1973, septiembre, 11…

El Golpe Militar del 11 de septiembre de 1973, en Chile, evento trascendente, no puede ser explicado por una causa única. No queremos sólo comprender lo que pasó, sino recoger sus enseñanzas, para actuar mejor ante las crisis y las posibilidades del momento actual.

Por Reinaldo Vives

El mundo, a mediados del siglo XX, vivía una crisis que tendría enormes consecuencias. El capital transnacionalizado veía como costos económicos los beneficios que otorgaba el Estado de Bienestar instalado en los países centrales. Sus intentos de reducirlos agudizaban los conflictos sociales.

Los años 60 están marcados por movilizaciones masivas en todo el mundo. Contra una sociedad conservadora, que no cumplía las promesas de democracia y justicia formuladas tras la guerra. En apoyo a las luchas de los países del Tercer Mundo. Incluso, en los países socialistas se marchaba por mayor democracia y participación.

La «Guerra Fría» por la hegemonía global entre las grandes potencias, con amenaza nuclear de fondo, generaba una tensión política global, que se agregaba a la crisis económica y la resistencia cultural, sobre todo de la juventud. Es la época de The Beatles y el festival de Woodstock, pero también del Mayo de Paris, la ocupación de Praga por tanques rusos y la masacre de Tlatelolco en México, la Revolución Cubana y el Che en Bolivia.

En Chile se vivía una prolongada crisis económica, política y social

Con el fin de la 1° Guerra Mundial, el salitre sintético producido a menor costo en los países industrializados había liquidado la industria salitrera del Norte. Luego, la crisis mundial de 1929 produce un descalabro de la economía interna, estrechamente dependiente de los mercados externos.

Se fortalecen sectores que ven la necesidad de dotar al país con una base industrial propia, reduciendo la dependencia de los mercados externos. En los años 30 se impone la Industrialización por Sustitución de Importaciones, pero ésta rápidamente fracasa. La burguesía chilena tenía aún peso económico e influencia política y se oponía a las transformaciones. No tenía el hábito de poner capital en inversiones que requerían riesgo y esfuerzo, acostumbrada desde la Colonia a usar el Estado en su beneficio, comprar barato, vender caro y «ganar a la pasada», lo mismo que aún hacen en el presente.

Aceptaron, al fin, la industrialización mientras el Estado pusiera el capital y corriera con los riesgos, exigiendo como compensación que la sindicalización de los trabajadores no se extendiera a sus inquilinos y peones.  No compraban los productos de la industria nacional, prefiriendo los importados, al tiempo que depositaban sus ganancias en el extranjero. Los latifundistas no pagaban en dinero a los trabajadores rurales, manteniendo reducido el mercado de bienes industriales a los obreros y clases medias de las grandes ciudades. La escasez de capital llevó a reemplazar la importación de bienes elaborados por la dependencia de las inversiones extranjeras, haciendo crecer la deuda externa del país.

Se formó una burguesía industrial con apoyo del Estado, diferenciada de la burguesía tradicional exportadora. También, la industria indujo el crecimiento de una clase obrera industrial urbana, que se organizó en grandes sindicatos e impulsó luchas que fueron desarrollando su conciencia de clase. La influencia de las revoluciones rusa, primero, y cubana, más tarde, desarrollaron su conciencia política, mostrando a la sociedad la perspectiva histórica de un socialismo posible, en su época y en su continente.

Se habían creado  las condiciones para la crisis

Los gobiernos que precedieron a Allende intentaron, vanamente, encontrar una alternativa al fracasado modelo de industrialización. Alessandri, primero, a nombre de la derecha más tradicional, realiza un intento de restauración liberal. Luego, Frei Montalva le da un nuevo impulso a la industrialización, recurriendo a la «chilenización» del cobre para obtener capitales. Ambos proyectos fracasaron, por la estrechez del mercado y el escaso compromiso de la burguesía.

Entretanto, la creciente clase obrera, junto a una extensa capa de pobres urbanos que no lograban acceso al trabajo ni condiciones de vida adecuadas, luchaban por mantener o ampliar los derechos conquistados. Amplios sectores juveniles e intelectuales se suman a la lucha por cambios radicales en una sociedad autoritaria e injusta.

El imperialismo agrava la crisis

Temiendo la influencia de la revolución cubana en el continente, se impone la Reforma Agraria, que desarticula la estructura social del campo, irritando a la clase terrateniente y originando una clase de trabajadores rurales organizados en sindicatos y cooperativas. También, crece el número y la organización de una capa de pobres del campo que quedan sin acceso a la tierra y comienzan a luchar por sus derechos.

La Unidad Popular llega al gobierno

Proponiéndose impulsar la industrialización y modernización del país, pero con mayor participación de los trabajadores; se crea un Área de Propiedad Social, que expropiará fábricas y fundos de gran peso económico, para aumentar la productividad y competir con la empresa privada. Este programa, acompañado de una serie de reformas democráticas y promesas de avanzar al socialismo, despierta el entusiasmo y la creatividad de los sectores populares, que se lanzan a tomar el control de sus centros productivos, estén o no dentro de los límites establecidos por el gobierno.

El sueño de la revolución comienza a tomar formas concretas. El pueblo crea diversas formas de organización, para hacer frente a las nuevas necesidades. Sobre todo, la clase obrera toma un rol protagónico, en el impulso a Cordones Industriales y Comandos Comunales, que empiezan a componer un proyecto de Poder Popular en ciernes. Los pobladores desarrollan sus órganos de control territorial, con gérmenes de organización para la distribución, salud y autodefensa, entre otras.

El imperialismo y la burguesía atacan desde el primer día al gobierno popular. Tenían clara conciencia del peligro que suponía, no tanto el programa de reformas del gobierno, sino la iniciativa y protagonismo que tomaba el pueblo. El reformismo empieza a buscar «salidas a la crisis» en una alianza con supuestos sectores democráticos en la DC y las fuerzas armadas.

La revolución avanza, no porque algún partido así lo determine, sino porque la iniciativa popular ya se había desplegado. Los nacientes órganos de Poder Popular se organizaban por todo el territorio, y la perspectiva ya no era el buen resultado de las reformas impulsadas por Allende y el PC, sino la toma del Poder político, la eliminación definitiva de la propiedad privada de los medios de producción y la organización de  una sociedad socialista.

El golpe como forma de resolver la crisis

El golpe militar apunta a resolver un conjunto de crisis que se articulan, haciendo imposible la continuidad del Estado burgués anterior.

Una crisis económica, por el agotamiento del patrón de acumulación tradicional basado en la exportación de materias primas con poca elaboración, que no encontraba mercados en el exterior. También el intento de industrialización había fallado, por la estrechez del mercado y el crecimiento de la deuda.

Una crisis política, con una burguesía dividida acerca de la salidas para esta. Mientras, en la izquierda, el reformismo se distanciaba de un pueblo que ya apuntaba más lejos, en dirección a la revolución.

Existe también una crisis cultural, de una juventud que ya no soporta el autoritarismo conservador y busca en la moda, en la música y en sus formas de vida, una sociedad más libre y abierta.

Una crisis social desatada por las expectativas que crea la industrialización, que atrae una migración desde el campo a las ciudades, pero es incapaz de dar trabajo ni condiciones de vida dignas a los pobres del campo y la ciudad, marginados y postergados por todos los gobiernos.

El golpe militar deja en claro que la burguesía no tiene un proyecto para toda la sociedad, más allá de la defensa de sus riquezas y privilegios, por los que está dispuesta a matar, robar y torturar. Ese conocimiento debería guiar nuestros análisis de la realidad actual.

Pero, sobre todo, el golpe militar interrumpe por la fuerza el proyecto histórico del pueblo chileno, de tomar el Poder y construir una sociedad socialista. Ese proyecto revolucionario interrumpido es el punto más alto de la realización de sus potencialidades, y debería ser el piso desde el cual retomar el camino de lucha por una sociedad más justa y solidaria, conducida por los trabajadores y el conjunto del pueblo y las comunidades que componen el país, la lucha por la revolución y el socialismo.