El techo que nos cubre

Relato

por Miguel Vera-Cifras

Hasta hace poco existían, en Chile, casi exclusivamente tres tipos de techos en las poblaciones periféricas o marginales de Santiago: los techos de zinc, los de asbesto (pizarreño) y las “fonolas”. Sobre estas últimas, con nombre de canoras resonancias musicales, poco se ha dicho.

Acústicamente hablando, el repiqueteo de las gotas sobre el casco de la casa, ese primer cráneo social del sueño que tuvimos, fue la música de una generación sin consuelo que ahora observa como hacinan a la gente en ghetos de altura donde los pobres de diversas latitudes son confinados a nunca saber del sonido de la lluvia en el techo ni del canto de los gorgoritos en el barro, ni de las figuras que forma el agua cuando sus lágrimas caen del alero al suelo.

Han sido conminados a detenerse, reducirse, recluirse y permanecer embutidos en aquellas pequeñas jaulas, nichos o columbarios.

Como zombies pobreriles, sin proyecto ni destino en la pantalla del éxito, obnubilados por la seguridad, están fosilizando sus nudillos y olvidando lo que significaba una voladura de techos.

Una vez Federico García Lorca dijo que el alero de una casa era una antigua metáfora que se había fosilizado. La forma del techo de una casa le recordaba el alar de un ave a punto de volar.

Se nos olvidó que las casas podían, ingrávidas, desprenderse del suelo y volar de un lado al otro en el sueño de la vida y en la tierra de la familia o la sociedad o como se llame eso que llaman comunidad (lo recordé cuando vi “Up” de Pixar Studios y cuando pienso en las mingas del sur de Chile).

En todo caso, la casucha en que vivíamos por esos años era rechoncha, desplumada y terráquea. Para ser justos, fue nuestra primera casa con piso de tablas y estábamos felices por ello; tampoco sería correcto dejar de reconocer que, a veces, igual o más canoras resultaban ser también las planchas de zinc cuando llovía. Su timbre era metálico y limpio.

A mi padre, sin embargo, no le gustaban porque no dejaban dormir. Las fonolas, en cambio, eran los ponchos de castilla rurales cubriendo una urbe que soñaba con ser moderna, sin saber que so capa de esa noche sin estrellas también se escondía la traición que degolló al país para importar otros techos que terminarían por desplazar a las abnegadas fonolas.

Decir que eran negras sería poco, pues parecía que se tragaban la luz cuando uno salía a mirar algún avión o estrella fugaz al fondo del patio. A la distancia, diría que no reflejaban ni constelaciones ni galaxias porque eran como un agujero negro desplegado sobre la ciudad. Extremadamente densas y pesadas, empapadas de agua cuando llovía, fatigadas por el material que rezumaba, ahogaban el sonido en un ronquido sordo y acartonado que provenía quizás de su oscuro fieltro.

No pocas veces fue más fuerte el ronquido sin tregua de un vecino cerca de nuestras cabezas que el ruido de las fonolas bajo lluvia o viento estrepitoso. Dormíamos con esa letanía, todos contiguos bajo una misma noche cobertiza. De día, en cambio, eran como el desierto temperado de los gatos que se trenzaban en discordias chillonas o descansaban plácidamente con su barriga al sol sobre estas reverberantes superficies ignoradas.

Más allá de su poesía, en el fondo era un techo de cartón reciclado a partir de sobrantes de celulosa amasados y recubiertos con alquitrán, extremadamente precario, tanto que un temporal de viento podía arrancarlas de cuajo si no estaban bien sujetas al cascarón de la casa. Por eso, la gente las aseguraba con piedras y palos. Aún así, se rompían con facilidad. Cuando goteaban, mi padre y yo debíamos subir a tapar los hoyos con brea caliente como si fuera el casco de un barco. La brea era una sustancia viscosa, oleosa, negra e impermeabilizante. Así, entre pájaro y barco, nuestro nido naufragaba cada invierno diluviano de esos que por entonces nos tocó vivir.

Hay que decir, finalmente, que las fonolas eran techumbre fonógrafa, barata y, a veces, siniestra y paradójica. Fonógrafa, porque sus ondas guardaban como un zurco blando el sonido del derrumbe oceánico sobre nuestras cabezas; barata, porque su material sencillo, frágil y de bajo costo, las hacía preferibles a la hora de armar mediaguas destinadas al pobrerío; paradójica, porque si bien podían repeler el agua gracias a su aceitoso alquitrán, una vez secas eso mismo las volvía incandescentes pliegos de la desgracia cuando el fuego arreciaba sobre las poblaciones.

Era siniestro ver al día siguiente del incendio, el corrugado montón de folonas carbonizadas y fundidas con el plástico de los juguetes, las ropas de cama y aún destilando, el agua inútil de la impotencia ante lo cual la gente las emprendía contra los bomberos, nunca a tiempo para detener el desastre.