Algunas notas sobre pueblos originarios y capitalismo

Por Waldo Lastarria 

En nuestra América Latina, actualmente, coexisten cerca de 522 pueblos o culturas indígenas. Su diversidad cultural es notoria, en tanto expresiones evidentes de su religiosidad, su organización política y social; no obstante ellas, todas poseen una raíz común: su relación con la tierra y los recursos naturales.

Los tiempos del mundo indígena no son compatibles con la velocidad de la explotación capitalista de los recursos, no son tampoco bienvenidos por la velocidad del tranco de las grandes ciudades modernas, los Estados indígenas no son hermanos de los Estados neoliberales; y es que el mundo indígena busca resistir simbionte de la naturaleza que le permite su existencia y la de su comunidad, como un todo; siempre en el binomio “Hombre-Tierra”. El capitalismo, por su parte, no da cabida esta “incivilidad” y “romanticismo”, despreciando sistemáticamente su existencia, declarando la guerra a esta relación armónica de recursos que pone en riesgo sus pilares fundantes, y es que al decir de Rosa Luxemburgo, el capitalismo tiende “a eliminar a todas las demás formas económicas; (…) no tolera la coexistencia de ninguna otra” imponiéndose a sangre y ley de manos de la burguesía nacional y extranjera. 

La cuestión de la “tenencia de la tierra” siempre será responsable de un reordenamiento del conjunto social en vista a la adaptación a la nueva realidad económico-productiva. Esta situación es la que explica las múltiples resignificaciones de un sinnúmero de expresiones identitarias de los pueblos indígenas que pusieron en jaque su propia continuidad y existencia, en una situación que transcurría impune y aceleradamente tras la caída de los proyectos emancipatorios que tuvieron cita en las décadas de los 60’s 70’s en nuestro continente, en donde la Reforma Agraria fue bandera de lucha colectiva entre las naciones conscientes y que, sin embargo, sucumbieron manos de dictaduras militares que impusieron un modelo capitalista que modificó el patrón de acumulación vigente. Este devenir de hechos es el que puso a la “cuestión indígena” bajo la alfombra de la memoria de nuestros pueblos, manteniéndose así hasta la insurrección zapatista en México en 1994. 

En 1994, como mercurio de un termómetro que estaba midiendo la rabia de nuestros pueblos ancestrales, entra en acción pública el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), y con ello la agenda mediática y política del “tema indígena”, tanto en México como en el mundo; son los zapatistas quienes re-abren un espacio de discusión sobre la relación del Estado con la sociedad indígena y los derechos de los pueblos originarios. La figura carismática de su líder (Subcomandante Marcos) y la irrestricta participación de la nación indígena de Chiapas fue suficiente para que la prensa y la “ciudadanía” volcara su mirada en las diversas manifestaciones de resistencia y lucha que daban cientos de comunidades originarias en sus respectivas trincheras geográficas a lo largo de todo nuestro continente, siempre contra un mismo enemigo: El Capitalismo. Basta mencionar cómo en Chile, hacia finales de la década del 90’s, la comunidad Pehuenche, con las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán a la cabeza de las acciones, se enfrentan tenazmente al Estado Chileno y la empresa privada Endesa (filial eléctrica española) contra la construcción de la represa Ralco 

La lucha “No a Ralco” significó un cambio en las formas de resistencia mapuche en Chile, su relación con el mundo chileno, y el posicionamiento del “Wallmapu” como punto de inflexión para la agenda política nacionalEs quizá el momento en que la nación mapuche gira de la resistencia a la ofensiva, generando la coordinación de acciones cada vez más importantes en busca  del reconocimiento de su identidad como nación Mapuche la restitución de las tierras “usurpadas” por el capitalismo, que hoy por hoy se manifiesta en la gran explotación forestal.  

Todo lo anterior, sin duda, hace bien al proceso de acumulación de fuerzas que arremeten contra el capitalismo; no obstante ello, están lejos de ser una representación de lucha con la cual la clase trabajadora chilena y latinoamericana pueda sentirse satisfecha, no solo porque son procesos en formación en donde aún no existen triunfos concretos respecto de sus demandas fundantessino que además no son una manifestación inequívoca de la lucha de clases dentro de un Estado Capitalista (sin ir más lejos el propio Subcomandante Marcos en entrevista con BBC1 manifiesta que los zapatistas no se están planteando la “toma del poder”). EWallmapu y sus coordinadorasse alzan contra las empresas forestales y el estado de Chile como Nación Mapuche y en este entendido, por tanto, por fuera de la estructura capitalista de explotador-explotado, sintonizándose más bien en una lógica de pugna contrahegemónica que suprime, en esta etapa, la categorización de campesino o trabajador y su marco emancipatorio. 

Las luchas de nuestros pueblos ancestrales deben seguir en pie, deben contar con la solidaridad irrestricta de nuestra clase, pero no pueden sin embargo copar su agenda.