Con los dos pies en la movilización social

Por Jaime AhumadaPresidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Alberto Hurtado (FEUAH).

¿Qué sucedió con el movimiento estudiantil? ¿En qué momento dejó de ser convocante, de influir de forma efectiva en la realidad? Pareciera que la fórmula mágica que presentan algunos sectores, de tener un pie en la calle y otro en la institucionalidad, no sólo no dio resultados para el movimiento social, sino que tampoco lo dio en la institucionalidad. Fórmula que como resultado final, terminó en reformas que tildarlas de mediocres resulta cariñoso. 

Se cumplen 12 años desde que nuestra educación volvió a ser uno de los principales temas del debate público en nuestro país. Debemos recordar que esto no nació de las agendas legislativas del gobierno de turno, sino por la movilización de las y los estudiantes secundarios que en aquel momento lograron romper con la naturalización de políticas educativas impuestas por la dictadura, poniendo en la palestra sus necesidades y presionando al gobierno para conseguir una respuesta. 

Hoy, sin embargo, el escenario se aleja bastante de aquel en que la movilización social y la protesta eran articuladores fundamentales del accionar político e importantes elementos de presión para la agenda del gobierno de turno. Han pasado dos periodos (Chile Vamos y la Nueva Mayoría, respectivamente) en los cuales —luego de las movilizaciones del 2011— los sectores reformistas, insertos en los movimientos sociales, se han encargado de tensarlos, para parlamentarizar tanto sus demandas como sus discusiones. Esto derivó, finalmente, en un movimiento estudiantil que aparecía y desaparecía, en función de los tiempos parlamentarios, prestándose tristemente para muñequeos de fuerzas políticas —en aquel momento, incipientes en la cámara baja—, resultando en una baja adhesión social por parte de las y los mismos estudiantes y de la sociedad en su conjunto. 

 Y, ¿qué pasó con el lucro? 

Producto de esto, ahora las y los estudiantes universitarios nos encontramos con una ley de gratuidad y una reforma a la educación superior aprobadas recientemente, que no solucionan, ni un poco, la problemática de la educación. Sólo tenemos una nueva beca y un nuevo discurso frente a la educación, que viene a precarizar aún más nuestra situación. El gobierno de la Nueva Mayoría no le deja al pueblo nada que defender frente al nuevo gobierno de Chile Vamos, pues nada se ganó. Tan sólo, nos deja con las mismas problemáticas (aún abiertas), listas para que la derecha pueda seguir profundizando el sistema neoliberal en éstas, aumentando la precarización de nuestras vidas.  

No es casualidad que, a pesar a los años de movilización, aún siga existiendo el lucro en la educación, pese a que su eliminación ha sido una de las principales demandas de las movilizaciones de los últimos años. Esto, puede parecer aún más extraño cuando nos damos cuenta de que la institucionalidad también condena, al menos discursivamente, al lucro. Sin embargo, esto no es nada de extraño cuando se develan los intereses empresariales que mueven a los gobiernos, sin importar su impronta ideológica. Lo más problemático de esto es cómo el lucro es un factor fundamental dentro de la precarización de nuestras instituciones educativas, ya que, al tratarse nuestra educación como un bien de consumo, la ponemos al servicio de las leyes de mercado. Entonces, las condiciones mínimas que debiéramos tener se ven postergadas en pos de la acumulación de capital del grupo controlador respectivo. 

Frente a esto, nuestra alternativa como estudiantes no puede ser volvernos una oposición reaccionaria al gobierno, que se encuentre constantemente contestando a la agenda de Piñera, manteniendo las discusiones que éste instale, en los tiempos que éste decida. Como estudiantes debemos construir, en nuestros espacios, una organización fuerte, capaz de cambiar de base nuestra forma de relacionarnos y así poder comenzar a construir las universidades que queremos para la sociedad que queremos: libre de sexismo, libre de lucro, libre de dominación. El lograr la educación que queremos no pasa, únicamente, por la gratuidad universal, la estatización o el libre acceso, sino que depende de poder poner nuestra educación al servicio de las necesidades de nuestras comunidades y de nuestro pueblo. Debemos volver al origen de nuestras demandas, y trabajarlas desde su raíz.