Aborto en tres causales… ¿Ganamos?

Por Francisca Padró y Camila P. Higuera

Estos últimos días hemos celebrado la victoria de la despenalización del aborto en tres causales a través de la vía institucional, por el avance que significa en los derechos de la mujer en Chile. Un “avance” que en 1931 -con el Código Sanitario del Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo- ya había sido legislado, en ese entonces comprendiendo la existencia de la noción de la autonomía reproductiva de la mujer. Pero el año 1989, cuando la Concertación pactó la Transición con el tirano, permitieron la validación del régimen dictatorial junto con el retroceso al conservadurismo en todas sus esferas. Entonces…

¿Qué es lo que celebramos? ¿Cuál es nuestra victoria? ¿Es el primer paso para lograr el aborto libre? ¿Fueron los movimientos sociales los que impulsaron el cambio? o ¿Es producto de las exigencias de los estándares internacionales? ¿Chile está logrando vender la impresión de un país desarrollado?

Chile, el único Estado latinoamericano miembro de la OCDE, hasta hace unos días era parte de los seis países que prohíben el aborto cualquiera sea la situación. Paradójicamente, la realidad de estas leyes reaccionarias van en camino opuesto al desarrollo del sistema neoliberal, así se hacía urgente la necesidad de iniciar la tarea modernizadora del Estado, para poder ponerse a la altura de países del hemisferio norte.

Por lo tanto, entendemos que estos no son logros de los movimientos sociales, sino que solo responde a los estándares exigidos internacionalmente, donde las instituciones deben adecuarse al momento en el que se encuentra la realidad económica mundial. Debemos entender que el Estado y sus instituciones jamás trabajarán por el bienestar o necesidades de la clase oprimida, sino que solo responderán por los intereses del bloque dominante. Debido a que estos organismos solo se modifican en razón del mercado global para así poder seguir siendo un país atractivo para las inversiones trasnacionales.

No podemos permitirnos celebrar las diferentes decisiones de la institución como propios logros para el avance de la autodeterminación de nuestra comunidad. Todo lo contrario, son pasos de la Cámara de Diputados, del Senado y del Tribunal Constitucional, estructuras ideológicamente conservadoras de una democracia representativa liberal.

Continuando con esa idea, no deja de ser extraño que el cuerpo de la mujer esté sometido a la decisión de los 10 miembros, hombres por cierto, del Tribunal Constitucional. Organismo que impone una única sexualidad heteronormada, relegando el rol de la crianza y el trabajo doméstico exclusivamente a la mujer. Creando nuevamente la ilusión de esta falsa democracia, en que nosotras tenemos la posibilidad de decidir sobre nuestros cuerpos, al generar instancias que supone incidir en la decisión final de los ministros, a través de acotadas audiencias públicas.

Si bien puede significar un avance en mejorar las condiciones del acotado grupo de mujeres que cumplan con los requisitos para poder interrumpir su embarazo, ¿qué pasa con las cientos de miles de mujeres que abortan día a día voluntariamente? tendrán que seguir en la clandestinidad con los peligros que eso supone. Además de la condena social que todas las mujeres sufrirán -independiente de cual sea el motivo del aborto- no se ha generado ninguna transformación cultural, y la legislación tampoco demuestra voluntad alguna por iniciar este cambio, dada la ausencia de educación sexual y de otras iniciativas en el proyecto.

La reconstrucción de la superestructura y de la estructura que sostiene la institucionalidad solo está en manos de las y los explotados y oprimidos.  La victoria del aborto libre en todas sus dimensiones, por tanto, solo será posible en la medida que seamos capaces de organizarnos para luchar por la autodeterminación de nuestros pueblos.