Cuando el racismo opera en Chile

Por María Emilia Tijoux

En un contexto de deshumanización generalizada, las vidas se administran a partir de criterios políticos-mercantiles que apelan a la “selección de personas” argumentada en la protección de las naciones y, al igual que en la guerra, a los migrantes se les declara enemigos a combatir. Entonces, la deshumanización que prolifera, cuestiona sus derechos.

Así, entendiendo que quien llega es esencialmente un trabajador, la falsa aseveración del “robo del trabajo”, funciona con más fuerza cuando el Presidente de Chile quien, ante la tasa de desempleo del 7.1% que afecta al país, afirma: “… llegaron a Chile 700 mil personas que antes no estaban, que son los migrantes y eso provocó una enorme expansión de la gente que busca trabajo, por eso decidimos poner orden en la casa y regular la migración”. No obstante, investigaciones recientes señalan los efectos nulos en empleo y en salario respecto a la presencia de inmigrantes.

A Chile, los inmigrantes llegaron hace tres décadas para trabajar y permanecer, trayendo consigo culturas, saberes, propuestas de vida. Pero las políticas del gobierno que desde abril 2018 decide “ordenar la casa”, con un proceso de regularización hecho a espaldas de la sociedad, se advierten en la seguritización que las caracteriza por oposición al interés de integración que se precisa. La intención de conseguir lo que la ONU denominó como migración “segura, ordenada y regular”, se despliega desde juicios estructurados en la historia colonial y estatal-nacional y leyes de extranjería pensadas para mantener el orden interno, que hoy violentamente surgen contra el inmigrante latino y centroamericano.

Dado que las migraciones contemporáneas son consideradas como “problema social”, su abordaje y el debate público que consigue, se centran en reformular políticas de fronteras que desvían la preocupación del estado y de la sociedad hacia la migración misma, sin detenerse en las condiciones estructurales que la determinan ni en las particularidades que caracterizan a las comunidades que la conforman.

El avión que despegó un miércoles de noviembre para regresar con un sueño no conseguido, hizo trizas la conciencia de la sociedad. Se aplaudía el “retorno voluntario humanitario” organizado por especialistas del espectáculo político-mediático produciendo sentido común sobre una comunidad migrante específica: la comunidad haitiana. La xenofobia que por efecto de la difusión de discursos se termina practicando, justifica las políticas de seguritización. Y se cree que el miedo podría parar si los que temen se cobijan en el comunitarismo o en el nacionalismo que propone “lo chileno” como único horizonte para el refugio buscado. Una ficción puesta en la frontera que cierra puertas con lo deseable y lo no deseable.

Como advierte Emmanuel Mompoint: “se quiere enviar un mensaje implícito a los más de 100.000 haitianos y descendientes que hicieron caso omiso del llamado a la deportación encubierta disfrazada de “humanitarismo deshumanizante” reiterándoles que no son bienvenidos en Chile, y que lo ideal sería que se mantuvieran lo más lejos posible de la realidad nacional a pesar de estar viviendo en las delimitaciones geográficas del estado-nación chileno”.

Cuando los gobiernos esgrimen el cuidado de la nación y la soberanía como eje político-mediático sobre el cual se tejen mitos y temores, se consigue la producción de una figura señalada como portadora de los males que la sociedad experimenta. Luego el racismo se despliega sin trabas.