Balance de un ciclo del capital en América Latina

Por Eduardo Gómez

Este último año ha continuado la tendencia al crecimiento de expresiones políticas de derecha en la región latinoamericana. El reciente triunfo electoral en Brasil de la fuerza personificada en Bolsonaro corona un movimiento que posicionó a diferentes sectores de la derecha en varios gobiernos de la región.

Para quienes formamos parte de la izquierda latinoamericana y estamos empeñados en la confrontación y superación del orden capitalista se hace necesario comprender estos hechos en una perspectiva de mediano plazo. No podemos quedarnos en lecturas simplistas y fatalistas, para poder enfrentarlo debemos hacer un balance de las realidades económicas y las fuerzas político-sociales que han intervenido en la extensión del capitalismo y abonado este avance de las derechas en la región.

El desarrollo del capitalismo global

Ya desde la década de los 80’s el capitalismo mundial mutó y desarrolló un modo de acumulación que se conoce comúnmente como “globalización” o “neoliberalismo”. Más allá de los nombres que le pongamos, se trata de una fase del capitalismo en que esta forma de explotación –de la mano de las transnacionales y organismos mundiales como el FMI y el Banco Mundial entre otros-, ha logrado un enorme nivel de concentración de capitales financieros que han logrado centralizar diversos procesos productivos a escala mundial, superando a los estados nacionales como los espacios que daban sostén a las burguesías en su proceso de acumulación. En función de este salto, el capitalismo logra extender su lógica a todos los territorios del planeta y afecta a todas las formas de vida, de producción social y de subjetividad.  

La derrota de diversas expresiones de lucha y resistencia social, el derrumbe del bloque socialista y la entrada plena de China a la esfera del capital mundial permitieron y abonaron a esa expansión.

La instalación de la nueva fase capitalista en Latinoamérica

En la región latinoamericana Chile fue un territorio pionero en la conformación de un sistema económico, político y social integrado a la nueva fase del capitalismo, ello gracias a la fuerte represión del movimiento obrero y popular y a la unidad burguesa que lo dirigió. En los 90’s prácticamente en todos los países se impone –como una ola- las nuevas políticas del capitalismo global. Personajes de distintos anclajes ideológicos (Menem en Argentina, Fujimori en Perú, Cardoso en Brasil, Aylwin en Chile, etc.) asumen el gobierno a través de elecciones e imponen una agenda de “modernización” para adecuarse a los requerimientos del capitalismo en expansión.

Esos gobiernos lograron buena parte de sus objetivos, desarmando instituciones, derechos y organizaciones conseguidas a través de luchas obreras y populares, y construyendo una nueva institucionalidad que permitiera adecuar los viejos Estados Nación a las nuevas necesidades productivas y financieras del capital global. Asimismo, en esa confrontación se reconfiguraron las clases sociales.

El neoliberalismo triunfante en el continente incubó sin embargo nuevas crisis y nuevas luchas populares. Ya antes del 2000 el Caracazo remece Venezuela y el continente, como también lo harán la Lucha por el Agua en Bolivia, diciembre del 2001 en Argentina, entre otros movimientos similares. Las conducciones políticas que instalaron el nuevo patrón de acumulación capitalista se enfrentaban a nuevas fuerzas combatientes, capaces de remecer y a veces destituir a esos gobiernos.

La década de oro del progresismo latinoamericano

En ese contexto de “crisis de gobernabilidad”, como le llama la academia burguesa, surgen en la región alianzas político-sociales que conducen las protestas contra las políticas del capitalismo neoliberal y logran acceder a la administración de los gobiernos en varios países. En los 2000 la región parecía teñirse de rojo. Son épocas donde se reflotan muchos símbolos y discursos propios de la izquierda, y se convoca a construir sociedades más inclusivas y justas. Sin duda este ciclo significó un avance para sectores trabajadores y populares, pero esos avances se lograron particularmente por la acción de rebelión y de organización autónoma de ellos. Los gobiernos de tinte progresista, si bien se montaron en esa energía destituyente e incorporan algunas de las demandas que surgen en ese movimiento, no revierten el avance de la nueva fase del capitalismo. Es más, en muchos territorios recuperan la tan mentada “gobernabilidad” –a costa de programas, subsidios y políticas focalizadas a la pobreza- que necesita el capital global para expandir la explotación de los recursos locales. Además de expandir la acumulación y explotación capitalista, en su afán de restituir la institucionalidad y gobernabilidad recomponen la hegemonía burguesa y desarman de hecho a las fracciones obreras y populares más radicales al orden social, reemplazando el desarrollo de la autonomía política de clase por el clientelismo, la “inclusión” y la “superación de la pobreza”.

El rearme de la burguesía tradicional latinoamericana

La ambivalencia en los proyectos del progresismo de izquierda (en sus diferentes acepciones y realidades particulares según el país) llevaron a su desgaste. No solo su base social se fue desgajando sino que su política permitió el crecimiento de la burguesía tradicional, su agrupamiento y la posibilidad de que consiga creciente apoyo social en sectores populares.

Una muestra temprana de ese cambio lo mostró la elección de Piñera en el Chile del 2010, que logró derrotar al progresismo y ubicar nuevamente a la derecha en el gobierno mediante elecciones. La elección de Macri frente al kirchnerismo en la Argentina del 2015 marcó de manera más dramática el cambió de dirección política en la región, cayendo a partir de allí otros gobiernos progresistas emblemáticos. En el caso del Ecuador la lucha y el giro a la derecha fue incluso dentro del bloque de “gobierno ciudadano”, y en el caso de Brasil el régimen utilizó el aparato político-jurídico para destituir a Dilma, logrando luego Bolsonaro el gobierno a través de elecciones.

Los sectores y proyectos progresistas quedaron anonadados por este crecimiento de la derecha, sin entender cómo estas fuerzas reaccionarias accedían al aparato de gobierno mediante elecciones y contaban con importante apoyo social y popular, mientras que sus bases sociales se veían menguadas.

La izquierda revolucionaria en este ciclo capitalista

La izquierda revolucionaria, particularmente la perteneciente a la región latinoamericana, asume este ciclo de cambio y expansión capitalista global con extremas debilidades. Por un lado debió recomponerse de la matanza que ejerció en los 70’s la burguesía regional contra su militancia y organizaciones. La saña con que se reprimió su existencia no solo la diezmó materialmente sino que le provocó un fuerte aislamiento social que costó recuperar. Por otro lado debió acomodarse a una gran crisis en el plano ideológico, en donde la burguesía –caída de la URSS mediante- también arrasó con muchas de las herramientas analíticas y modelos que la izquierda revolucionaria tomaba para sus luchas.

Por estos motivos, la izquierda revolucionaria llegó muy debilitada –material y teóricamente- para actuar con algún protagonismo en esta fase de expansión y acomodación capitalista. Su principal tarea en el nuevo régimen institucional burgués fue reagrupar fuerzas, reconectarse con las nuevas realidades de clase obrera y popular que se constituían en esta fase, y sumarse a la lucha social y política. Hubo expresiones y experiencias de confrontación a la fase neoliberal del capitalismo en la región que resonaron y abrieron caminos en la izquierda radical, tales como el alzamiento zapatista y los alzamientos populares que remecieron y revocaron varios gobiernos en los 2000.

La ausencia de desarrollo propio y la falta de proyecto estratégico provocó que parte de los destacamentos de la izquierda revolucionaria, motivada sobre todo por la fuerza obrera y popular de origen, se plegara acríticamente a los proyectos de los “gobiernos progresistas”, mientras que otros se mantuvieran al margen.

Lo que viene y la necesidad de una izquierda revolucionaria con proyecto

Como repasamos, el ciclo de expansión capitalista llamado neoliberalismo no se ha interrumpido. La socialdemocracia y los variados progresismos han abonado su instalación. Actualmente, la forma política de expansión del capitalismo la tiene preferentemente la derecha –desde versiones liberales como Macri o Piñera hasta fascistoides como Bolsonaro-, pero ello puede cambiar nuevamente. El reciente Primer Foro Mundial del Pensamiento Crítico convocado por Clacso en Buenos Aires –con presencia de Dilma, Cristina, Garcíaa Linera y gran cantidad de políticos e intelectuales- ya se prepara para volver a una segunda ola progresista en la región.

En este escenario, la izquierda revolucionaria debe salir de su marginalidad y voluntarismo, debe mirar con sus propios ojos la realidad política y social y delinear una estrategia que permita que la fuerza de la lucha obrera y popular que el avance del capitalismo desata pueda volcarse en contra de él.