Carta escrita sin pelos en la lengua o qué puedo yo contarte, greñudo comandante

Por Carlos Osorio

Te escribo estas letras, desde la distancia que dan los años y una que otra cana que ya luzco, como si de condecoraciones se tratara, en mi ya raleada melena llena de calvas. Por suerte siempre llena de ideas, eso creo, llena de convicciones y, por sobre todo, arrebatada de deseos, en donde, pese a la carencia cabelluda, no se asoma o cuelga, al menos eso creo, ningún pelo de tonto.

Y te escribo desde el anonimato cincuentón que llevo a cuestas, sin aspavientos, pretensiones u otras calamidades, con la intensión de saludarte y contarte de las tantas liendres que revolotean el mechón del pensamiento, como si tratase de una charretera llena de hormiguitas que pican la existencia, molestando e inquietando, y que no cejan en su comezónico afán de hacerse presentes, en pos de tironear los sueños, despertar ideales y así un sinfín de trasnochadas necesidades.

Una especie de urticaria que quisiera compartir contigo y con quienes, también y a veces, suelen rascarse la cabeza, la barba, con bronca y preocupación. Se me ocurre que es por tan compleja existencia, por tanta inquietud y zozobra acumulada. Como si fuese una caspa espesa, que ni tratándola logra aplacarse. Por eso escribo: mucha grasa y resequedad acumulada a partir de tu muerte, de tu asesinato, por allá en aquellos inhóspitos y húmedos senderos bolivianos, en La Higuera que quiso sepultar tu gran fruto de vida y, desde luego, tus ideales y esperanzas.

Y qué tendría que escribirte, podrás preguntarte, si al igual que muchos, y otros que ya no tanto, fuimos mudos testigos del sueño hermoso que forjaste en tu sien revolucionaria, caracterizada tan a menudo por la impronta melenuda inmortalizada en aquellos fetiches tipo póster e instantáneas del mercado dizque revolucionario. En calvos pasaportes que permitieron tu vuelo universal para soñar tiempos mejores. De gorras aladas para saludar tus victorias africanas y el intento permanente por afianzar otras. Créeme, hoy, tan sólo, con una o mil boinas combatientes de ésas, podríamos lograr tal objetivo y, desde luego, seguir la senda que trazaste.

Y aprehendernos de cuántas compartimentaciones y ejercicios del rizo, la chasquilla, el mostacho, con la inequívoca sabiduría de camuflar el pensamiento, para así pelarnos o evadir el casquete corto, el rape ideológico (al cero) del poderoso y aquella su milicia mercenaria, que en nuestros pasos sigue tus pasos, en busca del aniquilamiento perpetuo de tu figura, de tu obra, de tu vida.

Y que aún siguen, te cuento, disfrazándose de rángeres, de trenzados en el poder, en pos de afianzar la tutelada democracia autoritaria de panóptico mirar, escondiendo la guadaña y garra sucia, con la malévola intensión de rasurar, incluso, hasta tu mirada. De arrasar, con el cuchillo que portan los cobardes, tu pelo frondoso, de paso, toda tu existencia y, también, la nuestra.

Porque deja decirte que, pese a toda parafernalia por matarte bien muerto, tu huella e historia se pasean inmortales por este irregular y largo sendero de ánimas y embustes. Y es que fuiste un David gigante guerrillero heroico, y ese ejemplo no se empequeñece comandante, ni con el paso del tiempo, menos con el tango cambalache, en donde asistimos, dime si no, al desgreñado encuentro del oportunismo y el lameculósculo ejercicio del acomodo.

Y tu ánimo a contrapelo no ceja de estar latente en cada una de aquellas incesantes luchas que siguen tu rumbo, desde Rosario (tus raíces) a Santa Clara; de Santiago hasta donde se nos de la gana, a pesar de las mismas o menores complejidades que tuviste. Y es eso, Ché amigo, lo que trasciende. Por ello puedes estar tranquilo y por sobre todo atento. ¿Las dificultades?, bueno, decirte que son, tan sólo, un pelo en la sopa, un cabello de ángel cuando se trata del hambre por revertir lo que nos toca.

Quiero, entonces, contarte que seguimos siendo unos mechudos cabezadura, pese a que hoy tan sólo peinamos los pocos pelos ideológicos que nos van quedando intactos, pero siempre lavados con el shampú de la intransigencia. Conscientes que cada uno de ellos son dignos, auténticos, al igual que los tuyos o, al menos, aparentemente.

Ser menos viejo, más nuevo hoy día es mi bálsamo y proclama, gracias a la poderosa intensión de continuar en aquella senda que tanto tú como otros melenudos supieron proponer al mundo, sin más afán que imaginárselo irreverente, más cerquita de nosotros, menos lejano para los que se nos vienen. Menos oblicuo, menos inclinado.

Te escribo con letra grande, entonces, desde la intimidad de mis días, esos que se alisan a partir del asunto cotidiano. Con la sencillez del moño de ideas que he ido atesorando. Para ir desenredando la hermosura que la vida nos propone. Trenzado en el debate con mis despiertas y despeinadas hijas, (con ellas me peino, porque son ellas las que me lucen), que crecen con todos los errores y en menor medida aciertos que la enseñanza permite.

Deja decirte que, además, comen como pelonas de hospicio y, desde la mismita trinchera de la cotidianeidad y la objetividad de los actos, aquellos que no se transan y que permiten estar atentos al ejercicio del pensamiento, vamos procurándonos para tratar de fallarle por un pelito menos a tanta precariedad que la sociedad nos propone.

Procurando, por lo demás, que, estas piojas cariñosas, sean más grandes y consecuentes que uno mismo, que no se llamen al engaño, a la soberbia, a la mentira, a la apatía o el embuste. Que preserven el puñado de ideas grandes que acicalamos con ternura, con pasión, con el amor que la sinceridad nos otorga, porque al mismo tiempo que las vamos desmadejando con fuerza, implacables, responsables antes que nos gane la muerte, las vamos viviendo, afeitando y desmenuzando de a poquito, con vital ternura, con visual hermosura.

Y mi tesis es que puedan peinarse sabias y miren al mundo con la óptica más sensata y humana que exista. Con la finalidad única de verse plenas. De amarrarse el moño de la existencia con todas sus fortalezas y en mayor medida, eso espero, sepan cuestionar y superar todas las debilidades que van aconteciendo a punta de agarrar con pinches, coletas y pasadores a la mano, toda riqueza de la sencillez, toda honestidad posible, que para eso existe y cuentan con mi desvelo, con mi lomo de padre sensato y, claro, con el tomo, siempre al cinto y dispuesto, de tu libro verde.

Y te escribo con la tranquilidad que nunca tuviste guerrillero, desde este escritorio, que acumula, a lo más, polvo y desorden, y lo hago con el arrebato necesario para deslizar alguna indestructible idea, ya sabés, cada cabeza es un mundo. Como queriendo que éste cambie de tanto en tanto y nos permita algún día verlo más transparente, más contento, más humano, menos triste, menos desigual, menos porfiado. Más redondo incluso.

Y lo hago amononándome hasta el copete, rascándome la barba. Con un dejo de desespero incluso, porque no se me ocurre nada como para remediar tanta maldita mecánica y escaso entusiasmo de estas pobladas que hoy pelean y se enfrascan por conquistar la última moda, enfrentando su exitismo contra el rival económico de más plusvalía que tengan frente suyo, librando la urgente batalla por adquirir bienes, lidiando de lo lindo por ser fieles al mercado, incendiando el discurso con otras tantas macanas como el egoísmo, la riqueza acumulada por sobre la pobreza del hombre, y nada, por sobre todo nada, de poesía humana.

Y me encabrona darme cuenta que mucho por cambiarlo no hacemos, porque pareciera que quisieran tomarnos el pelo con la cantaleta de las bondades del sistemita éste. Hoy mientras escribo, en la calle, los enfrentamientos son fuertes; dos barras bravas se agarran del moño por el honor y la convicción de sus equipos futboleros favoritos. Observo un país casi al borde de la guerra civil; pues el término de la telenovela favorita los tiene profundamente convulsionados y divididos. La policía, que no escasea, haciendo de las suyas; operaciones peinetas y de rastrillo en busca de salvarnos de ideas subversivas, y con toda suerte de cabelluda crin de caballos desaforados, intentan que, por un pelo, o una cabeza, nos salvemos de ellas.

Deja decirte rebelde, que, fieles a tu cometido, siempre atentos estaremos. Y, querido melenudo, deja preguntarte, y ya que andas siempre por ahí con tu pelo al viento, peinando sabiduría, acicalando esperanzas, desenredando convicciones, chasconeando emociones ¿tendrás tiempo para peinar algunas dificultades que nos tocan, con aquella maquinita apta de ideas, que rasura el engaño, y que tú, maestro peluquero de espeldrum abultado y educado estilista social, siempre portas en tu cartuchera presta junto a tu diario de vida?

Porque deja decirte que, pese a tu asmática ausencia, otros pueblos seguirán demandando, cada tanto, el concurso de tu modesto aliento, tu honesto discurso y, sobre todo, el desinteresado y permanente ejemplo maestro. Y que junto al peine hermoso que acicala tu presencia, desde esa histórica y rural Sierra Maestra hasta el asalto definitivo de la contemporánea y esmirriada urbanidad que nos toca, nos hará lucir más bellos.

Eso, por lo menos para mi, querido y siempre recordado comandante, sin duda, ¡estaría de pelos! Porque, además, ¿qué importa de dónde seas o en dónde te poses heroico Guevara?, si mientras estés en nuestra amplia frente, en esa en donde el cuero cabelludo sujeta con fuerza la memoria, sencillamente allí siempre estarás presente, incluso, hasta después de nuestra propia muerte.

(de la serie Cartas Escritas con el Cuerpo, sin editar)