ha acumulado en sus tantas miserias. Poco importa su sacrifico, esfuerzo o lucha por la vida. Por el contrario, pareciera que el sacrificio ofrecido empujara al deseo de muerte que se advierte en consultorios, hospitales, escuelas, calles, plazas, transportes y cités, como el cité donde alquilaba Djon Bejamin. Se podría pensar que todas las razones que el racista tiene para detestar al mundo que lo ha maltratado precisaran del inmigrante, para explicarlas por su presencia y condenarlo.

Se trata de “cuerpos extraños” que interrumpen las rutinas más empobrecidas de esta triste sociedad chilena al momento de las fiestas de un fin de año que no soportan la felicidad de una ilusión del encuentro con la amada que Djon recibiría  tres días después del domingo, para amarla y permanecer en Chile con ella. Cortar la vida de uno implica cortar la de la otra, la de ella, que ha organizado el mismo viaje con valija de turista para llegar a este pobre rincón del mundo tan repleto de racismo.

La escena que se repite precisa ser detenida. Y para eso debemos ser más de los que ahora somos. Más para denunciar, salir a la calle, acompañar, proteger y comprender hasta que punto se focaliza en el inmigrante lo que el capitalismo neoliberal ha conseguido hacer con nosotros. Para evitar que la persona inmigrante siga siendo objeto de odio y de violencia asesina por el hecho de no tener los rasgos europeos tan deseados y poner ante los ojos de los chilenos aquella diferencia que tanto buscan para calmarse y reconocerse como algo parecido al blanco que han soñado ser.

La amenaza no viene de afuera. Está acá en Chile. Se agazapa en los rincones de las instituciones, surge en los discursos de los medios de comunicación irresponsables. Pero también está oculta en leyes y proyectos que se hacen a espaldas de todos los que buscamos justicia. Y también sale por la boca de quienes día a día cuentan cuentos equivocados sobre los inmigrantes que difunden con facilidad y desparpajo.

Por ahora la tristeza está presente. Mañana es hora de enfrentarla para canalizarla en acciones colectivas. Para enfrentar al racista y demostrarle que las “razas” no existen, que son un invento potente que divide y consigue que unos pocos sigan dominando. Mañana podríamos intentar seguir la ruta del inmigrante a reversa. Imaginando lo que sería de nosotros y de nosotras si fuéramos por un tiempo de nuestras vidas Djon Bejamin o Joanne Florvil. Con la valija que no puede contener ningún recuerdo del país que se dejó.