Argentina: La única alternativa viable es el socialismo

Por Eduardo Gómez

Para los espectadores comunes, la crisis económica argentina se presenta como una catástrofe natural o bien como la consecuencia de la codicia de los políticos o, incluso, la desconfianza de los mercados. Estas miradas simplistas no surgen por azar, son herramientas que utilizan los medios de comunicación dominantes para prolongar el desarme político de amplias masas de la población, manteniéndolas como “victimas” pasivas de las crisis que el mismo sistema capitalista genera. Las tareas de la izquierda revolucionaria no pueden ser solo la reacción a las crisis ni la movilización popular a secas, también es necesario confrontar las imágenes burguesas de estos hechos, entender que se está expresando en las crisis y sugerir políticas activas de los sectores proletarizados en su resolución.  

Un elemento clave para comprender qué expresan las crisis es determinar en qué consiste la  estructura productiva de un territorio, y que fracciones de clase se desarrollan y confrontan en torno a ella. 

La estructura productiva argentina: mitos y realidades  

El capitalismo argentino se ha caracterizado desde épocas tempranas por su carácter agrario. Este ha sido el sostén y motor de su economía. La extensión y productividad de sus tierras permitieron que el país se beneficiara no solo de la renta absoluta del suelo sino también de la renta diferencial que surge de los bajos costos de la región pampeana respecto de calidades menores de tierra a nivel mundial. 

A comienzos del siglo XX esa riqueza mostraba a la Argentina con uno de los más altos PBI del mundo. Comenzó así el mito de que el país iba en camino a entrar en el selecto círculo de las llamadas economías desarrolladas. La ideología burguesa de la época planteaba que el desarrollo era posible de copiar y alcanzar en cualquier país, lo que se instaló más fuerte en Argentina que en otros territorios. El hecho de que a mediados de siglo crecieran de manera significativa diversos sectores industriales de su economía (siderurgia, metalurgia, autopartes, zapatos, textiles, etc.) –período denominado en varios países “modelo de sustitución de importaciones”- reforzó esas creencias. En ese proceso se desarrolló una burguesía local amparada por el estado y volcada al mercado interno, y un fuerte movimiento obrero que actuó en gran medida como masa de apoyo de aquella y, en ocasiones, expresó sus propios intereses. 

Lo cierto es que el capitalismo local nunca logró el desarrollo necesario, fue tardío respecto a la acumulación de las potencias capitalistas y no alcanzó una escala suficiente para despegar. Por el contrario, en las últimas décadas su economía se ha empequeñecido y se ha agravado su funcionamiento.  

Actualmente, el capitalismo argentino sigue sostenido por el ingreso de divisas que aporta la agroindustria, actividad en la que –además de la calidad de las tierras- ha desarrollado altos niveles de productividad, cuenta con importante tecnología y requiere por tanto poca fuerza de trabajo. El resto de las otras ramas industriales –y sus burguesías- han logrado sobrevivir en el mercado interno sin aumentar su productividad y escala, viviendo parasitariamente de las dádivas que obtiene por intermedio de la redistribución que realiza el estado. Solo unas pocas industrias han logrado altos niveles de desarrollo y competitividad a nivel regional e internacional.  

La tragedia argentina se vive como tal por la caída de la ilusión del desarrollo que se creía verdadera, dejando en cambio una estructura socio-económica burguesa que no puede mantener sino solo generando mayor miseria y frustraciones al pueblo. 

Las luchas políticas, las fracciones burguesas y la conciencia del proletariado 

El capitalismo argentino ha desarrollado esta estructura económica en el marco de una aguda lucha de clases. La burguesía industrial local logró desarrollarse apropiándose de parte de la renta agraria, para lo cual debió confrontarse con ese sector de clase y establecer alianzas con sectores obreros. Esa fuerza social tomó la forma política del peronismo. La necesidad de contar con una masa de maniobra para imponer sus intereses fomentó una sólida alianza entre esa burguesía industrialista y el movimiento obrero organizado, al punto que durante muchos años el peronismo se instaló como conciencia de las clases populares. Ello implicó en su momento avances en las condiciones de vida de fracciones importantes de clase trabajadora, pero a la vez límites a su independencia de clase y a la lucha por sus propios objetivos estratégicos. 

Al no poder expandirse más allá de su nicho la burguesía industrialista –nacional y popular- argentina carecía de proyecto histórico, estaba condenada a extraer mayor capital del agro para mantenerse como clase o bien explotar más intensamente a la fuerza de trabajo. Las crisis entre fracciones de la burguesía se hicieron inevitables, como lo muestran los diferentes gobiernos instalados desde los 50 a los 70. En el marco de esas confrontaciones, fracciones del movimiento obrero y popular lograron despegarse de la pugna Inter burguesa y generar luchas en torno a sus objetivos y programas. 

El conjunto de esas dinámicas y confrontaciones posibilita la reacción cívico-militar en 1976, en consonancia con similares procesos que acontecían en el conjunto de la región sudamericana. Una nueva etapa del capitalismo se estaba gestando a nivel mundial, para lo cual las burguesías regionales debían eliminar a las fuerzas obreras y populares organizadas, y también a ciertos sectores de la clase burguesa que no se ajustaban a los nuevos tiempos. La dictadura cívico-militar argentina intenta una reestructuración económica sin grandes resultados, y lo mismo ocurre con las administraciones burguesas que le siguen. Se prueban distintas medidas –neoliberales y proteccionistas- que mantienen y prolongan las crisis de manera cíclica. 

Escenarios posibles –y necesarios- de la actual crisis argentina 

En el marco de la crisis estructural del capitalismo argentino se plantean varias alternativas según sea el sector social y económico que se lo plantee.  

Desde los sectores burgueses ligados al agro se ha sostenido y hoy lo hacen con mayor fuerza, que dado que es la agroindustria la que genera los recursos del país el desbalance que generan las crisis se soluciona eliminando todo aquello que no alcance la productividad mundial ya que solo produce gastos. Esto implicaría, de hecho, que sobran muchos millones de habitantes que no tendrían actividad productiva y a lo más podrían recibir subsidios para sobrevivir. Una solución de clase claramente inviable que no puede imponerse salvo de manera genocida. 

Otra perspectiva burguesa, la nacional y popular, sigue pensando en que la renta agraria puede mantener a otras fracciones burguesas improductivas. Esta fracción tiene en general mucha más capacidad política que la fracción agraria pues cuenta con apoyo obrero y popular con que maniobrar, dado que muchos viven del movimiento del mercado interno y los subsidios. Sin embargo, los recientes gobiernos kirchneristas han mostrado que aun recibiendo beneficios extraordinarios por el precio de la soja no han podido evitar las crisis. A pesar de las mejoras que la población trabajadora percibió en este período, no se recuperaron los niveles de vida previos a la crisis y estallido del 2001, aun multiplicando los subsidios sociales. Esta fracción se encuentra con el agotamiento de la renta como factor de compensación de la estructura del capitalismo argentino. Esta opción no puede llevar sino a una nueva frustración y continuar con el empobrecimiento popular. 

Otra opción burguesa es la desarrollista, tratada de ejecutar recientemente por la fracción macrista en el gobierno, cuyo proyecto es crear condiciones de acumulación de grandes capitales. Como hemos visto, la misma se ha visto resistida tanto por el agro que no quiere subsidiar esa apuesta como por los capitales más chicos que no quieren ser eliminados. La oposición, entonces, no surge tanto de la clase obrera como del rechazo del grueso de la propia clase dominante. Sus mejores aliados están en el exterior, desde donde han tratado de colaborar prestando dinero para que la economía no se caiga. Aún con esa soga financiera no alcanza más que para pagar algunas cuentas. Esta opción implica ajustes y endeudamiento, recursos que se terminarán dilapidando. 

La inviabilidad de estas alternativas burguesas se torna más dramática si vemos la tendencia del capitalismo mundial, en el que territorios de desarrollo medio como argentina son acoplados de manera funcional, diluyéndose la ilusión de un mayor desarrollo autónomo. Mientras, su riqueza es consumida por burguesías –locales y extranjeras- parasitarias.  

En el caso argentino, las contradicciones de clase que han producido una estructura económico-social en constante e irresoluble crisis muestran que no hay alternativas burguesas viables y vivibles para el conjunto de la población. Este caso deja en evidencia la necesidad de que sea otra clase, la obrera, la que tome la posta y construya un destino común en ese territorio. Eso que se llama socialismo. Probablemente hoy no están dadas todas las condiciones organizativas ni subjetivas para que fracciones de la clase obrera formulen y desarrollen su proyecto emancipatorio. Pero las situaciones llegan y se imponen las tareas. En Argentina la izquierda revolucionaria tiene necesidad de pensar decididamente en cómo avanzar hacia el socialismo, toda otra opción es ilusoria o claudicante.